EL PATÓLOGO INQUIETO

30 julio, 2011

MESA DE AUTOPSIAS: EL MÉDICO DE ESCALONILLA (RECONSTRUYENDO AL DOCTOR NOMBELA).

El puesto de socorro se sitúa en un lugar determinado atendiendo, en primer lugar, a la situación táctica, es decir, el momento en el que se encuentra la batalla; en segundo lugar, a la eficacia de las armas enemigas, y, en tercero, a las condiciones del transporte, tanto por las disponibildades de tropa y de convoyes para el traslado de los heridos como por las posibilidades de remitirlos bien atendidos desde el punto de vista quirúrgico”.

Peter Bamm. La bandera invisible, 1952.

Hasta donde he podido averiguar, en mi familia sólo hubo un médico antes de mí. Lo que no tiene nada de particular, considerando el origen humilde de mis antecesores. Por eso me considero un privilegiado y estoy consciente de la deuda impagable que siempre tendré con mis antepasados quienes, superando dificultades muchas veces inimaginables, soñaron con verme convertido en un profesional de la medicina. Mi abuelo materno, que falleció en 1991, me dijo en su lecho de muerte al saberme convertido en patólogo: “¡poco a poco se llega lejos!”.

Mi madre nos contaba con cierta frecuencia que en algún momento de su infancia había vivido con un tío médico al que llamaba “el tío Nombela”, que practicaba su profesión en Zaorejas, un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara (España). Para darse una idea de las dimensiones del poblado, bastará con saber que a mediados del siglo XIX, durante su máximo esplendor, llegó a tener 540 habitantes. En el censo de 2010, sólo se contaron 155 zaorejanos.

Una de las anécdotas que más recordaba mi madre de aquella época fue la ocasión en la que rompió un retrato que su tío apreciaba muchísimo. Era una fotografía autografiada de Santiago Ramón y Cajal, el famoso científico español que ganó el Premio Nobel en 1906 por sus descubrimientos acerca de la estructura microscópica del sistema nervioso.

Hace casi dos años que murió mi madre. Poco después recibí noticias de una prima de ella que se llama Clara Nombela González. Clara o Yosi, como se la conoce en la familia, es hija del tío Nombela, aquel médico casi mitológico al que mi madre admiraba tanto y en quien, estoy seguro, ella se inspiraba al acariciar el sueño de que alguno de sus dos hijos estudiase medicina. Su sueño se hizo realidad en mi persona.

He intercambiado muchos mensajes electrónicos con Clara y, aunque todavía no la conozco en persona, he recibido de su parte muchas muestras de cariño. Ella lamenta muchísimo no haber conocido a mi madre, que era su prima carnal, y estamos esperando la primera oportunidad que se nos presente para reunirnos y hablar sobre tantas cosas que tenemos que decirnos. En días pasados me envió uno de los libros de su padre, el doctor Nombela , y así llegué al punto de querer saber más sobre su vida. Le he pedido a Clara que me diga todo lo que sepa sobre su padre y en eso estamos: reconstruyendo al doctor Nombela.

Donato Nombela Gallardo nació un cinco de octubre de 1908 en Escalonilla, un pueblo perteneciente a la provincia de Toledo. Ignoro dónde estudió la carrera de medicina, aunque es posible que lo haya hecho en Madrid, y trabajó como ginecólogo en la Cruz Roja hasta el inicio de la Guerra Civil Española. Justo el pasado 18 de julio se cumplieron 75 años del inicio en 1936 de aquella conflagración encarnizada que tantas y tan graves consecuencias tuvo y sigue teniendo para España.

Investigando por mi cuenta me topé con un documento interesante. Se trata de la revista “Libertad”, un semanario publicado durante la Guerra Civil por el Ejército Republicano, es decir, el enemigo del General Francisco Franco, quien al final ganaría la contienda y se convertiría en el dictador que gobernó España entre 1939 y 1975. En el número 6 de esta revista hay un artículo fechado en agosto de 1937 que se extiende de la página cuatro a la seis y que se titula “Nuestro servicio sanitario en la toma de Albarracín”, escrito por Donato Nombela Gallardo, Mayor Jefe de Sanidad de la 59 Brigada Mixta del Ejército Republicano. Así que el tío Nombela fue médico en la línea de batalla durante la Guerra Civil Española. Tuvo a su cargo el Hospital Vanguardia en el frente de Albarracín, provincia de Teruel.

Ahora me pregunto si el haber participado en el ejército que fue derrotado tuvo consecuencias para él al final de la Guerra Civil. Si formó parte de quienes padecieron la represión feroz de los vencedores. Si formó parte de aquellos a los que despectivamente se les llamó “represaliados”, ex republicanos a quienes se les castigó por sus ideas políticas con la muerte, la cárcel y todo tipo de venganzas que truncaron o modificaron sus vidas para siempre. No lo sé. Clara me cuenta que al terminar la Guerra, su padre ejerció como médico rural en varios pueblos de las provincias de Guadalajara y Cuenca.

