MESA DE AUTOPSIAS: LA HERENCIA DE LOS CAVERNÍCOLAS.

“El único objeto de este trabajo es considerar, en primer lugar, si el hombre, como el resto de las especies, desciende de formas preexistentes; en segundo lugar, la manera en que se dio este desarrollo y, en tercer lugar, el valor de las diferencias entre las llamadas razas humanas”. 

Charles Darwin, La ascendencia del hombre y la selección por medio del sexo. 1871.

Con la primicia que publica este viernes 7 de mayo de 2010 la famosa revista norteamericana Science –junto con la británica Nature, las dos revistas de ciencia con mayor prestigio en todo el mundo–, queda claro que el hombre de Neandertal fue nuestro antepasado. A la mayor parte de la gente, incluyendo un porcentaje mayoritario de los lectores, el asunto les importará un bledo –se les dará un ardite, diría Pérez-Reverte– y no podré decirles que no. Pero siempre ha sido una preocupación general el saber de quién venimos. Si será relevante que es el tema medular de muchas telenovelas y el origen de los profundos descalabros sicológicos de sus protagonistas.

Desde la infancia he sido un aficionado fiel a los temas paleoantropológicos. La existencia de un museo de esta disciplina en mi localidad natal debe haber influido en el desarrollo de esta afición. A buena parte de los niños que éramos entonces nos gustaba coleccionar fósiles cuando salíamos de excursión a los campos y los montes de la región. Encontrar alguno me llenaba de una extraña felicidad que todavía hoy no me explico del todo.

Lo que los científicos han descubierto y publicado en Science convierte a los neandertales, esos primos cuyo lugar en nuestro linaje no estaba del todo claro, en parientes de primer orden. Además, el método que han utilizado para demostrarlo es un buen ejemplo de la revolución científica de la que hoy estamos siendo testigos en las ciencias biológicas. Me gusta compararlo con lo que ocurrió allá por el siglo XVI cuando hizo su aparición la anatomía como disciplina científica. Hoy, la biología molecular es su equivalente y hasta el estudio de los fósiles, que antes sólo se realizaba a través de comparaciones morfológicas –de forma y tamaño–, incluye la lectura del material genético –el ADN, a cuya totalidad dentro de una célula la llamamos el genoma–  que todavía puede encontrarse en esos restos óseos tan antiguos.

Fue justamente lo que hizo el equipo de científicos dirigidos por Svante Pääbo del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva ubicado en Leipzig, Alemania. Utilizando el material genético obtenido de los huesos de tres neandertales hembras encontrados en la cueva Vindija, Croacia y cuya antigüedad oscila entre los 38 mil y 44 mil años, lo compararon  con el de otros neandertales provenientes de Rusia, Alemania y España. También compararon el genoma de las tres neandertales croatas con el de los chimpancés y con el de cinco seres humanos vivos nacidos en Sudáfrica, África Occidental, Papúa Nueva Guinea, China y Francia.

El resultado de estas investigaciones demuestra de una manera muy convincente –no olvidemos que todo conocimiento científico es en sí mismo provisional, no es un dogma inamovible como los que establece la jerarquía eclesiástica– que del 1 al 4 por ciento del material genético de los europeos y de los asiáticos proviene de los neandertales, aquellos antiquísimos parientes que hasta hoy habían sido un tanto desdeñados. Sin embargo, esta aportación de los primos es mucho menor o prácticamente inexistente en el genoma de los africanos modernos. Los científicos suponen que los neandertales se cruzaron con los antepasados de los europeos y los asiáticos actuales, pero no lo hicieron con los antepasados de los africanos que serán en breve los anfitriones del mundial futbolero.

Yo ya tenía algunos vislumbres de lo que hoy demuestran los estudiosos. Aficionado también a la observación de los seres humanos y a tratar de penetrar en sus pensamientos escudriñando su rostro, me he topado a lo largo de la vida con alguna que otra cabeza en la que la fisonomía del neandertal asoma sin disimulo. Recuerdo en concreto a un compañero de estudios cuyos arcos superciliares prominentes –los salientes óseos señalados por las cejas– y su frente huidiza siempre me parecieron una prueba irrefutable de nuestro parentesco con aquellos hombres de las cavernas cuyas litografías tanto disfrutaba de niño. Lo dicho no tiene intención de burla, pues su inteligencia no desmerecía la de sus colegas y hoy en día es un profesional perfectamente adaptado y útil a sus semejantes. No olvidemos que el volumen cerebral de los neandertales era similar al nuestro. Además, la inteligencia no depende primordialmente de las dimensiones cerebrales.

