MESA DE AUTOPSIAS: LAS MARIPOSAS OLVIDADAS (primera de tres partes).

“Los hombres deben saber que es del cerebro de donde viene el gozo, el deleite, la risa, las diversiones, las penas, los sufrimientos, el abatimiento y los lamentos. Por todo ello, es a través del cerebro que conocemos, nos hacemos sabios, reconocemos lo bueno de lo malo, distinguimos lo hermoso de lo repugnante y discriminamos entre lo dulce y lo insípido. Creo que el cerebro ejerce una influencia muy poderosa en el hombre”.

Hipócrates. Alrededor de 500 años a.C.

 

            En una colaboración anterior titulada “Las mariposas del alma”, escribí sobre Santiago Ramón y Cajal, el científico español y premio Nobel de Medicina y Fisiología de 1906 que descubrió la individualidad de las neuronas, las células más estudiadas del tejido nervioso. Su descubrimiento fundó las neurociencias –el estudio de la estructura y funcionamiento del sistema nervioso–, una de las ramas más activas e importantes de la investigación científica actual. Basta recordar lo mucho que se estudian hoy ciertas enfermedades neurodegenerativas como el mal de Alzheimer.

            En “Recuerdos de mi vida: historia de mi labor científica” (1923), Santiago Ramón y Cajal escribió lo siguiente:

Como el entomólogo a la caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la sustancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental.

            A partir de las aportaciones capitales de Cajal, las neuronas se volvieron las células dominantes en el campo de las neurociencias. Dada su importancia y delicadas funciones, uno podría suponer que son las células más numerosas del tejido nervioso, pero no es así. En realidad, son una población minoritaria, pues constituyen apenas el 10% de todas las células que forman el tejido nervioso. Son una extraña minoría en las vastedades ondulantes de nuestras circunvoluciones cerebrales.

            En contraparte, el otro 90% lo constituye una familia de células a las que llamamos las células de la neuroglia, nombre que abreviamos simplemente como glía. Forman parte de la glía células con nombres tan llamativos como los astrocitos, los oligodendrocitos, las células de Schwann (pronunciado shuán), las células ependimarias, las células de Müller (pronunciado miler), los tanicitos y las células de microglia. Estas últimas, a diferencia de las demás,  son en realidad células del sistema inmunológico –el sistema defensivo– que se forman fuera del sistema nervioso y que migran al cerebro posteriormente para cumplir su labor de vigilancia y defensa.

            En un principio, sólo se habían descrito las neuronas y varias células de la glía salvo la microglia, que fue descubierta por Pío del Río Hortega, otro de los grandes expertos españoles en la estructura del tejido nervioso que fue durante un tiempo colaborador de Santiago Ramón y Cajal. El doctor Pío del Río Hortega fue a su vez maestro de Isaac Costero Tudanca. Al igual que el doctor Del Río Hortega, Isaac Costero tuvo que huir de España tras la Guerra Civil, se exiló en México –Pío del Río Hortega se instaló en la Argentina– y, entre otras muchas cosas, fue el fundador de la moderna anatomía patológica mexicana. 

            Volvamos a la glía, ese 90% de todas las células del tejido nervioso. A diferencia de las neuronas, que no han dejado de ser estudiadas permanentemente desde que se descubrieron, las células de la glía han sido hasta hace poco “el plato de segunda mesa” de las neurociencias. La entronización de la neurona por Santiago Ramón y Cajal y sus seguidores desplazó a la glía de la investigación científica principal.

            Ya Camilo Golgi –que compartió en 1906 el premio Nobel de Medicina y Fisiología con Ramón y Cajal– había notado que los astrocitos estaban en estrecho contacto con los vasos sanguíneos. Ello le llevó a pensar que las células de la glía eran simplemente elementos de apoyo y nutrición para las neuronas. Esta idea caló hondo en la conciencia de los investigadores de todo el mundo y permaneció así, prácticamente intocada, hasta hace pocos años.

            Si las neuronas eran el único asiento orgánico de los complejos y delicados procesos mentales y de la mayor parte de las funciones cerebrales –incluyendo esas a las que llamamos pomposamente funciones cerebrales superiores­–, no tardamos mucho en convencernos que los seres humanos solamente utilizamos cotidianamente el 10% de nuestro cerebro, justo el porcentaje celular representado por las neuronas.

            Este concepto del uso de una décima parte de las células cerebrales es un estereotipo que casi todo el mundo conoce y comenta. Además, es la base de una serie de creencias y disciplinas seudocientíficas que prometen a los ilusos que caen en sus redes la activación del restante 90% con la práctica de una serie de maniobras que sólo se revelan a los iniciados después que cubren una “módica cuota de inscripción”.

            Sin embargo, las investigaciones de los últimos años están revelando un panorama apasionante que se contrapone frontalmente a la participación secundaria de las células de la glía en el funcionamiento del sistema nervioso. Las neuronas no son las únicas células nerviosas que emiten y reciben señales eléctricas. La visión se está ampliando y hoy las células de la glía están cobrando un papel central en el funcionamiento cerebral.

            Si un cáncer es una población de células que se multiplica con gran facilidad y la mayor parte de los tumores cerebrales se originan en las células de la glía, este hecho nos está dando otra pista muy relevante para entender el verdadero valor de estas células poco apreciadas, a las que no habíamos prestado la debida atención. Las células de la glía conservan siempre su capacidad reproductiva y pueden convertirse en neuronas cuando éstas se pierden por alguna causa.

            Estamos contemplando el nacimiento de un horizonte nuevo en el estudio del sistema nervioso. Si Santiago Ramón y Cajal llamó a sus queridas neuronas “las mariposas del alma”, ahora le llegó el turno a las células de la glía. Ha llegado el momento de retirar el velo que cubría a las células de la glía, esas “mariposas olvidadas”.

            Improbable lector: contén el aliento para que pueda contarte en la siguiente entrega la continuación de esta interesante historia.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s