Sé por lo que me contaron mis padres y abuelos que la posguerra fue con frecuencia mucho peor que la guerra. La escasez de lo más básico para vivir marcó la pauta. El hambre, las enfermedades infecciosas y todo tipo de privaciones hicieron estragos en la población, particularmente entre los que engrosaron las filas de los sospechosos por haber tenido alguna participación en el bando contrario al de los vencedores. Muchos buscaron su salvación fuera de España. Un exilio que hizo ancla en México, donde gracias a la generosidad del General Lázaro Cárdenas y a los oficios, entre otros, de Gilberto Bosques, aquel notabilísimo Cónsul General de México en París, se salvaron tantos perseguidos que pudieron rehacer sus vidas en este país.

El doctor Nombela empezó su vida de médico rural en Cobeta, un pueblo de la provincia de Guadalajara. Se casó con Sarah González Figueiras y tuvieron cuatro hijas: Blanca Nieves, Pilar América, Berta Montserrat y Clara Mª de Jesús. Esta última es con quien hoy mantengo comunicación electrónica y telefónica. Muy dura debe haber sido la vida del doctor Nombela en aquellos pueblecitos de Guadalajara y Cuenca donde trabajó. Condiciones tan difíciles que dos de sus cuatro hijas (Blanca Nieves y Berta Montserrat) fallecieron de meningitis al año y a los ocho meses de vida, respectivamente.

No es casualidad que una de las hijas del doctor Nombela tuviese como segundo nombre América. Su esposa Sarah González Figueiras había nacido en Jatibonico del Sur, Cuba y era hermana de Flora González Figueiras, madre de mi madre, es decir, mi abuela materna. Por eso mismo mi madre nació en Jobabo, cerca de Camagüey, Cuba. Así que el espíritu americano late en todos nosotros mucho antes de que llegásemos a México hace casi 36 años. No olvidemos tampoco que Constantino Fernández, mi bisabuelo materno, fue uno de aquellos casi diez mil gallegos que construyeron el Canal de Panamá. Pese al acento, nuestros lazos con este continente son añejos y profundísimos.

Encontré en los archivos electrónicos del periódico español ABC la esquela mortuoria del doctor Nombela. Dice lo siguiente:

“Ilustrísimo doctor Don Donato Nombela Gallardo falleció en Madrid el día 6 de agosto de 1982 habiendo recibido los Santos Sacramentos. Descanse en paz”.

Mi prima Clara, profundamente emocionada al desenterrar parte de su pasado para compartirlo conmigo, hizo una reflexión que vale oro. Reconoce que ha podido gozar de una vida estupenda gracias a sus padres, que tanto sufrieron y tuvieron que luchar para salir adelante. Lo mismo puedo decir de mi mismo. Somos privilegiados y deudores de quienes, dándonos literalmente la vida, nos legaron además un ejemplo con más valor que todos los tesoros de este mundo.

23 julio, 2011

MESA DE AUTOPSIAS: LO QUE ESTAMOS PERDIENDO.

Los especialistas, y el Alzheimer tiene muchos, ponen fronteras en su estudio. La especialización es un sistema de progreso con muchas limitaciones, porque las cosas ocurren a la vez. Yo intento que la especialización no mate el problema. A mí me gustaría que al lado de los físicos hubiera químicos, porque yo tengo, por ejemplo, sensaciones físicas de inmaterialidad, pero si le pregunto a mi médico, no sabe nada de eso ni le interesa. Con la especialización se avanza, pero se produce una pérdida”.

Pasqual Maragall. “Vidas al límite”, entrevista por Juan José Millás, El País Semanal, 25 de octubre de 2009.

Dos libros que han llegado a mis manos recientemente me han puesto en el camino de reflexionar sobre una de las consecuencias –todavía es demasiado pronto para calificarla como negativa– del rumbo altamente tecnificado y especializado que ha tomado la medicina actual.

Sólo he hojeado ambas obras, así que no puedo presumir de haberlas leído cuando apenas tienen unos pocos días conmigo. Sin embargo, me ha bastado adentrarme en ellas unas pocas páginas para que me hayan hecho pensar sobre lo que expondré en los párrafos siguientes.

El primero es “La Nueva Ilustración: Ciencia, Tecnología y Humanidades en un mundo interdisciplinar” de José Manuel Sánchez Ron (Ediciones Nobel, 2011). Este ensayo expone la necesidad de interrelación entre las disciplinas científicas, técnicas y humanísticas para beneficio del género humano. Su autor –físico, catedrático de Historia de la Ciencia y miembro de la Real Academia Española– nos dice que “vivimos en un mundo interdisciplinar, en el que es el trabajo de grupos de especialistas en diferentes materias lo que permite ver más allá, así como intentar resolver los problemas que tiene planteados la humanidad”.