Claro que no es lo mismo encontrar un parecido externo con el hombre prehistórico que demostrar de manera difícilmente refutable –como lo han hecho Svante Pääbo y sus colaboradores­– que ese parentesco es una realidad. En la comparación genómica han salido a relucir diferencias interesantes entre el material genético de nuestros antiguos primos y el nuestro. Somos genéticamente distintos de los neandertales en varias porciones del genoma –ciertos genes– que se encargan de regular el metabolismo corporal –el conjunto de las reacciones químicas de nuestro cuerpo–, algunos aspectos relativos a la piel, el esqueleto y, ¡ojo al parche!, la adquisición y el desarrollo del conocimiento. Pero nadie sabe todavía el impacto que pueden haber tenido esas diferencias en las funciones orgánicas. El ser humano –y el neandertal también– es mucho más que la simple suma de sus genes.

No por ello dejaré de insistir en toda ocasión posible que estamos asistiendo al nacimiento de una forma más completa e integral de entender al ser humano gracias a la comprensión de su genoma. Las repercusiones útiles de este conocimiento son numerosas y en el futuro se descubrirán muchas más. En los nuestros genes se encuentran también las respuestas a muchas preguntas sobre nuestra historia evolutiva. Allí seguramente están algunas de las causas por las que somos como somos. En el genoma y su relación con el medio ambiente está la explicación de muchas facetas humanas que todavía hoy nos resultan desconcertantes. ¿Cuánto de lo que somos se debe a la naturaleza humana –los genes– y cuánto puede atribuirse a la crianza –la cultura, el medio ambiente–?

Más enigmática resulta la cuestión de la aparición de la mente del hombre moderno. Si el registro fósil está incompleto y los recientes datos obtenidos del genoma de los neandertales deben interpretarse con cautela, especular sobre la mente del hombre prehistórico es un terreno más que resbaladizo. Hasta hace poco los estudiosos creían que el pensamiento simbólico y la conducta humana moderna habían aparecido hace 40,000 años, lo que corresponde a la llegada a Europa del hombre anatómicamente moderno (Homo sapiens). Sin embargo, estudios recientes de ciertos objetos presumiblemente usados por neandertales han puesto en duda tal aseveración. Los objetos hallados en dos emplazamientos prehistóricos españoles, la Cueva de los Aviones y la Cueva Antón (ambos en la provincia de Murcia), consistentes en conchas pintadas con mezclas de pigmentos minerales diversos fechadas en unos 50,000 años, le sugieren al paleontólogo Joâo Zilhâo que los neandertales usaban algunas conchas como aretes o pendientes y otras como recipientes para mezclar los pigmentos con los que coloreaban sus adornos. Así que, a pesar de su rudo aspecto, nuestros antepasados neandertales mostraban ya rasgos de una conducta bastante similar a la nuestra. Finalmente, eso que llamamos refinamiento moderno no es más que la herencia de los cavernícolas.

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5 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: LA HERENCIA DE LOS CAVERNÍCOLAS.

    1. Apreciado C.P. Venegas:
      Tiene usted razón en lo referente a la conclusión. Me rendí a la tentación de relacionar a los nobles brutos con otros no tan nobles que ocupan todos los días los titulares de la prensa y los espacios radiofónicos y televisivos.
      Gracias por su atinado comentario.
      Luis Muñoz.

    2. Apreciado C.P. Venegas:
      Acicateado por su comentario, decidí cambiar el último párrafo. A ver qué le parece.
      Saludos cordiales.
      Luis Muñoz.

      1. Me parece su labor muy apreciada, contrasta con la indiferencia social de la “gente buena”

        “Ni es indiferente que la mujer sea para el hombre de estudios gas que lo eleve hasta el cielo o lastre que le obligue, en lo mejor de su vuelo, a aterrizar en el pantano”…
        “Por nuestra parte, no sentimos la menor mortificación al abandonar nuestras ideas, porque creemos que caer y levantarse sólo revela pujanza, mientras que caer y esperar una mano compasiva que nos levante, acusa debilidad”…”el deber del hombre de ciencia no es petrificarse en el error”

        “Porque lo hemos proclamado mil veces y lo repetiremos otras mil, España no saldrá de su abatimiento mental mientras no reemplace las viejas cabezas de sus profesores, orintadas al pasado, por otras nuevas orientadas al porvenir…no queda otro recurso que formar gente nueva y unirla a los elementos aprovechables de la antigüa” Santiago Ramón y Cajal

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