MESA DE AUTOPSIAS: LA EXTRAÑA INMORTALIDAD DE ENRIQUETA (segunda y última parte).

Aquella mujer alcanzó la verdadera inmortalidad, tanto en el tubo de ensayo como en los corazones y las mentes de los científicos alrededor del mundo, ya que el valor de las células HeLa en la investigación y el diagnóstico es inestimable”.

J. Douglas, Who was HeLa?, Nature. 1973.

             El 6 de febrero de 1951 –un día después de que el doctor Jones le comunicó por teléfono el resultado de su biopsia­–, Henrietta Lacks reingresó al Hospital Johns Hopkins para recibir el tratamiento indicado. Como su tumor era invasor, lo que procedía era insertarle unos tubos de material radioactivo –el elemento químico radio– en el cuello de la matriz. Una vez acostada sobre la mesa de operaciones en posición ginecológica (como para dar a luz) y convenientemente anestesiada, Lawrence Wharton inició el procedimiento. Pero antes y sin haber informado a Henrietta de lo que se proponía hacer, el doctor Wharton tomó un bisturí y cortó dos pequeños fragmentos de su cuello uterino. Uno del tumor y otro del tejido sano. Los colocó en una placa de vidrio y envió las muestras al laboratorio del Dr. George Gey, experto sin mucho éxito hasta el momento en el cultivo de células humanas.

            Richard Wesley TeLinde, Jefe del Departamento de Ginecología y Obstetricia del Hospital Johns Hopkins, era uno de los ginecólogos norteamericanos más destacados en el debatido tema del cáncer del cuello de la matriz. Los conocedores discutían si la forma localizada de este tumor se presentaba invariablemente antes del desarrollo de la forma invasora o si eran dos condiciones distintas sin relación temporal entre sí. TeLinde era de los que sostenía que el cáncer localizado –carcinoma in situ– siempre aparecía antes del cáncer invasor, pero otros muchos médicos no lo creían así. Era tal la controversia, que en varios hospitales el cáncer localizado ni siquiera recibía tratamiento, pues se pensaba que permanecía en ese estado sin modificarse jamás ni amenazar la vida de la paciente. En cambio, el doctor TeLinde estaba convencido de que una extirpación radical del útero y parte de la vagina en los casos de cáncer localizado reduciría drásticamente la elevada mortalidad asociada a la forma invasora de esta enfermedad.

            El diagnóstico del cáncer localizado del cuello uterino se hizo posible a partir de 1941, cuando un investigador griego llamado George Papanicolaou desarrolló un método que consistía en raspar la superficie del cuello de la matriz con una pipeta para obtener células que, una vez teñidas, podían ser analizadas con el microscopio. Fue un gran adelanto, pues esta forma de cáncer localizado no producía síntomas y solía ser invisible a la exploración ginecológica convencional. La técnica desarrollada por Papanicolaou era justo lo que necesitaba TeLinde para realizar su operación quirúrgica y prevenir el desarrollo del temido cáncer invasor.

            A pesar de que TeLinde había demostrado en un estudio que el 62 por ciento de las pacientes con cáncer invasor atendidas en el Hospital Johns Hopkins había tenido cáncer localizado en las biopsias iniciales, al doctor TeLinde se le ocurrió que lo ideal sería cultivar en el laboratorio células del cuello de la matriz, tanto sanas como cancerosas. Deseaba demostrar a toda costa que su teoría –el cáncer localizado es siempre la etapa que antecede el desarrollo de un cáncer invasor– era cierta y que la extirpación quirúrgica del cáncer localizado estaba justificada y disminuiría sustancialmente la frecuencia y complicaciones del cáncer invasor. Por eso buscó la colaboración de George Gey, jefe de investigación en cultivos celulares del Hospital Johns Hopkins.