José Manuel Sánchez Ron está convencido de que hemos llegado a un punto en el avance del conocimiento que si no se establecen lazos de cooperación entre los especialistas de diferentes disciplinas no será posible enfrentar con éxito los graves problemas que tienen el planeta y nuestras sociedades. En sus propias palabras “problemas que son globales y que únicamente se podrán resolver si los comprendemos en su conjunto e interrelaciones; esto es, desde la interdisciplinareidad”.

El segundo libro llegó a mi atravesando las barreras del tiempo y del espacio. Se trata de “Los tratamientos del dolor”, escrito por un grupo de médicos franceses y traducido al castellano por el doctor J. González Campo de Cos (Manuel Marín y G. Campo editores, 1940). Esta vieja obra perteneció a la biblioteca de un tío de mi madre, el doctor Nombela, a quien yo nunca conocí, pero del que escuché algunas anécdotas en boca de su sobrina. Mi madre me contaba que vivió con el tío Nombela en Zaorejas, un pequeño poblado perteneciente a la provincia de Guadalajara (España) donde los inviernos eran crudísimos y los lobos bajaban de las serranías para merodear por los alrededores. El libro me lo acaba de enviar Clara, la hija del doctor Nombela, prima de mi madre y mía en segundo grado, de cuya existencia supe hace apenas dos años, cuando me escribió a raíz de la muerte de mi madre. Desde entonces nos comunicamos con relativa frecuecia y deseamos conocernos en persona, ya que, hasta el momento, la relación sólo ha sido epistolar (electrónica) y telefónica.

El caso es que el libro “Los tratamientos del dolor” nos permite asomarnos a la medicina de mediados del siglo XX, poco antes de la aparición de los antibióticos y mucho antes del explosivo desarrollo tecnológico que la transformaría en lo que es hoy. Si bien se trata de una obra científica, me llama profundamente la atención la cantidad de consideraciones culturales, sicológicas, filosóficas y hasta teológicas que los autores incluyeron a la hora de redactar los capítulos correspondientes. Se percibe en los colaboradores de esta obra una amplia cultura que contrasta con la que puede observarse en buena parte de los médicos actuales, cuyos conocimientos se circunscriben más estrechamente a la especialidad que practican. Salvo algunas excepciones, el saber de los médicos de hoy es más profundo, pero menos amplio.

Un buen ejemplo de lo que menciono sobre este libro se encuentra en el capítulo titulado “La cirugía sin dolor. La cirugía del dolor”, escrito por el profesor Emilio Forgue, que se pregunta si el dolor puede ser una vía de superación, de ennoblecimiento para el ser humano. Cita primero a Ernest Bersot (1816-1880), filósofo y periodista francés, quien padeció alguna enfermedad muy dolorosa que no he podido identificar. Forgue nos dice que Bersot era “un espíritu exquisito con un gran corazón, que mostró una dignidad moral tan firme en el curso de la enfermedad que tardó dos años en matarle”. El propio Bersot se expresaba de la siguiente manera: “No, el dolor no nos impulsa a obrar; nos impide hacerlo; en el combate que hay que librar con él, absorbe nuestras fuerzas que servirían para obras admirables… cuando la salud es irreparable, cuando se emplea toda la energía en subsistir algunos días más, el vivir sólo para durar no es vivir”.

El otro personaje citado por el profesor Forgue es el escritor francés Alfonso Daudet. De él pude averiguar que fue sifilítico y que padeció tabes dorsalis –la fase más avanzada de esta enfermedad con afección del sistema nervioso–, lo que le provocaba unos dolores insoportables. Una vez que supo la condena definitiva que significaba su diagnóstico, Daudet pareció resignarse cuando escribió lo siguiente: “parece que tengo para toda la vida; ahora sé que es para siempre, me instalo en el dolor y escribo estas notas…” Sin embargo, hubo momentos en los que el dolor le hizo flaquear, instantes en los que Daudet relativizó el poder educador del sufrimiento: “Elevación moral e intelectual por el dolor; pero hasta cierto punto”.

Con ello, el profesor Forgue encuentra una respuesta acerca del valor educativo del dolor: “mientras se conserve el dominio intelectual, mientras el exceso o la continuidad del sufrimiento no haya creado un estado de hipersensibilización, en tanto que el contacto con la vida no sea excesivamente duro… Cuando se padece el dolor a esta dosis tolerable, se puede decir con Goethe ‘lo que hace la conciencia del hombre es el dolor’… Según la frase profunda y sencilla de Maine de Biran ‘la enfermedad nos lleva a casa’… En verdad, es una cuestión de grado, de continuidad, de cantidad y también de cantidad dolorosa, así como de intensidad de recepción nerviosa. Y esto explica las distintas opiniones que recogemos de espíritus de gran clase, pero a quienes la experiencia personal del dolor no ha puesto a prueba”.

