MESA DE AUTOPSIAS: UNA CORNADA AL ORGULLO NACIONAL.

-Maestro, ya sólo le falta morir en la plaza.

-Se hará lo que se pueda, Don Ramón, se hará lo que se pueda.”.

Conversación entre Ramón del Valle-Inclán y el torero Juan Belmonte. Alrededor de 1913.

 

            Aguascalientes, su Feria Nacional de San Marcos, el cuerpo médico de la Plaza de Toros Monumental y el Centenario Hospital Miguel Hidalgo adquirieron en los pasados días notoriedad mundial de la manera más insospechada y a una velocidad fulgurante. La corrida de toros del pasado sábado 24 de abril de 2009 fue el detonante merced al desafortunado hecho ocurrido durante la lidia del segundo toro –“Navegante”, por más señas–, en manos del diestro madrileño José Tomás, conocido en el ambiente taurino como “el Príncipe de Galapagar”.

            La cornada que “Navegante” le propinó a José Tomás tuvo tres trayectorias y ocasionó destrozos muy importantes en el paquete vascular de su muslo izquierdo, rompiendo las arterias femoral e ilíaca externa, vasos sanguíneos de grueso calibre que llevan un caudal muy abundante. Sin la intervención de los médicos, una hemorragia de ese tipo es mortal de necesidad. Por fortuna, una semana después del percance, el torero fue dado de alta y se recupera satisfactoriamente hasta el momento.

            Las astas del morlaco –con un peso de 473 kilos– rasgaron mucho más que piel, músculos y vasos sanguíneos. Por la gran fama del torero español, considerado una de las figuras más destacadas de la tauromaquia actual, la noticia se diseminó con rapidez en ambos lados del Atlántico. Y junto con el matador y su infausta circunstancia, saltaron a la palestra otros aspectos que le dieron al hecho visos inesperados y hasta vergonzosos.

            Mucho se habló y se dijo en los primeros días sobre los momentos iniciales de la tragedia. Desde la maniobra heroica de un subalterno que comprimió la herida a puño desnudo para tratar de inhibir la emergencia de aquel manantial mortífero que salía a borbotones por la herida en el muslo, hasta los primeros momentos de confusión –inevitable, dadas las circunstancias– en la enfermería de la Plaza Monumental de Aguascalientes.

            Como en todo hecho humano, multitud de factores se dieron cita en aquellos primeros minutos. Unos contribuyendo al caos y otros –que al final predominaron– imponiendo el orden necesario para estabilizar la condición crítica del torero que pudo ser trasladado con cierta calma al Hospital. La operación quirúrgica que siguió a continuación, reparando los tejidos gravemente lesionados, y la satisfactoria evolución de los días siguientes, hablan por sí mismas de la competencia quirúrgica y el esmerado cuidado posoperatorio que brindaron los médicos en todo momento. Algo ha de haber contribuido el mucho oficio del equipo multidisciplinario que caracteriza a la plantilla del Centenario Hospital Miguel Hidalgo. Hasta su director, neurólogo reputado, hizo a un lado sus labores administrativas que tanto lo absorben, para valorar y cuidar la sensibilidad y movimientos de la extremidad herida

            Decía que los cuernos de “Navegante” rasgaron mucho más que el muslo de José Tomás. Comentarios vertidos por algunos medios informativos españoles –no todos ni los más destacados– acerca de las supuestas malas condiciones de la enfermería de la plaza de toros, amén de motejar al edificio del Hospital Hidalgo de viejo, provocaron en Aguascalientes reacciones virulentas. Hubo quienes al calor de la controversia invocaron la impericia de la medicina taurina española trayendo a colación la muerte de Francisco Rivera “Paquirri” aquel tristísimo 26 de septiembre de 1984.

            No faltaron entre algunos desavisados las alusiones a la añeja historia común entre México y España. Pronto se quisieron reabrir las heridas que ya hace mucho tiempo que deberían estar definitivamente cerradas. Volvieron al escenario palabras antaño ofensivas como indios y gachupines. En algunas discusiones, reaparecieron personajes tan odiados y controvertidos –humanos, al fin– como Hernán Cortés, a quien por cierto, alguno atribuyó la paternidad de todos quienes, viviendo en Aguascalientes, nacimos en la Península Ibérica.

            El hecho, aunque menor, no deja de ser ilustrativo de un rasgo atávico que los mexicanos debemos –sí, debemos todos, los naturales y los naturalizados– superar si deseamos entrar con paso firme en este siglo XXI.

            Es buen momento este 2010, cuando celebramos el bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, para revisar la historia y para cambiar lo que tenga que ser modificado en esta “historia de bronce” a la que hace alusión José Antonio Crespo, licenciado en relaciones internacionales por el Colegio de México y doctor en historia por la Universidad Iberoamericana. En su reciente libro Contra la historia oficial (Debate, 2009), el doctor Crespo dice lo siguiente:

“Suponer que por ignorar la verdadera historia de su país los mexicanos serán mejores ciudadanos equivale a pensar que los niños se convertirán en mejores adultos si jamás se les desengaña sobre la verdadera identidad de los Reyes Magos”.

            Un mejor conocimiento de la historia de México, más objetivo y libre hasta donde sea posible de intenciones doctrinarias al servicio del poder en turno, es una condición imprescindible  si deseamos construir una nación más justa. En tanto no conozcamos el lado humano de nuestros próceres y los despojemos de esa imagen acartonada que impide la comprensión profunda de nuestra historia, los mexicanos estaremos siempre sometidos a los intereses del poder, ya sea que éste encarne en alguna figura providencial o lo detente una camarilla de ambiciosos.

            Nadie pensaría que un hecho tan dramático como el ocurrido en la segunda corrida de la Feria Nacional de San Marcos 2010 llegaría a tocar fibras tan sensibles del alma mexicana. Si Manuel Cascante, periodista del prestigioso rotativo español ABC señalaba en días pasados que “cualquier toro lleva la muerte prendida en sus astas”, nosotros podríamos añadir que esos mismos apéndices –ayudados, claro, por algunos cernícalos de mala entraña– pueden lastimar incluso el orgullo nacional.

            Y respecto al viejo Hospital Hidalgo, vale la pena volver a citar de nuevo a Manuel Cascante en su artículo del jueves 29 de abril de 2010 Aguascalientes, la joya de la corona: “México no es Suiza; pero, tampoco, Burkina Faso. Y el Hospital Miguel Hidalgo no es Vall d’Hebron; pero, tampoco, la cueva del hechicero”.

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4 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: UNA CORNADA AL ORGULLO NACIONAL.

  1. Existe un libro “Imperios del Mundo Atlántico” de John H Elliot ( Taurus) en donde se aborda la Historia de España y de Gran Bretaña en América (EU) de 1492 a 1830 en donde se comenta que las Historias de México que se leyeron tenían un fervor anticatolico recalcitrante

  2. Apreciado C.P. Venegas:
    Creo haber visto el libro que me comenta en alguna librería. Intentaré conseguirlo. El asunto del nuevo análisis de la historia de México es vital.
    Gracias por seguir participando.
    Atentamente,
    Luis Muñoz Fernández.

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