MESA DE AUTOPSIAS: LA EXTRAÑA INMORTALIDAD DE ENRIQUETA (primera de dos partes).

No debemos concebir a un ser humano como una abstracción. Debemos ver en cada persona un universo con sus propios secretos, sus propios tesoros, sus propias fuentes de angustia y con cierta medida de triunfo”.

Elie Wiesel, prólogo a The Nazi Doctors and the Nuremberg Code. 1995.

 

            Por siglos, los norteamericanos de raza negra –afroamericanos, se les llama ahora– no acudían al médico salvo que no les quedase más remedio. Por eso, a Loretta Pleasant la trajo al mundo el primero de agosto de 1920 una comadrona llamada Fannie. Loretta, que por razones desconocidas pasó a llamarse Henrietta,  nació en la “casa” de sus padres, una choza ubicada al final de las vías del ferrocarril en Roanoke, Virginia, donde vivía hacinada con ocho hermanos. Allí permaneció hasta 1924, cuando su madre murió al dar a luz a su décimo hijo. Luego su padre la llevó a Clover, Virginia, donde sus antepasados habían trabajado como esclavos en las plantaciones de tabaco.

            Henrietta acabó en la casa de su abuelo materno, Tommy Lacks, y allí se crió con su primo David Lacks. La vivienda era pequeña y muy fría. Henrietta y David dormían en la misma cama desde niños y acabaron procreando a Lawrence, su primer hijo, poco después de que Henrietta cumpliese los catorce años. Los hijos nacían en el suelo, como lo habían hecho los padres, los abuelos y demás ascendientes. Henrietta y David se casaron el 10 de abril de 1941.

            Probablemente en 1950, Henrietta empezó a sentirse mal y se tocó un bulto en el bajo vientre. Les contó el asunto a sus primas Margaret y Sadie y les confesó que sentía un dolor intenso cada vez que tenía relaciones sexuales. Ella ya había padecido las enfermedades venéreas que le había transmitido su esposo, pero en esta ocasión le parecía que sufría de algo distinto. Sus primas le recomendaron que acudiese al médico, pero ella no quiso. Temía que el médico le extirpase el útero y ya no pudiese tener más hijos. Una semana después, quedó embarazada de Joe, su quinto vástago.

            Cuatro meses y medio después de dar a luz a Joe, Henrietta se encerró en el cuarto de baño, llenó la bañera de agua caliente y se metió en ella. Se introdujo un dedo y se palpó el cuello de la matriz. En el lado izquierdo del orificio cervical tocó algo duro. Había encontrado el bulto que tanto le dolía. Le pidió a su esposo que la llevase con el médico. Su médico familiar la examinó, observó la lesión en el cuello de la matriz y supuso que era un chancro sifilítico. Sin embargo, los exámenes de laboratorio no confirmaron esta suposición. Así que el médico le recomendó que fuese a la clínica ginecológica del Hospital Johns Hopkins.

            En aquella época prevalecían las leyes Jim Crow, una serie de disposiciones legales estatales y municipales que fueron promulgadas en los Estados Unidos entre 1876 y 1965 bajo el lema “separados pero iguales”. En las instalaciones públicas se segregaba a los negros y otros “hombres de color” de los estadounidenses blancos. Henrietta Lacks acudió al Hospital Johns Hopkins en enero de 1951. Aquella institución, fundada en 1889 para atender a los enfermos más pobres, era el hospital más cercano y de mejor nivel en donde una enferma de raza negra podía recibir atención médica sin ser expulsada. De cualquier manera, los enfermos blancos y negros eran atendidos en consultorios distintos e internados en pabellones separados.        

            El ginecólogo de guardia era Howard Jones. Después de escuchar lo que Henrietta le contó sobre su bulto, el doctor Jones revisó el expediente. Allí leyó que la paciente había sangrado sin causa aparente por la vagina y también al orinar en sus últimos dos embarazos. También se enteró de que Henrietta no disfrutaba sus relaciones sexuales y que padecía una forma asintomática de sífilis en el sistema nervioso ­–neurosífilis– para la que no tomaba ningún tratamiento. Un mes antes de esta visita, se le había diagnosticado gonorrea y tampoco había recibido medicamentos. El doctor Jones encontró el bulto donde Henrietta le dijo. Ya había visto muchos cánceres del cuello uterino, pero nunca uno como aquel, brillante y de color púrpura. Lo describió como “una gelatina de uva”. Le llamó la atención que apenas unos meses antes –el 19 de septiembre de 1950–, Henrietta había dado a luz en el Hospital y que también había acudido a revisión seis semanas después. Los médicos que la habían examinado en aquellas ocasiones no habían detectado ninguna lesión en el cuello de la matriz. Descartando la remota posibilidad que el tumor les hubiese pasado desapercibido, Howard Jones concluyó que el cáncer de Henrietta había crecido a una velocidad vertiginosa. Aunque el tumor sangraba apenas lo rozaba, el doctor Jones cortó un pequeño fragmento con el bisturí y lo mandó al laboratorio de patología para establecer el diagnóstico.

            Llego el reporte y el tumor recibió el nombre de carcinoma epidermoide. En aquel entonces, el tratamiento en boga para el cáncer del cuello uterino era una forma de radioterapia que consistía en la inserción de tubos de radio que eran fijados con sutura a la misma sustancia del tumor o al tejido vecino. Henrietta se sometió al procedimiento y los tubos le fueron retirados algunos días después. Se le recomendó regresar para un seguimiento y tratamiento adicional con Rayos X. Así lo hizo.