Casi puedo afirmar con toda seguridad que en ninguno de los tratados médicos actuales sobre el dolor hay tal despliegue de familiaridad con los filósofos y escritores pasados y presentes. El estilo actual en medicina se centra en la ciencia y la tecnología. Aunque se reconoce el valor de la cultura, incluir reflexiones y citas como lo hizo el profesor Forgue en un capítulo sobre el tratamiento quirúrgico del dolor se consideraría una especie de debilidad frente a la solidez de los datos “duros” y la fortaleza de la metodología científica que hoy se prefieren por encima de todo.

Cuando en estos días se comparan las bondades del conocimiento especializado y muy profundo con el dominio de un mayor número de temas, aunque sea con menor profundidad, parece como si se tratase de una disyuntiva. Mucho se ha discutido al respecto. Como si el médico tuviese que optar por uno u otro. Yo pienso que, como en la mayor parte de los asuntos vitales, el camino es una búsqueda del equilibrio entre ambos extremos. Esa búsqueda no es un camino fácil. No en balde, la mayoría prefiere la seguridad de su pequeño mundo y se encierra en su “torre de marfil” particular. Con ello se pierde algo que, a la postre, resulta fundamental para entender lo que estamos haciendo, para descubrir qué papel jugamos frente a la gran tragedia del hombre y qué podemos aprender de la oportunidad invaluable que nuestra profesión nos brinda para acercarnos a los más profundos misterios de la vida.

16 julio, 2011

MESA DE AUTOPSIAS: EL ASTURIANO UNIVERSAL.

Y aunque es para mí muy dulce la esperanza de que mi nombre no quedará enteramente sepultado en el olvido, no es porque crea que será celebrado con aplauso sino recordado con lástima y ternura”.

Gaspar Melchor de Jovellanos. 1744-1811.

Acostumbrado como estaba a visitar las buenas librerías de la ciudad de México cuando los suplementos culturales apenas anunciaban alguna novedad que llamaba mi atención, al regresar a Aguascalientes fue mi preocupación principal que la lejanía geográfica de esos depósitos del saber tuviese un efecto negativo sobre mí en la segunda cosa que más aprecio de los seres humanos: la calidad de sus ideas. La primera es la nobleza de sus sentimientos.

Andando el tiempo y para fortuna mía, esa preocupación resultó vana. La migración anual que hacemos en familia a la Metrópoli, que incluye la obligación placentera de lo que podríamos llamar “la ruta de las librerías”, asegura un abasto suculento de los libros que nos interesan. Además, con las numerosas librerías que hoy tienen sus páginas electrónicas en la Internet, la lejanía geográfica ha dejado de ser un obstáculo para obtener las obras que uno precisa si no quiere condenarse a la escasez de ideas y la mezquindad de espíritu.

Recientemente alguien me preguntaba cuál era mi secreto para mantener el entusiasmo por el saber en un ambiente que, salvo honrosas excepciones, casi no lo aprecia. Mi respuesta fue muy simple: uno debe procurar siempre tener acceso a interlocutores del más alto nivel posible. Lo que no resulta difícil si, además de cultivar en la familia y con las amistades el gusto por la cultura, uno se expone a través de la lectura a lo más excelso que ha producido y sigue produciendo el espíritu humano.

Y una cosa lleva a la otra. Curioseando en una de mis páginas web favoritas, la de la Casa del Libro de España (www.casadellibro.com), me entero que existe un Premio Internacional de Ensayo Jovellanos. En este 2011, el galardonado es un destacado escritor y difusor de la historia de la ciencia, José Manuel Sánchez Ron, quien obtuvo el galardón con un ensayo que tiene un título irresistible para mí: “La Nueva Ilustración: Ciencia, Tecnología y Humanidades en un mundo interdisciplinar” (Ediciones Nobel, 2011).

Sobre el ensayo de Sánchez Ron escribiré en una ocasión futura, pues no lo he leído todavía. Hoy quisiera recordar al personaje que presta su apellido al premio, es decir, a Gaspar Melchor de Jovellanos. Con sólo leer la cita que encabeza este escrito, podemos darnos cuenta que fue un hombre extraordinario. Uno de esos espíritus elevados con los que es indispensable entrar en contacto para tener la oportunidad de ser mejores seres humanos. No sólo eso. Su pensamiento es de una vigencia e importancia tan abrumadoras, que yo le pediría a nuestra clase política que se dedicase de lleno a su estudio antes de atreverse a ejercer la función pública.

Una buena manera de acercarse a Jovellanos es visitando la página electrónica de la Fundación Foro Jovellanos del Principado de Asturias (www.jovellanos.org/es/), cuyo objetivo, en palabras de su actual presidente Don Jesús Menéndez Peláez, es “difundir y divulgar todo lo relacionado con la vida y obra de Jovellanos”.