            Cuando las muestras de Henrietta Lacks llegaron al laboratorio del doctor Gey, su asistente estrella Mary Kubicek no demostró mucho entusiasmo. “Otro caso más”, pensó. En las ocasiones anteriores, todas las células morían al poco tiempo de ser cultivadas. El cultivo de células humanas no había rendido frutos hasta ese momento salvo en una curiosa excepción: el cultivo de células cardíacas de pollo desarrollado por Alexis Carrel, el cirujano e investigador francés que trabajaba en el Instituto Rockefeller y que recibió el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1912 por el desarrollo de la sutura de los vasos sanguíneos. Desafortunadamente, el cultivo celular de Carrel no pudo ser reproducido por otros y quedó en el terreno de las anécdotas.

            Cuando Mary Kubicek dejó las células de Henrietta Lacks en el medio de cultivo, no se imaginó lo que iba a suceder. Cada día, revisaba los frascos del cultivo sin esperar nada distinto del reiterado fracaso al que estaba acostumbrada. Dos días después de que Henrietta fue dada de alta tras el primer tratamiento con radio, Mary Kubicek observó una especie de anillo similar a la clara de un huevo frito en torno a los puntos en donde había depositado las células cancerosas de Henrietta. Aquellas células que habían llegado en frascos etiquetados como “HeLa” –células de HEnrietta LAcks– no sólo estaban vivas, sino que se estaban multiplicando a una velocidad prodigiosa. Las únicas que murieron fueron las provenientes de la muestra de tejido sano. Con las tumorales había nacido el primer cultivo de células humanas inmortales de la historia.

            Aquellas células se siguieron reproduciendo a pesar de que su dueña murió algunos meses después. Y se han mantenido vivas hasta hoy. Con los suficientes nutrientes en el medio de cultivo, las células HeLa se multiplican sin freno. Ni siquiera necesitan una superficie estable para hacerlo.

Crecen y se dividen en el líquido en donde flotan. Para George Gey y sus colaboradores fue el inicio de una carrera exitosa y muy lucrativa. En torno a las células de Henrietta se crearon empresas vinculadas con la investigación biológica que hicieron millonarios a sus dueños. Un cálculo aproximado sobre el peso de todas las células HeLa que se han producido desde entonces se estima en 50 millones de toneladas cúbicas.

            Las células cancerosas e inmortales de Henrietta Lacks han revolucionado la investigación biomédica y otros muchos terrenos del conocimiento humano. Algunas fueron enviadas en las misiones espaciales para analizar el efecto de la falta de gravedad en las células humanas. Muchas otras se encuentran en los laboratorios de todo el mundo. En ellas se probó la vacuna de la polio desarrollada por Jonas Salk y han servido para estudiar los efectos tóxicos de numerosos medicamentos. Han sido fundamentales para el aislamiento de las células madre y el desarrollo de la reproducción asistida. En ellas se probaron y estandarizaron múltiples materiales de laboratorio. Sin ellas no hubiese sido posible el desarrollo de la genética, la medicina genómica, el diagnóstico prenatal, el conocimiento de las bases moleculares del cáncer ni el Proyecto Genoma Humano. Sin la involuntaria donación de Henrietta Lacks a la ciencia, Ian Wilmut no habría clonado a la oveja Dolly.

            Cuando a Henrietta Lacks le tomaron aquellas biopsias del cuello uterino minutos antes de la inserción del material radioactivo, nadie le pidió permiso. No se acostumbraba. Además, ella era negra, pobre y bastante ignorante. Los que se enriquecieron y se siguen enriqueciendo con el comercio de sus células –tan alabadas por todos y presentes en todos los libros que tratan del tema– no se molestaron en compartir las ganancias con la familia Lacks.

Todavía hoy, los descendientes de Henrietta enfrentan serios problemas para recibir atención médica de calidad porque no pueden pagar los elevados costos de un seguro médico. Tendría que llegar un “hombre de color” –será que los demás somos incoloros– a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica para poner algunos límites a tanta injusticia y tanta inhumanidad. Estoy seguro de que a Henrietta Lacks le hubiese llenado de orgullo y emoción estrechar la mano de Barack Obama. Creo que el  Presidente debería erigirle un monumento, aunque todavía no se sepa dónde están exactamente sus restos mortales. Porque de los restos inmortales –las afamadas y exuberantes células HeLa– ya nos hemos beneficiado todos.

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