MESA DE AUTOPSIAS: HOSPITALES MISERABLES.

“Sube los escalones, y apenas cruza el vestíbulo que comunica las dos grandes salas del hospital, experimenta una sensación conocida e incómoda: el estremecimiento de internarse en un espacio ingrato, de rumor bajo y continuo, monótono; gemido colectivo de centenares de hombres que yacen sobre jergones de paja y hojas de maíz puestas sobre tablas, alineados hasta lo que desde la puerta parece el infinito”.

Arturo Pérez-Reverte, El asedio. 2010.

 

            El asedio, la última novela de Arturo Pérez-Reverte, no tiene desperdicio ni ofrece concesiones. Como ya es costumbre y con una inclinación pesimista sobre la naturaleza humana que se acentúa conforme pasan los años para este escritor español contemporáneo, no hay un final feliz. La trama discurre en Cádiz, al sur de España y frente a las costas de África, durante el sitio que las tropas napoleónicas le han puesto a la ciudad portuaria. Es el año 1811, España está casi en manos de Napoleón Bonaparte y en aquella ciudad andaluza convergen y se entrecruzan acontecimientos que definirán con huella indeleble la historia de España. Sus posesiones en ultramar, las otras Españas americanas, han iniciado sus propias guerras de independencia y es justamente en Cádiz donde diputados peninsulares y americanos se reúnen en las Cortes y dan nacimiento a aquella Constitución de 1812, germen de una democracia que el infausto Fernando VII traicionará una vez sentado en el trono. Un verdadero mosaico de la época en el que Pérez-Reverte teje la vida de sus personajes novelescos.

            Solamente en dos partes de la novela –a la mitad y en las páginas finales– el autor describe el ambiente de los hospitales militares de la época. De la primera tomé la cita que encabeza este escrito y que continúa de la siguiente manera:

… Enseguida llega el olor, también familiar, y aunque esperado no por eso menos agobiante. Las ventanas abiertas no bastan para disipar la fetidez de la carne ulcerada y podrida, el hedor dulzón de la gangrena bajo los vendajes… Ojos brillantes, cercos enrojecidos por la fiebre. Mal aspecto. Piel sin afeitar que enflaquece más las mejillas hundidas. La cabeza rapada con la herida visible –descubierta para facilitar el drenaje– parece poca cosa comparada con otras escenas en que abunda la sala llena de enfermos, heridos y mutilados… llagas supurantes, brechas en la carne que meses después aún no cicatrizan, muñones de amputaciones con costurones violáceos, cráneos o miembros con heridas de bala o de sable todavía abiertas, apósitos sobre ojos ciegos o de cuencas vacías. Y siempre el quejido continuo, sordo, que llena el recinto entre cuyas paredes parece encerrarse, concentrado como una esencia miserable, todo el dolor y la tristeza del mundo.

 

            Lo descrito ocurre en el Hospital de San Carlos y el autor también menciona –lo sacó tal vez de un suceso verídico de la época la denuncia que hizo un médico cuando se enteró de que la falta de suministros para el hospital se debía a una malversación de fondos hecha por algunos funcionarios públicos. Se había sustraído el dinero destinado a la compra de material de curación y de alimentos para los enfermos. ¿Cómo reaccionó el gobierno ante la denuncia del médico? Pérez-Reverte también lo menciona:

… La reacción del ministro de la Real Hacienda, responsable del hospital, fue instantánea: denunciar al periódico de Cádiz que había dado la noticia. Luego todo se fue tapando con comisiones, visitas de diputados y alguna pequeña mejora.

 

            En un tono irónico, podríamos agregar aquí la conocida advertencia literaria: “cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia”.

            Actualmente, muchos hospitales han superado las terribles condiciones de aquel Hospital de San Carlos –hoy Hospital General Naval San Carlos–, aunque conozco algunos en donde el novelista hubiera podido inspirarse sin detrimento del relato. Los tiempos cambian, pero muchas cosas permanecen inalteradas, como la tentación de malversar los fondos de la sanidad pública con fines muy distintos de los originales. Tenemos ejemplos recientes, como el caso del primer comisionado nacional del Seguro Popular, cuya responsabilidad en los malos manejos de los fondos presupuestales condujeron a su inhabilitación para ejercer cargos públicos en el futuro.

            Yo nunca he aceptado el argumento –usado y difundido cada vez que se habla sobre el financiamiento de la salud pública en México– de que los recursos para atender las necesidades de los hospitales públicos son naturalmente insuficientes. No lo acepto porque veo los enormes dispendios que suceden con dolorosa frecuencia ante nuestros ojos. Si en alguna ocasión me ha tocado asistir a una reunión en donde se habla del asunto, siempre dejo en claro mi posición y mis convicciones al respecto. Me opongo a que se tracen planes médicos y sanitarios a partir de esa falacia que va de boca en boca: “los recursos son finitos y las necesidades infinitas”.