Gaspar Melchor de Jovellanos nació un 5 de enero de 1744 en Gijón, villa asturiana ubicada en el norte de España. Su familia tenía ciertos tintes de nobleza, pero no muy nutrida fortuna material, por lo que a Jovellanos se le destinó a la carrera eclesiástica que cambiaría después por la de derecho. A los 13 años se trasladó a Oviedo, capital de Asturias, para estudiar filosofía. En 1759 se mudó a la ciudad de Ávila para estudiar con el obispo Romualdo Velarde Cienfuegos, también asturiano, en una especie de seminario privado que el prelado había creado en su palacio episcopal. Allí, además de estudiar derecho canónico, Jovellanos entró en contacto con los clásicos latinos como Horacio, Virgilio, Cicerón, Salustio y Plinio. Según José Miguel Caso González, cuya biografía de Jovellanos puede leerse en la página web de la Fundación Foro Jovellanos, estas lecturas le acompañarían y consolarían en los momentos más difíciles de su vida.

En 1761 recibió el grado de bachiller en Cánones por la Universidad de Osma, al que dos años después agregría el mismo grado por la más prestigiosa Universidad de Ávila. Un año después y tras realizar los ejercicios correspondientes nemine discrepante (sin oposición, por unanimidad), ganó la beca que le permitió ingresar al Colegio Mayor de San Ildefonso en Alcalá de Henares. De esta manera se puso en contacto con un ambiente social elitista e influyente.

Por los consejos de sus parientes y amigos, Jovellanos decidió cambiar su carrera eclesiástica por la de la toga y en noviembre de 1767 aceptó la plaza de alcalde de Cuadra de la Audiencia de Sevilla, a donde llegó en marzo de 1768. Juan Agustín Ceán Bermúdez, su biógrafo y contemporáneo, nos lo describe en aquellos años: “Era limpio y aseado en el vestir, sobrio en el comer y beber, atento y comedido en el trato familar, al que arrastraba con voz agradable y bien modulada, y con una elegante persuasiva todas las personas de ambos sexos que le procuraban… Sobre todo era generoso, magnífico y pródigo en su cortas facultades: religioso sin preocupación, ingenuo y sencillo, amante de la verdad, del orden y de la justicia; firme en sus resoluciones, pero siempre suave y benigno con los desvalidos; constante en la amistad, agradecido a sus bienhechores, incansable en el estudio y duro y fuerte para el trabajo”.

Desde el inicio de su carrera como funcionario público, Gaspar Melchor de Jovellanos destacó por su esmerada educación y amplia cultura en las que se apoyó para ver más allá de su provecho personal y volcar toda su energía en impulsar aquellas iniciativas que buscaban modernizar y mejorar las condiciones de vida tanto de su patria chica como de toda España. Tuvo aguda conciencia del atraso en el que se hallaba sumido su país y de la profunda corrupción que carcomía la estructura del gobierno y degradaba las costumbres de buena parte de los españoles.

Hombre destacado y adelantado a su época, prefería vivir en su villa natal para poder reflexionar, escribir y crear instituciones sólidas que abonasen al bien común. Nos dice su biógrafo Caso González que “ya en 1782 había propuesto a la Sociedad Económica de Asturias que ésta enviara a estudiantes a Vergara, que viajaran después por Europa, para que, al regresar a Asturias, generalizaran los conocimientos relacionados con la mineralogía y la industria”.

En 1791, propuso la creación de una Escuela de Mineralogía y Naútica en Gijón, iniciativa que tuvo que vencer no pocas resistencias y envidias, tanto de la cercana Universidad de Oviedo, capital de Asturias, como de la misma Inquisición, que veía con profundo recelo el cultivo de las ciencias prácticas que Jovellanos se proponía en aquella escuela. A pesar de todo, su idea triunfó al crearse el Real Instituto de Naútica y Mineralogía, que se inauguró el 7 de enero de 1794.

Obligado a acudir a Madrid, se desempeñó muy a su pesar como Ministro de Gracia y Justicia en la Corte de Carlos IV. Allí fue testigo y padeció la cercanía del poder y tuvo que lidiar como pudo con toda suerte de intrigas y recomendados. No pudo librarse de sus enemigos, quienes lograron desterrarlo a la isla de Mallorca. Allí sufrió prisión entre 1801 y 1808.

Durante la invasión napoleónica, Jovellanos se puso del lado de los patriotas y fue representante de Asturias en la Junta Suprema Centra Gubernativa del Reino. Intervino de manera destacada en la organización de las Cortes de Cádiz de 1810. Enfermo y cansado, pidió su retiro y, tras varias peripecias, murió en Puerto de Vega (Asturias) el 28 de noviembre de 1811. En su lápida se lee:

“Aquí yace el Excmo. Señor D. Gaspar Melchor de Jovellanos, magistrado, ministro, padre de la patria, no menos respetable por sus virtudes, que admirable por sus talentos; urbano, recto íntegro, celoso promovedor de la cultura y de todo adelantamiento en su país: literato, orador, poeta, jurisconsulto, filósofo, economista; distinguido en todos los géneros, en muchos eminente: honra principal de España mientras vivió, y eterna gloria de su provincia y de su familia, que consagra a su esclarecida memoria este humilde monumento. R.I.P.A.”.

