MESA DE AUTOPSIAS: LA PERCEPCIÓN ERRÓNEA.

Ningún hombre, ni siquiera bajo tortura, puede decir con exactitud lo que es un tumor”.

James Ewing. 1916.

 

            La mayoría de los seres humanos tenemos una comprensión simple de las cosas. Tendemos al maniqueísmo. Hacemos pronta y fácil separación entre los bueno y lo malo, entre amigos y enemigos. Haciendo a un lado los matices –que son los que en realidad marcan las diferencias sutiles y trascendentales–, vemos el mundo en blanco y negro.

            En medicina, salvo quienes tienen un conocimiento más profundo y panorámico de la enfermedad, las cosas suelen concebirse con el mismo enfoque. La enfermedad es mala y la salud es buena. Hasta somos capaces de asignar a las enfermedades los rasgos propios del ser humano, en especial aquellos defectos del carácter que nos resultan particularmente detestables.

            Esa costumbre no es nueva, por lo menos data de la antigua Grecia. Desde entonces, al cáncer se le consideraba dominante, insidioso, corruptor, malvado, etc. Ya el poeta latino Ovidio, en su obra Las metamorfosis, se refería a los celos enfermizos de una joven ateniense por su hermana justo como el cáncer “un padecimiento que se apodera del cuerpo y lo corrompe”. Incluso San Pablo aludía a los ateos como “aquellos cuyas palabras devoran como lo hace el cáncer”.

            Quienes trabajamos cotidianamente en el diagnóstico de los tumores malignos, encargados como estamos de ponerles nombre y apellidos, acabamos convencidos de que identificamos en ellos seres casi autónomos que crecen en el interior de los pacientes, como criaturas gestadas por los propios enfermos, aunque claramente distintas. Engendros egoístas que, como los cuervos, se revuelven contra sus progenitores para sacarles los ojos.

            Está claro que necesitamos una comprensión más amplia del cáncer. En los últimos 40 años, investigadores que han trabajado en laboratorios de todo el mundo han penetrado con gran profundidad en los secretos del origen y desarrollo tumoral. Fruto de este trabajo es el panorama que tenemos hoy sobre el tema. Parece claro que el cáncer es, en última instancia, una enfermedad del material genético localizado en nuestras células –los genes–, que modifica la conducta celular y altera dramáticamente la organización de los tejidos. Tenemos conocimientos profundos, pero no suficientemente amplios. Sin embargo, vamos en pos de ello y lo que estamos descubriendo nos llena de asombro.

            Lejos de fortalecer la idea de que los tumores son algo totalmente ajeno, una especie de invasores extraterrestres que se alojan en las entrañas durante algún momento de la vida, todo apunta a una intimidad muy estrecha entre el tumor y el ser humano que lo alberga. Y no sólo eso, hay claras evidencias de que los tumores malignos son una consecuencia esperable de nuestra naturaleza biológica y de nuestra historia evolutiva.

            Podemos suponer con bases bastante firmes que hace cosa de unos 550 millones de años apareció en el planeta una forma nueva de organismos que, en aquel momento, fue una apuesta novedosa de la vida en su tendencia expansiva. Me refiero al surgimiento de los primeros seres hechos de muchas células, los organismos multicelulares o metazoarios. Antes de su aparición, la vida sólo estaba representada por seres formados de una sola célula –unicelulares– muy parecidos a las bacterias de hoy en día.

            Las condiciones planetarias y quién sabe qué otras circunstancias favorecieron la existencia de seres multicelulares. Se lograron organismos mucho más complejos, constituidos por comunidades coordinadas de células que podemos reconocer hoy en nuestros propios tejidos como el muscular, el nervioso, el epitelial, etc. El mantenimiento de organismos complejos se logró a base de un gasto considerable de energía y trajo aparejado el desarrollo de mecanismos de coordinación y control entre las diferentes poblaciones celulares.

            Como el lenguaje universal de las células es químico,  resulta completamente lógico que esos mecanismos de coordinación y control sean en realidad reacciones químicas. Sin ni siquiera darnos cuenta, suceden todos los días en nuestras células cientos o miles de reacciones químicas que podríamos comparar con la coreografía más elaborada de la compañía de baile más afamada del mundo. En esta comparación, nos daríamos cuenta que los bailarines son apenas unos aprendices muy imperfectos en relación a las danzas que ejecutan nuestras moléculas día tras día, mientras dure la vida…y tal vez más allá de ese supuesto límite.

            Otra percepción errónea es la que nos hace suponer que la evolución de las especies es una ascensión hacia la perfección liderada por el Homo sapiens. Nos gusta pensarlo así porque nos resulta reconfortante y porque va en el sentido de lo que nos han enseñado desde pequeños, en especial si hemos asistido a escuelas religiosas. Pero el panorama revelado por la ciencia desmiente esta versión edulcorada y romántica de la historia evolutiva. La evolución es una fuerza poderosa de la naturaleza que se despliega en el tiempo y en el espacio a base de ensayo y error. Y son cada vez más sólidas las evidencias de que en nuestro caso los errores –mejor sería entenderlos como debilidades– no escasean.

            Dos de esos “fallos” tienen que ver mucho con el cáncer como algo intrínseco de nuestra naturaleza biológica. El primero es que el copiado del material genético –indispensable en la vida del organismo y en la transmisión de la misma a la descendencia– no es perfecto y ocurren en él fallas que pueden originar tumores malignos. De hecho, si no fuera por esas fallas –mutaciones– la misma evolución de las especies no sería posible. El otro punto débil es la facilidad que tienen nuestras células para multiplicarse y su capacidad para moverse y desplazarse, es decir, para invadir otros terrenos. Son facultades necesarias para el desarrollo embrionario, para montar esa respuesta defensiva que llamamos inflamación, para cicatrizar las heridas, renovar los tejidos, para responder al estrés y para la implantación de la placenta al inicio de la gestación.

            Curiosamente, todas las cualidades arriba señaladas son compartidas fielmente por las células normales y las que forman los tumores malignos. Por eso es tan difícil encontrar tratamientos que destruyan selectivamente a las células cancerosas sin afectar a las células sanas. Esos tratamientos empiezan a aparecer, pero todavía falta mucho camino por recorrer.

            La cercanía estrecha entre lo benigno y lo maligno y la delgadísima línea que suponemos que los separa nos están haciendo ver que nuestra idea tradicional –maniquea– sobre el tema nos ha tenido confundidos por muchos años. Parece ser hora ya de pensar en abandonar esa percepción errónea. El problema es que todavía no tenemos muy claro con qué podemos reemplazarla.

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One thought on “MESA DE AUTOPSIAS: LA PERCEPCIÓN ERRÓNEA.

  1. Una vez leí que al cáncer le ha sucedido lo mismo que a la fiebre cuando en los albores de la medicina se intento separar en sus causas y tipos. Al inicio Fiebre resultó un gran saco en el que estaban todas las enfermedades que compartían en común el aumento de la temperatura corporal Poco a poco el desarrollo de las distintas ramas de la medicina (principalmente la microbiología y la clínica) fueron sacando de ese saco y poniendo nombre a cada una de las enfermedades infecciosas y no infecciosas que hoy se engloban bajo el síndrome febril. El cáncer por su parte, desde un primer y poco definido grupo de enfermedades caracterizadas por masas de crecimiento rápido, ha ido dando paso a una meticulosa separación de sus miembros, a veces tan abrumadora como la clasificación de los linfomas. Creo que todos los médicos anhelamos el día en que se puedan organizar las enfermedades con un componente genético como lo es el cáncer. Como mismo se organizan los elementos como en la tabla periódica de Mendeleiev.

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