            Los médicos tenemos deberes que van más allá de atender los trastornos que aquejan a los pacientes. Nuestra cercanía con el dolor, el miedo a la enfermedad, los estragos que causa en los cuerpos, el daño con el que desarma los espíritus y la frecuente relación que guarda con la pobreza y sus secuelas nos autoriza a levantar la voz ante las injusticias.

            Por eso siempre me ha parecido indignante, de una cobardía inadmisible y de una ignorancia e indiferencia vergonzosas la existencia de médicos incapaces de reaccionar ante las carencias económicas que afectan directamente la calidad de la atención que se brinda en los hospitales –en especial los públicos– y que atentan contra la recuperación de la salud y la conservación de la vida de sus pacientes.

            Ese desapego que los paraliza, disfrazado de falsa ecuanimidad, es una falta grave que refleja a su vez una formación deficiente. Una falla de origen que puede rastrearse hasta la infancia y el entorno familiar. O lo que resulta más preocupante, que se gesta durante la formación profesional. Educación mal llamada superior en la que el ejemplo pernicioso de unos maestros vulgares e insensibles pero influyentes vuelve a sus alumnos impermeables a la problemática social que los rodea. Médicos pusilánimes incapaces de cuestionar las decisiones que emanan de los niveles jerárquicos superiores, aunque siempre están dispuestos a acallar las demandas de sus subalternos para evitar que el patrón se moleste. Burócratas fieles a lo políticamente correcto. Dignos practicantes del comer excremento sin gesticular.

            Ese mundillo de los que callan no sólo lo habitan los insensibles y los cobardes. También pululan en él los afectos al disimulo. Los hipócritas que solamente son fieles a los egoísmos personales o de pandilla, incapaces de secundar causas nobles si no les rinden personal provecho. Los que se ocultan en una diplomacia mentirosa mientras esperan a que las condiciones se vuelvan propicias para sus oscuros fines.

            No debemos conformarnos con administrar la miseria. Basta de trabajar con los mendrugos que a otros les sobran. Tenemos elementos suficientes y, sobre todo, autoridad moral –muy escasa en otros ámbitos– para exigir lo necesario. La medicina requiere condiciones para su práctica correcta. Renunciar a ellas o reemplazarlas con sucedáneos de peor calidad o de menor alcance –a lo que nos quieren obligar con frecuencia– es traicionar nuestra ética profesional. Una falta vil a eso que mi padre –un simple obrero especializado– llamaba “tener un poco de vergüenza y amor propio”.

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3 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: HOSPITALES MISERABLES.

  1. Que gusto me da que haya personas como el Sr Luis Muñóz Fernandez,tengo ya tiempo leyendo sus artículos en el Heraldo los domingos y para mi fué una gran noticia que puedo compartir sus pensamientos con otras personas, porque este Aguascalientes de la gente “bonita” ya necesita una sacudida en su moral hipóctita junto con sus gobernantes que nos están llevando a “la vanguardia”, la sociedad entera ocupamos dejar de ser indiferentes ante tanta miseria e injusticia, mientras los periódicos solo sirven para tapar tanto robo y tanta desvergüenza

    1. Apreciado C.P.Venegas:
      La estrechez presupuestal con la que trabajamos en los hospitales públicos es vergonzosa. Tanto, como la indiferencia de muchos médicos que no elevan su voz en son de protesta. Urge cambiar esta situación.
      Gracias por participar en el blog.
      Saludos.
      Luis Muñoz Fernández.

  2. Una razón por la que no les causa “mala conciencia” todas esas cosas que llamamos sinvergüenzadas es debido a lo que dice un afamado psicoterapeuta alemán, la conciencia es una conciencia de grupo, y como en esos grupos es aceptado su modo de actuar, por ello no sienten remordimiento alguno, mas bien se sienten mal si no gozan de una vida suntuosa, si no viven en el Norte. A los grandes filósofos se les escapó este análisis sobre que la conciencia no es la voz de Dios en nosotros, la conciencia es sólo la “conciencia de grupo” y esta conciencia se adquiere originalmente en la familia de donde procedemos, de aquí que hagan tantas barbaridades y no sienten mala conciencia, mas bien son aplaudidos por sus padres y así son felices

    Hay una ELUSION ETICA Un destacado pensador Vaclav Havel Presidente de la República Checa (2000) señaló “es necesario reestructurar el sistema de valores en que nuestra civilización descansa” y advirtió que los paises ricos los “euroamericanos” los llamó, deben examinar su conciencia. Ellos, dijo, han impuesto las orientaciones actuales de la civilización global y son responsables por sus consecuencias.

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