10 julio, 2011

MESA DE AUTOPSIAS: EL CEREBRO CENTENARIO.

Ahora que considero retrospectivamente mi largo trayecto, el de mis contemporáneos y colegas y el de los jóvenes ayudantes que he ido teniendo, creo que puedo afirmar que, para la investigación científica, ni la inteligencia ni la capacidad de llevar a cabo empresas con rigor y exactitud son factores decisivos del éxito y la satisfacción personal. Más que esto cuenta la dedicación y el empeño en superar dificultades, porque nos permite afrontar problemas que quizás otros más críticos y agudos no se atreverían a afrontar”.

Rita Levi-Montalcini, Elogio de la imperfección. 2011.

Rita Levi-Montalcini nació en Turín, Italia, un 22 de abril de 1909, en el seno de una familia judía sefardí en la que la religión era una referencia cultural más que una práctica cotidiana rigurosa. Su padre era ingeniero químico, era el que mandaba en el hogar y se declaraba abiertamente librepensador. Así que cuando a Rita sus amiguitas le preguntaba qué religion profesaba, ella, bien aleccionada por su progenitor, les contestaba que era librepensadora. Lo ha seguido siendo hasta hoy, cuando ha rebasado los 102 años de vida.

De un carácter resuelto, pronto decidió no seguir el destino habitual para las mujeres de su clase, así que, habiendo terminado su formación básica y tras tres años de tanteos, decidió estudiar medicina. Se regularizó en las materias necesarias, entre ellas el griego, el latín y las matemáticas, y se inscribió en la facultad de medicina de la Universidad de Turín.

Allí fue alumna del destacado científico Giuseppe Levi, quien no sin algunos tropiezos y uno que otro malentendido fue el mentor que orientó e impulsó la vocación científica de Rita. No es casualidad que tres de los cuatro científicos italianos que han ganado el Premio Nobel hayan sido alumnos de Giuseppe Levi: Salvador Luria, Renato Dulbecco y la misma Rita Levi-Montalcini.

A partir de 1938, con la publicación del Manifesto della razza (Manifiesto de la raza), en el que se privaba a los judíos de la nacionalidad italiana, se autorizaba la confiscación sus propiedades y se les prohibía ejercer su profesión o tener cargos en el gobierno, el ambiente en Italia se fue haciendo cada vez más hostil, por lo que Rita Levi-Montalcini decidió aceptar la invitación del profesor Laurelle para trabajar en Bruselas. La animó el hecho de que Giuseppe Levi, su maestro, judío como ella, también se había trasladado a aquel país y estaba trabajando en la Universidad de Lieja.

Rita permaneció en Bruselas de marzo a diciembre de 1939. Con la esperanza de que Italia no entrase en la recién iniciada Segunda Guerra Mundial, regresó a su patria poco antes de la Navidad. Pronto se hizo realidad lo que Rita más temía: la alianza de Benito Mussolini con Adolfo Hitler y la entrada de Italia en la contienda. El antisemitismo se recrudeció y para Rita fue cada vez más difícil ejercer su profesión y desarrollar sus investigaciones sobre el sistema nervioso.

Según la propia Rita Levi-Montalcini nos cuenta en sus estupendas memorias “Elogio de la imperfección” (Tusquets Editores, 2011), en el otoño de 1940 la visitó su colega y condiscípulo Rodolfo Amprino cuando éste regresaba de una estancia en la Fundación Rockefeller de los Estados Unidos de Norteamérica. Rita le explicó su díficil situación y, entonces, él le contestó:

“No se dé por vencida. Monte un laboratorio y siga trabajando. Recuerde a Cajal, y cómo en la ciudad soñolienta que debía ser Valencia a mediados del siglo XIX sentó las bases de lo que conocemos del sistema nervioso de los vertebrados”.

Nos sigue relatando Rita: “El consejo no podía llegar en momento más oportuno. De pronto Rodolfo se me antojó como el Ulises del canto XXVI del Infierno dantesco, cuando anima a sus compañeros de viaje a seguir adelante sin desmayar. Reavivaba en mí un deseo que había sentido desde niña: el de explorar lugares ignotos, el de embarcarme en aventuras. La jungla que en aquel momento se me presentaba era más fascinante que una selva virgen: nada menos que el sistema nervioso con sus miles de millones de células, sus diferentes poblaciones, la maraña aparentemente inextricable de circuitos nerviosos del cerebro y la médula espinal. Y la idea de poner en práctica el proyecto desafiando las prohibiciones impuestas por las leyes raciales aún aumentaba más el placer de la aventura”.

