MESA DE AUTOPSIAS: DE PIE FRENTE A LA OPORTUNIDAD.

“Es oportuno mirar atrás hacia los tiempos antiguos, y reflexionar sobre nuestros antepasados. Los grandes ejemplos escasean, y hay que ir a buscarlos al mundo pasado. La inocencia desaparece, y la iniquidad se nos echa encima a grandes zancadas… Con los remiendos de todas las épocas debe componerse una prenda de virtud completa, de igual manera que todas las bellezas de Grecia no pudieron formar más que una sola y hermosa Venus”.

Sir Thomas Browne, La religión de un médico. 1642.

De toda la historia de la medicina hay una época que me resulta particularmente atractiva, hasta enigmática, digna de un estudio detenido. Me refiero a las últimas décadas del siglo XIX y a las primeras del siglo XX, cuando ocurrió la más importante transformación de la práctica y la enseñanza de la medicina en los Estados Unidos de Norteamérica. Uno se pregunta cómo un país con un nivel del ejercicio médico y unas escuelas de medicina tan mediocres pudo situarse en un plazo tan breve en el primer lugar de la medicina mundial. No fue un milagro, sino una obra muy humana en la que colaboraron varios protagonistas y concurrieron diversas circunstancias. Dos hechos tuvieron un peso decisivo en esa transformación: la creación de la Universidad y el Hospital Johns Hopkins y el análisis minucioso de las condiciones de todas las escuelas médicas norteamericanas realizado por Abraham Flexner a solicitud y con el patrocinio de la Fundación Carnegie para el Avance de la Educación. Por su pertinencia para el momento que vivimos hoy en la historia de la medicina aguascalentense, me referiré en esta ocasión a la creación del Hospital Johns Hopkins.

Johns Hopkins era un comerciante y financiero de Baltimore que había amasado una fortuna considerable y había creado una fundación hospitalaria en 1867. Al fallecer en 1873, había dejado 3.5 millones de dólares –una suma muy elevada en aquella época– para financiar la construcción de un hospital y dejó una cantidad idéntica para crear una universidad que abrió sus puertas en 1876. El proyecto del hospital tuvo que esperar más tiempo ya que se fue construyendo usando solamente los ingresos dejados por Hopkins, sin solicitar préstamos.

Los fideicomisarios eran cuáqueros como Johns Hopkins, tenían un profundo sentido de la administración y un compromiso irrenunciable con la excelencia médica y académica. Seleccionaron como primer rector a Daniel Colt Gilman. El profesorado de la naciente Universidad Johns Hopkins era muy escaso, pero destacó muy pronto por sus conexiones internacionales, por su entrega a la investigación original cuyos resultados empezaron a aparecer en las mejores revistas y por la excelente formación que le brindaban a sus alumnos.

Tras considerar que los hospitales en Nueva York nunca habían estado bien administrados, el rector Gilman planeó la organización del futuro Hospital Johns Hopkins inspirándose en el Hotel Quinta Avenida de Nueva York. Allí condujo en una visita de inspección a William Osler y a Henry Welch, jefe de medicina del futuro hospital y decano de la facultad de medicina por inaugurar, respectivamente. “Vimos que todo estaba organizado por departamentos, con jefes responsables y, por encima de todos, un director”, diría Osler. La idea de Gilman resultó acertada. Como jefe de medicina en el Hospital Johns Hopkins, Osler no compartía la autoridad con otros médicos y pronto se rodeó de los mejores y más avanzados residentes que permanecieron con él varios años para conducir los trabajos de su departamento. La selección de los residentes de nuevo ingreso –llamados internos– fue muy rigurosa desde el principio. Los internos eran escogidos personalmente por el jefe tras someterlos a duros exámenes de competencia.

Las cuadrillas de albañiles empezaron a poner los cimientos en junio de 1877. El curso de la construcción del Hospital no careció de dificultades y los cálculos sobre la terminación de la obra tuvieron que ser modificados en varias ocasiones. El diseño arquitectónico propuesto por John Shaw Billings se centraba en evitar el contagio entre los diferentes pabellones, facilitando su ventilación y el libre flujo del aire, de ahí que el Hospital se construyese en una posición elevada. Todavía tenía cierta influencia la teoría de los miasmas, efluvios malignos que, según se creía entonces, desprendían los cuerpos de los enfermos, la materia orgánica en descomposición y las aguas estancadas. El Hospital Johns Hopkins fue inaugurado en la primavera de 1889. Pronto se convirtió en el principal referente nacional.