            Pero, como ya se veía venir, las cosas no marcharon bien. La enfermedad avanzó. En un principio, los médicos pensaron que la evolución tórpida se debía a una infección concurrente. Le administraron antibióticos sin ninguna mejoría. Tras algunos meses de agudo dolor, Henrietta solicitó la readmisión en el Hospital Johns Hopkins. Recibió algunas transfusiones de sangre, pero siguió empeorando. Falleció el 4 de octubre de 1951 con una grave insuficiencia renal crónica terminal –intoxicación urémica, fue el diagnóstico clínico–. La autopsia reveló que el tumor se había extendido de manera masiva invadiendo la mayor parte de sus órganos.

            Henrietta Lacks fue enterrada en el cementerio de Lackstown sin ninguna lápida que señalase el lugar preciso en donde reposan sus restos. Sus descendientes suponen que su tumba se ubica a escasos metros de la de su madre, la única del panteón familiar que tiene lápida. Lackstown se localiza en Clover, Virginia y es la tierra que una familia blanca de apellido Lacks –antes llamada Lax– le dejó a los antepasados esclavos de Henrietta.

Aunque Henrietta murió, algo mucho más tangible que los recuerdos la sobrevivió y sigue vivo y pujante hasta el día de hoy. Su esposo nunca lo supo y sus descendientes se enteraron demasiado tarde. De alguna manera, una parte de Henrietta se mantuvo viva, desatando una revolución científica que convirtió a su dueña en la mujer que más ha contribuido al conocimiento médico en toda la historia. El relato de la extraña inmortalidad de Henrietta Lacks concluirá la semana próxima.

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9 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: LA EXTRAÑA INMORTALIDAD DE ENRIQUETA (primera de dos partes).

  1. Estimado Don Luis:
    Su avance en la forma de relatar hechos anecdóticos, pero con realce científico, cada vez son más espléndidos, por lo que nos deja, ahora, con ansiedad por la espera de la continuación de esta historia. Reciba como siempre mis mejores deseos para Ud y su familia.

  2. Mi querido amigo, no cabe duda que lo que parece en nuestro quehacer cotidiano, sólo una triste rutina, la patología de la pobreza, como la llamó el Dr. Celis; detrás de ellas hay historias extraordinarias que además narras espléndidamente, ahora por “entregas” y nos dejas intrigados esperando el próximo capítulo.
    Felicidades!!!!!!!!!!

    1. Mi muy querida Martha:
      ¿Qué te puedo decir? Es una historia que, como todas, tiene ramificaciones impensadas. Me alegro mucho de que te guste y que te hayas quedado intrigada. Verás como las contribuciones de Enriqueta a la medicina son, por lo pronto, infinitas. Lo triste es que ella no lo llegase a saber. Estoy seguro de que la medicina, como otras muchas esferas del saber y de la vida, se alimenta de innumerables aportaciones anónimas. Son una forma de generosidad, a veces involuntaria o inconsciente, pero muy valiosa. Como todo aquello que tiene un gran valor, son aportaciones gratuitas. La gratuidad es un don despreciado e incluso prohibido hoy en día. Es una lástima. Sin embargo, mientras exista en pequeños nichos humanos, seguirá alimentando la esperanza de un mundo más humanitario, menos frío, más acogedor. Creo también que debemos luchar por mantener esa esperanza.
      Luis.

  3. Queridísimo Luis:
    Me embelesa percibir lo que escribes, aun siendo inculta en temas de investigación.
    Espero con inquietud desde España, como concluye la extraña perpetuidad de Henrietta Lacks.
    Sigue escribiendo porque lo haces prodigiosamente perfecto, es una fórmula excelente para mejorar la autoestima e instruirse.
    Enhorabuena
    Clara

    Queridisimo Luis:
    Me embelesa percibir lo que escribes, aun siendo inculta en investigación.

    Espero con inquietud como concluye la extraña perpetuidad de Henrietta Lacks.

  4. Estimado Luis:
    La elegancia y formalidad de los comentarios de tus lectores, comentando acerca del esperado desenlace la de la historia de Hertietta, me inquieta. Tecleo con prudencia. Que sé yo si tus escritos son cada vez más refinados. Solo sé que los recomiendo con entusiasmo, cada vez que la conversaciones gira hacia horizontes de cultura. Felicidades. Quedo en inquieta espera…
    Juan Gallardo

  5. Estimado Luis, me dio mucho gusto conocerte ayer durante nuestra visita al departamento de patologia del hospital Johns Hopkins, y enterarme que eres un medico escritor. Tu columna en el Heraldo de Aguascalientes, me parece muy valiosa y educativa. Tu uso sistematico del conocimiento y la evidencia en la literatura cientifica para comentar la tremenda variedad de aspectos de la realidad, refleja precisamente el rol que tenemos los patologos en analizar y , evaluar cada pieza de evidencia para llegar a una conclusion plausible, o un diagnostico de la enfermedad, o en tu caso para ayudar a entender el mundo que nos rodea.

    1. Estimado Roberto:
      Tus palabras me honran profundamente y son acicate para persistir en esta tarea. Fue un gran placer haberte conocido en tan afortunada circunstancia.
      Te mando un abrazo afectuoso.
      Luis.

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