Así que Rita decidió montar un laboratorio de investigación sobre el sistema nervioso en su propia habitación, sin salir de su casa para no alertar a las autoridades italianas. Por la facilidad de obtención y la conveniencia como modelos experimentales, utilizó embriones de pollo. Logró abastecerse de los instrumentos necesarios –el más costoso fue un microscopio estereoscópico– e inició sus investigaciones. De toda la superficie de su cuarto, la cama ocupaba sólo una tercera parte y el resto lo transformó en un laboratorio. El trabajo la absorbió por completo.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Italia habia quedado devastada y en 1947 Rita Levi-Montalcini decidió aceptar la invitación que le hizo el doctor Viktor Hamburguer para ir a la Universidad de Washington en Saint Louis Missouri. Pensaba trabajar allí “no más de doce meses” y se quedó 30 años, hasta 1977, cuando regresó a Italia. Fue el período más fructífero de su vida científica. Su interés se dirigió al estudio de ciertas sustancias químicas que modulan el desarrollo de las células nerviosas.

De esta manera, descubrió en 1951 lo que hoy se conoce como el factor de crecimiento de los nervios (NGF, por sus siglas en inglés), una pequeña proteína que, junto con otras, forma parte de la familia de las neurotrofinas, sustancias indispensables para la superviviencia de las neuronas. Además, el NGF estimula el crecimiento de las prolongaciones de las células nerviosas que se llaman axones, responsables de la conducción y transmisión del impulso nervioso. El trabajo que al respecto desarrollaron Rita Levi-Montalcini y su colaborador Stanley Cohen en la Universidad de Washington en Saint Louis Missouri les hizo acreedores del Premio Nobel en Fisiología y Medicina que les fue otorgado en 1986. Hoy en día las investigaciones sobre las neutrofinas siguen y representan una promesa para lograr la regeneración del tejido nervioso dañado.

A pesar de su dilatada vida, con la vista y el oído muy disminuidos, Rita Levi-Montalcini sigue activa. Es senadora vitalicia de su país natal, fundó y dirigió el Instituto Europeo de Investigaciones Cerebrales y creó una fundación desde la que impulsa programas de educación para mujeres africanas. Siempre ha permanecido soltera, no tiene hijos y es uno de los símbolos del feminismo. En el Instituto que ella fundó hay un número mayoritario de mujeres investigadoras. Nos dice que “son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental”.

En 2009, con motivo del centenario de su nacimiento, se le preguntó cuánto desearía vivir. “El tiempo que funcione el cerebro”, fue su respuesta. “Cuando por factores químicos pierda la capacidad de pensar, dejaré dicho en mi testamento biológico que quiero ser ayudada a dejar mi vida con dignidad. Puede pasar mañana o pasado mañana. Eso no es importante. Lo importante es vivir con serenidad, y pensar siempre con el hemisferio izquierdo, no con el derecho. Porque ése lleva a la Shoah, a la tragedia y a la miseria. Y puede suponer la extinción de la raza humana”.

3 julio, 2011

MESA DE AUTOPSIAS: CONOCIENDO A GREGORIO MARAÑÓN (tercera parte).

El Estado debe asumir la carga de impulsar el movimiento de nuestras ideas, de nuestra ciencia, de nuestra aptitud inmortal e ininterrumpida, para crear formas nuevas de belleza”.

Gregorio Marañón, La España de hoy y la cultura. La obra de todos. 18 de septiembre de 1932.

Al doctor Gregorio Marañón le tocó vivir una de las etapas más difíciles y complejas de la historia reciente de España. Comparado con varias de las naciones más desarrolladas de Europa, el país en el que tocó nacer era lo que hoy llamaríamos tercermundista. Este apelativo no sólo se aplicaba a las condiciones materiales de vida de la mayoría de los españoles de entonces, sino al bajo nivel de cultura del grueso de la población que en aquella época y también ahora suele ir aparejado de atavismos y fanatismos que hacen a quien los padece un ser conformista e incapaz de luchar por mejorar sus condiciones de vida.

Había en España una pequeña comarca perteneciente a la provincia de Cáceres, en Extremadura, donde se concentraban esas y otras calamidades. Se llama Las Hurdes y a principios del siglo XX era una de las zonas más miserables de España. En abril de 1922, Gregorio Marañón viajó a aquella comarca en lo que según su nieto Gregorio Marañón y Bertrán de Lis sería su “viaje personalmente más decisivo, [y queda] ya para siempre comprometido, como intelectual y como español, con el devenir de su país”.

Hasta aquella fecha, se habían hecho algunos intentos por mejorar lo que Miguel de Unamuno calificaba de “oprobiosa situación de la región”. Se habían construido algunos caminos vecinales, creado cinco botiquines y se había instalado una incipente red telefónica. Todo ello fue completemente insuficiente.

