MESA DE AUTOPSIAS: EL MOMENTO CLAVE.

En lo que sigue Heródoto de Halicarnaso expone el resultado de sus investigaciones, para evitar que con el tiempo caiga en el olvido lo ocurrido entre los hombres y así las hazañas, grandes y admirables, realizadas en parte por los griegos y en parte por los bárbaros, se queden sin su fama, pero ante todo para que se conozcan las causas que les indujeron a hacerse la guerra”.

Heródoto de Halicarnaso, Historia. Hacia el 444 a.C.

 

             Es muy difícil saber para quien vive el momento si los hechos en los que está participando tendrán alguna trascendencia histórica, es decir, si serán considerados en el futuro como decisivos e influyentes en el curso de los acontecimientos. Aunque cuando hablamos de historia solemos referirnos a los grandes sucesos del mundo, al final, lo que verdaderamente importa es la historia local, de la que formamos parte viva y en la que, acaso, podamos imprimir alguna huella que más adelante nos recuperará para la memoria de quienes vengan.

            Nuestra forma habitual de pensar no nos permite advertir cuándo un suceso cotidiano decidirá el destino o influirá en la vida de quienes sigan. ¿Son los que llamamos grandes hombres conscientes de serlo en el momento que realizan las obras por las que serán reconocidos como tales por nosotros? Lo más probable es que no. Muy pocos entre los seres humanos deben tener esa forma exaltada de percepción sobre sí mismos y sobre lo que los rodea que les permite reconocer como trascendentes algunos hechos de su vida cotidiana.

            Como muchas cosas en la vida, la trascendencia histórica de hechos y personas depende de numerosos factores. Algunos son inherentes a los protagonistas, como la fuerza de su personalidad o el impacto que tienen sus acciones. Pero esa trascendencia también depende de factores completamente ajenos. Por ejemplo, de que se conserve su memoria con el paso del tiempo, o que se descubra su existencia tras haberse perdido durante años o siglos. Es lo que nos está diciendo Heródoto en la cita que encabeza este escrito. Él escribe su Historia para que los hechos que va a relatar no caigan en el olvido.

            Tenemos la tendencia de idealizar todo aquello que ocurrió en el pasado. Cuanto más lejano en el tiempo o en el espacio, más lo idealizamos. Esa es posiblemente la razón por la que menospreciamos la trascendencia real que pueden tener nuestros pensamientos y acciones cotidianos. Son demasiado cercanos. Por tenerlos tan cerca, no nos es posible poner la distancia necesaria que nos permite ver la panorámica de nuestra propia vida y el potencial contenido en cada una de nuestras decisiones.

            Parece válido suponer que si tuviésemos esa conciencia esclarecida para advertir la importancia de algún hecho que está ocurriendo en nuestra propia vida, lo llevaríamos a cabo con mayor cuidado e intensidad. Pero esa previsión nos está vedada. Es la propia confianza en lo que hacemos y la convicción un tanto ciega que tenemos sobre su trascendencia lo que nos hace abrazar un ideal o participar en un proyecto. Supongo que en la mayoría de los casos, los que pasan a la historia lo hacen sin la conciencia plena de su trascendencia, aunque es posible que intuyan el calibre de los proyectos en los que están inmersos y, además, deseen vivamente alcanzar la gloria y el reconocimiento ajeno con su cristalización.

            Cuando buscaba ser aceptado como residente de anatomía patológica en el Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán –hoy Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán– fui sometido a varias entrevistas que formaban parte del proceso de selección. Una de las más importantes fue la que sostuve con el doctor Leonardo Viniegra Velázquez, a la sazón Coordinador de Enseñanza de aquella institución. Entre otras cuestiones, el doctor Viniegra me preguntó qué pensaba yo hacer una vez que concluyese mi especialización si es que era aceptado. No lo dudé mucho. Le dije que pensaba regresar a Aguascalientes para contribuir, en la medida de mis posibilidades, a la medicina de mi lugar de origen.

            Fui aceptado. Al terminar mi formación como médico especialista se me abrieron posibilidades laborales en algunos centros hospitalarios del Distrito Federal y terminé por quedarme en mi propia alma máter, es decir, pasé a ser médico de base del propio Instituto Nacional de la Nutrición. Permanecí allí año y medio.

            Del singular pasaré al plural porque mi vida se transformó en nuestra vida, la que aceptamos vivir como esposos Lucila y yo. Diversos acontecimientos, entre ellos la gestación de nuestra hija Brenda, nos hicieron reconsiderar nuestra situación. Mi esposa y yo decidimos que era adecuado regresar a Aguascalientes. En ese momento recordé lo que le había dicho en aquella entrevista al doctor Viniegra.

            Ese ideal de contribuir a la medicina aguascalentense se ha mantenido con altas y bajas hasta el día de hoy. Habiendo transcurrido casi 18 años desde que regresamos a Aguascalientes, es muy poco lo que hemos hecho y menos lo que hemos logrado para honrar el propósito manifestado en aquella entrevista. Soy consciente de que los proyectos verdaderamente trascendentes son los que se acometen colaborando con otros. Los logros individuales contribuyen con una cuota mucho menor. Por eso creo que el proyecto del Hospital Hidalgo pudiese ser ese hecho que dejase una huella, un legado para las generaciones futuras de aguascalentenses.