El Hospital y la Facultad de Medicina Johns Hopkins son las instituciones fundadoras de la medicina norteamericana moderna. Allí tuvieron origen tradiciones actuales de la práctica y de la enseñanza de la medicina como las guardias, los residentes y los médicos de base. También en ellas nacieron especialidades médicas y quirúrgicas como la neurocirugía, la urología, la endocrinología, la pediatría, la cirugía cardiovascular y la siquiatría infantil.

El Hospital Johns Hopkins está clasificado entre los mejores del mundo. Ha sido considerado el mejor de los Estados Unidos durante 19 años consecutivos, incluyendo el 2009. Fue allí donde William S. Halstead creó la primera residencia en cirugía de Norteamérica y su Departamento de Radiología –el Departamento de Radiología y Ciencias Radiológicas Russell H. Morgan– es considerado el mejor de los departamentos intrahospitalarios de radiología de aquel país.

Aunque los antecedentes, la cultura, las condiciones sociales y los personajes son muy distintos a los que tenemos en nuestra propia comunidad y gremio profesional, creo que los médicos debemos conocer y analizar estos hechos, pues arrojan luz sobre una multitud de cuestiones relativas a la calidad humana y profesional de los actores sociales, el nivel de la profesión médica en nuestro ambiente y el papel que podría jugar una medicina pública menos atada a los condicionantes económicos y políticos que tanto la limitan y pervierten hoy en día.

El momento no podría ser más oportuno. Hoy en Aguascalientes estamos frente a un hecho que, en el contexto de la salud pública y la historia de la medicina local, tiene singular relevancia y puede representar una oportunidad para que nuestra sociedad dé un paso hacia un mejor nivel de atención médica. Me refiero a la construcción del nuevo Hospital Hidalgo. Siendo contemporáneos de un hecho como éste, es muy difícil aquilatar su verdadera importancia y el impacto que podrá tener en las futuras generaciones.

Aquellos que lo minimicen corren el riesgo de subestimar su valor y quedar al margen de un suceso histórico. Los que, a pesar de todo, sigan creyendo que se trata de un hito en la historia médica de nuestra comunidad pudieran pecar de ingenuos. Quienes tuerzan el propósito original del nuevo hospital para lograr sus ambiciones personales y de grupo habrán cambiado la mejora de la salud pública y la superación de la práctica y la enseñanza de la medicina en Aguascalientes por la triste satisfacción de su codicia.

La verdad es que no hay forma de saberlo. Lo único cierto es que quienes estamos participando en este proyecto debemos hacerlo sin simulaciones, con valor, dejando a un lado la inveterada costumbre de “nadar y guardar la ropa”. Esa tradición tan nuestra que no es más que una forma de cobardía.  Es también la oportunidad de manifestar abiertamente nuestras convicciones e ideales –si los tenemos­– en un tiempo y en un lugar donde no es costumbre hacerlo.

Cuando en un momento de la historia de una sociedad coinciden y se suman la altura de miras, la cultura universal, los conocimientos médicos y científicos de avanzada, la voluntad política y la generosidad de la clase adinerada se puede construir y operar un hospital como el Johns Hopkins. Si falta alguno de estos elementos, lo que se obtiene siempre es una institución de menor –a veces de mucho menor– valor y calidad. Hoy está en las manos de esta sociedad que se considera “de la gente buena” decidir qué tipo de nuevo hospital público desea para sí misma y para sus hijos.

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4 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: DE PIE FRENTE A LA OPORTUNIDAD.

  1. Estimado C.P.Venegas:
    “Nadar y guardar la ropa” significa hacer algo con precaución, sin arriesgarse. Entendido así, denota cierta habilidad del ejecutante ante una situación comprometedora, pero llevado al extremo y convertido en una forma de ser (que es a lo que me refiero en mi escrito) refleja temor a mostrar las verdaderas intenciones o convicciones, indefinición para evitar el compromiso. Por eso lo equiparo a una forma de cobardía.

  2. Les deseo exitos en ese noble empeño de crear y trabajar para los demas sin que prime la ganancia personal, cuando las cosas se hacen asi de corazon, no hay necesidad de guardar la ropa para nadar.

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