En aquel viaje, Marañón se hizo acompañar del doctor Goyanes, cirujano del Hospital General de Madrid y de Bajardí, el Inspector de Sanidad de la provincia de Badajoz. Antonio López Vega nos dice que Marañón escribió una especie de bitácora en la que anotó los detalles de su viaje, tanto los pueblos y alquerías que atravesaron, como el aspecto físico y las costumbres sanitarias y morales de sus habitantes, las entrevistas que hizo a sacerdotes y otros personajes locales y detalles relacionados con la vida sexual y el acto de contraer matrimonio –casi siempre al inicio de la adolescencia y por interés de los padres–, el número de hijos y la tasa de mortalidad infantil que, como puede adivinarse, era muy alta. Allí campaban sus respetos el paludismo, el bocio, el cretinismo y el hambre crónica.

Como resultado de aquella experiencia, los tres comisionados publicaron un artículo titulado “El problema de las Hurdes es un problema sanitario”. En él insistían que la iniciativa para resolver aquella miseria correspondía a la sanidad pública, y que no era una cuestión de caridad sino de justicia social. La mortalidad general de la región era de 90 por 1,000 habitantes, muy superior al 22 por 1,000 habitantes del resto de la Península Ibérica. Identificaron como causas principales el paludismo y el hambre crónica y aguda –llamada el mal de Las Hurdes– y propusieron la distribución de quinina y la creación de plazas permanentes de médicos en la región pagadas por el Estado. El problema del hambre se debía a las malas e incluso ausentes comunicaciones, de modo que podían pasar varios meses sin que los poblados más pobres probasen en pan, por lo que sus habitantes subsistìan alimentándose solamente de nabos, papas o castañas.

En sus conclusiones, los comisionados proponían que el Estado enviase tres médicos a cada uno de los valles de la región con un un botiquín bien abastecido, en especial de quinina para combatir el paludismo. Para el hambre proponían enviar periódicamente a la zona alimentos como pan y grasas. También propusieron la construcción de más y mejores caminos para evitar el aislamiento y emplear en esta tarea a los mismos habitantes, de modo que pudiesen obtener un salario decoroso con su trabajo. La mejora en las comunicaciones permitiría la explotación de la riqueza forestal de la región, el traslado de los habitantes de poblaciones con tierra estéril a otras zonas en donde pudiesen obtener más fácilmente sus alimentos, la evacuación de los enfermos desahuciados y la organización de la instrucción escolar.

Aquel viaje sacudió las fibras más íntimas de Gregorio Marañón. La durísima vida de los hurdanos y el acoso de tantas enfermedades prevenibles hicieron que se tomara como algo personal el que se empezara a poner remedio a aquella tragedia. Buscó de inmediato involucrar al rey en aquel problema. Su iniciativa empezó a volverse una realidad. El 6 de junio de 1922, escribió un artículo publicado en El Liberal en el que decía que Alfonso XIII iba allí “a medir por sí mismo el grado de abandono de unos miles de sus súbditos que hasta ahora no tuvieron con el Estado otro engranaje que el recaudador de Contribuciones. Los que han estado tantos siglos abandonados deben ahora presentar como blasón las consecuencias de ese olvido”.

El viaje de Marañón con el rey y varios miembros del gobierno ocurrió dos semanas después. Alfonso XIII –abuelo del actual Juan Carlos I–  pudo comprobar de primera mano la miseria en la que vivían los hurdanos. Se dieron todo tipo de situaciones, algunas totalmente inesperadas, como cuando el ministro de Gobernación pidió un café con leche a un lugareño y, tras degustarlo, supo asqueado que la leche que contenía era materna.

El resultado de aquella visita fue el inicio del fin de la miseria en Las Hurdes. Se abrió un concurso de plazas para médicos que se establecerían allí de manera permanente. Se creó el Patronato de Las Hurdes, que sustituyó a la sociedad benéfica La Esperanza de las Hurdes y que se encargó de supervisar e impulsar las medidas asistenciales, educativas y de infraestructura que habrían de tomarse poco a poco. También tuvo como objetivo sensibilizar a la opinión pública para ir borrando la mala imagen que se tenía de la región y sus habitantes.

Al leer esta parte de la biografía del doctor Gregorio Marañón y ver fotografías de Las Hurdes en aquella época gracias a la Internet, vuelvo a la realidad presente. Pienso en los aguascalentenses pobres que ocupan apretadamente la entrada del Hospital Hidalgo y saturan todos sus espacios, desde la Consulta Externa al Servicio de Urgencias. Pienso en la lucha de los médicos que trabajamos en él para ofrecer lo mejor que podemos con el propósito de aliviar o paliar su sufrimiento. Veo los intentos inconclusos por ampliar nuestras posibilidades de atención y por traer a los más miserables los beneficios de la medicina moderna y me pregunto ¿dónde se encuentra la gente buena de Aguascalientes? ¿Cuándo se pondrá remedio a estos delicados asuntos cuya iniciativa, como decía Gregorio Marañón, corresponde a la sanidad pública y que no son una cuestión de caridad sino de justicia social?

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