MESA DE AUTOPSIAS: EL LENGUAJE DE LA VIDA.

Así, nuestros antepasados, que no sabían nada de células ni de DNA, vieron que todos los seres tenían algo en común. Lo llamaron vida, se maravillaron de ella, lucharon por definirla y desfallecieron al intentar explicar lo que era y cómo funcionaba al compararla con la materia inerte”.

Bruce Alberts y colaboradores, Molecular biology of the cell. 2008.

 

             El leguaje de la vida es químico. Más allá de los deseos y creencias de cada quien, la naturaleza química de la vida es un hecho bien demostrado. Química es la composición de los organismos y lo es también la información para crearlos y conservarlos. Incluso la muerte, el gran misterio, puede entenderse –igual que la vida y por lo menos en parte– como una serie de reacciones químicas en las que el ser vivo ya no puede mantener su integridad ante los embates de esa ley universal que empuja de manera irresistible a la desordenación de la materia.

            Aunque hoy tenemos a nuestra disposición técnicas e instrumentos muy poderosos para llegar a niveles profundos de la organización de la materia vital, seguimos reconociendo a la célula como la unidad fundamental de la vida. Es la estructura más pequeña en la que podemos identificar con claridad las características esenciales de los seres vivos. Más allá de la célula encontramos agrupaciones de macromoléculas ordenadas de numerosas formas que reaccionan entre sí, pero que difícilmente podemos llamar vivas. El cuerpo humano contiene más de 100 billones de células.

            El centro de control de todas las funciones que realiza la célula es el núcleo, un espacio separado del resto de los componentes por una membrana que se ausenta solamente durante la división celular. El núcleo mide aproximadamente seis milésimas de milímetro (micras) y aloja el material genético con todas las proteínas que intervienen en su funcionamiento.

            Como ya es sabido, ese material genético se reduce en última instancia a una molécula –el ácido desoxirribonucleico o ADN– que tiene la forma de un hilo formado por dos hebras delgadísimas y retorcidas sobre su eje como si fuese una escalera de caracol. Cada escalón es una sustancia química rica en nitrógeno que funciona como una de las letras del código genético. Así, las instrucciones genéticas están escritas en ADN y, una vez leídas, su mensaje se traduce en la síntesis o fabricación de proteínas.

            Resulta asombroso saber que cada célula de nuestro cuerpo –salvo los glóbulos rojos de la sangre– tiene una copia completa del material genético con la información para fabricar cualquier proteína y, llevados al extremo, para volver a crear un nuevo organismo. El que existan diferentes tipos de células –desde las células que fabrican la queratina del pelo y las uñas hasta las neuronas que transmiten impulsos utilizando, ¡otra vez!, sustancias químicas llamadas neurotransmisores­– es el resultado de la lectura selectiva de la información genética. Es decir, aunque una neurona tiene en su núcleo toda la información genética, solamente lee y utiliza la necesaria para cumplir con sus funciones de célula nerviosa.

            Dentro del núcleo celular, el hilo de dos hebras del material genético no es un filamento continuo. Está dividido en segmentos separados llamados cromosomas. El número de cromosomas es particular de cada especie y en las células humanas –salvo en los óvulos y los espermatozoides que son las células germinales o gametos­– hay 46 cromosomas agrupados en 23 pares. Las células germinales –en las que late el mismo deseo sexual que reúne a las parejas humanas– tienen solamente 23 cromosomas, pues para formar un nuevo ser tienen que fusionarse con su pareja durante la fecundación y restablecer así el número normal de 46 cromosomas.      

            El ADN de una célula tiene una longitud de dos metros. ¿Cómo cabe en el reducido espacio del núcleo que, como ya señalamos más arriba, tiene un diámetro de seis milésimas de milímetro? Esa desproporción entre continente y contenido equivale a meter un hilo de 40 kilómetros de longitud en una pelota de tenis. El prodigio se logra mediante una serie jerarquizada de meticulosos mecanismos de enrollamiento y condensación del material genético que permiten una increíble economía de espacio sin estorbar el acceso a aquellas porciones del ADN –los genes– con las instrucciones para la fabricación de las proteínas que en cierto momento son menester.

            El fenómeno puede entenderse si recordamos lo que ocurre cuando sostenemos un hilo de coser entre el índice y el pulgar de las dos manos. Mientras dejamos una mano inmóvil, deslizamos el índice sobre el pulgar de la otra mano para retorcer el hilo que, llegado a un límite, empezará a formar pequeños rollos o pelotitas que acabarán uniéndose en un conglomerado mucho más corto que el hilo sin retorcer que sosteníamos entre nuestras manos al principio de la maniobra. En el momento de la máxima condensación, nuestro material genético logra reducir su longitud original unas diez mil veces.

            Ya que para la lectura del material genético es necesario que el hilo del ADN esté desenrollado en algunas partes, se dan cambios constantes en la longitud y condensación del citado filamento. Ciertos enrollamientos duran solamente 250 milisegundos, mientras que aquellas porciones que van a ser leídas se mantienen extendidas por lapsos breves que oscilan entre 10 y 50 milisegundos. Se conoce toda una maquinaria a base de diversas proteínas que se encargan de enrollar y desenrollar en ADN según las necesidades de cada célula.

            Estos sucesos son sólo una pequeñísima parte de los miles o millones de fenómenos químicos que suceden a la hora de la lectura y expresión –o represión– de la información genética. Un verdadero enjambre de decenas o cientos de proteínas zumba alrededor de aquellos segmentos del ADN que son más consultados por una célula en particular. Un trabajo endemoniado que sucede en completo silencio y sin que tengamos la más mínima conciencia de su importancia y complejidad.

            Esa complejidad que muchos creen fruto de la intervención divina y a la que le atribuyen una perfección que no tiene en la realidad. Los errores son frecuentes, aunque existen mecanismos de corrección tan intrincados y minuciosos como los fenómenos erróneos que deben ser reparados. Desde luego que esos mecanismos son también químicos. En esa misma complejidad la ciencia sólo ve el resultado de millones de años de evolución aleatoria en la que se conserva todo aquello que favorece la propagación de la vida y se extingue lo que la impide.

            Aquello que nuestros antepasados intuían y que tanto les maravillaba está siendo revelado por la investigación científica actual. No me encuentro entre aquellos que ven una suerte de degradación en la explicación natural de lo que consideran sobrenatural. No hay aventura más maravillosa que la búsqueda del conocimiento y todo aquello que hagamos en este sentido es el mejor legado que le podemos dejar a las generaciones venideras. Sé que el estudio de la complejidad biológica ha dado y seguirá dando grandes beneficios al género humano. Pero también admito que la satisfacción de la curiosidad científica no es un fin que justifique todos los medios.

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