            En este preciso momento, con la conciencia de que al escribir estas líneas puedo atraerme el oprobio, me es preciso detallar para evitar malas interpretaciones a qué me refiero cuando escribo “el proyecto del Hospital Hidalgo”. No estoy aludiendo a la construcción de sus nuevas instalaciones –hoy en animación suspendida– sino a la esencia de una institución, a las personas que le dan vida y significado con sus ideas y sus acciones. Apunto a la conformación de un grupo humano comprometido y diestro en la conducción y operación de un hospital público que haga historia no a base de acumular años –no se escribe con las canas, sino con el entendimiento, decía Cervantes–, sino marcando el paso de la medicina en el Estado. ¿Ingenuidad? ¿Utopía? Tal vez. Pero una vida sin sueños no es más que una existencia vacía.

            Me refiero a un hospital del que nos podamos sentir verdaderamente orgullosos. Una escuela reconocida y anhelada por los estudiantes de las ciencias de la salud y un hospital deseado como lugar de trabajo por las nuevas generaciones de médicos y enfermeras. Tan atractivo, que permita realizar una selección rigurosa de los aspirantes para escoger entre ellos sólo a los mejores. Tan prestigioso, que acudan a él pacientes de todo el país, atraídos por la esperanza que sólo sabe brindar la medicina del más alto nivel. A eso me refiero. Es eso lo que soñamos. Es eso a lo que debemos aspirar, no a menos.

            Un proyecto así no puede cristalizar en unos pocos años y pasa necesariamente por la formación de un equipo humano –hoy inexistente– capacitado en las más altas competencias de la gestión hospitalaria moderna. El paso de líderes que aprenden su función sobre la marcha a verdaderos profesionales del más alto nivel, no sólo en la dirección y administración de hospitales, sino en las más diversas ramas del saber médico.

            En este escenario resulta impostergable becar a nuevas generaciones de jóvenes profesionales para que estudien varios años en los mejores centros del país y del extranjero. Y que además tengan el regreso garantizado. También pasa por esquemas presupuestales y de adquisición de recursos propios hasta ahora inéditos.

            De ese tamaño es lo que hoy está en juego. Atravesamos el momento clave en el que las decisiones inmediatas determinarán si seguimos como hasta ahora –el hospital civil provinciano cuyas aspiraciones de grandeza acaban por abandonarse porque chocan con la realidad económica y política– o si nos dirigimos hacia una institución médica de alto nivel, respetada y razonablemente autónoma. Un hospital a salvo de las pugnas por el poder. Una gran institución gobernada por hombres que fomenten la mejor medicina que todavía no hemos alcanzado.

            Hoy miramos hacia arriba porque sabemos que la moneda está en el aire.

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2 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: EL MOMENTO CLAVE.

  1. Estimado Dr Muñoz. Leí con sumo interes su artículo y agregaría por mi parte lo siguiente.
    Hacen falta dos cosas la política social sobre la salud (agresiva) y resolver el problema gerencial, la sola política social no basta, hace falta su implementación.
    En la organización del Hospital Hidalgo conviven actitudes culturales, intereses en conflicto, luchas por el poder, tecnologías, etc. que determinan comportamientos organizaciones que con frecuencia se apartan del “manual”. La “misión” organizacional condiciona el tipo de gerencia necesario, si el modelo gerencial no es el adecuado para llegar a poblaciones con carencias puede suceder que los programas sean cooptados por sectores con mayor educación y poder, desvirtuándose sus metas y no cumpliéndose el mejorar la equidad que tanta falta hace en Aguascalientes. No resultan adecuados para el Hospital los modelos de la empresa privada diseñados para metas muy distintas: utilidades, captación de clientes. Ni tampoco los modelos tradicionales de la administración pública tradicional, existe la necesidad de una “gerencia social” que tome de los modelos anteriormente citados lo mejor, pero debe tener un perfil propio, correlativo a sus metas particulares, se ocupan personas que sepan distinguir claramente el propósito del gobierno y el propósito de los negocios
    Un dato más La ONU da el dato que en 1998 se necesitaban 13,000 millones de dólares para proveer la salud básica y nutrición a los 4,400 millones de personas de los países subdesarrollados; y se gastaban 17,000 millones de dólares anuales en alimentos para perros en Europa y EU.

  2. Apreciado C.P. Venegas:
    El cuerpo directivo del Hospital Hidalgo han observado y estudiado con interés el modelo gerencial del Consorcio Hospitalario de Cataluña, en el que se basa buena parte del sistema hospitalario español. Parece ser un modelo que, con ciertas modificaciones, se pudiese implementar en el propio Hospital. Claro que, como usted bien señala, requiere de una política social que no tenemos y sin la cual ese modelo no puede implantarse. Así que el problema no tiene una fácil solución. Se requieren cambios profundos en actitudes y formas de gestionar la salud pública que no parecen estar en el horizonte inmediato.

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