MESA DE AUTOPSIAS: LA CERTEZA DE LA MUERTE.

En la vida todo es ir

a lo que el tiempo deshace.

Sabe el hombre dónde nace

y no dónde va a morir…

Es que ser hombre es seguir

-y un ideal perseguir-

por la vida hacia adelante,

sabiendo lo que fue enante

y no dónde va a morir”.

Juan Antonio Corretjer, cantado por Juan Manuel Serrat en el álbum Cansiones. 2000.

 

             Uno de los aspectos del hombre que me parecen más abominables es la condena del otro por el solo hecho de profesar una religión o tener una convicción distinta. Lo más repugnante y aborrecible –que me atenaza el alma, me hace sufrir y me llena de mucha tristeza– es que esa condena llegue hasta el dolor físico y sicológico y que concluya con una muerte totalmente injusta. Como se sabe, este tipo de situaciones –en las que la religión y la política se llevan un deshonroso primerísimo lugar– han acompañado y siguen acompañando al hombre desde que se tiene memoria.

            Mi familia y un servidor procuramos pasar unos días de vacaciones en el Distrito Federal cada año. Allí tenemos y conservamos amistades entrañables. Es mucho lo que la ciudad de México ofrece al visitante que acude a ella para disfrutar y aprender. Cómodos hoteles, espléndidos restaurantes, tiendas muy atractivas,  interesantes museos y sitios históricos y, muy en especial para nosotros, fabulosas librerías.

            En la Cafebrería –mezcla de cafetería y librería– El Péndulo encontré en esta ocasión un libro estremecedor. Se titula “Vivir a muerte” (Barril Barral Editores, 2009) y es una recopilación de las últimas cartas escritas por los condenados muerte en los campos de concentración franceses durante la Segunda Guerra Mundial. Cerca de 500 cartas escritas por 350 condenados, desconocidos por la mayoría, fueron obtenidas de 13 museos, centros de archivo y también de algunos particulares. Los autores de estas cartas fueron franceses o extranjeros detenidos en la Francia ocupada por la Alemania nazi que tuvo la vergonzosa sumisión y complicidad del gobierno colaboracionista francés encabezado por el mariscal Pétain. A cada carta le sigue una pequeña biografía del fusilado o decapitado.

            Uno de los aspectos más llamativos de este libro es ser el testimonio de seres humanos que, a diferencia de todos nosotros, conocían el día y la hora en que iban a morir. Esta circunstancia tiene que haber catalizado una serie de reacciones internas que posiblemente les dieron un enfoque peculiar de la tragedia humana, de la lucha por los ideales, de la vida familiar y de la construcción de una patria más justa. Hoy que vivimos una época en la que todo se reduce ignominiosamente a su valor comercial –tanto tienes, tanto vales– nos resulta extraño comprobar mediante estas cartas que hace no muchos años existieron seres humanos que fueron capaces de perder la vida por el ideal de una humanidad más fraterna y una convivencia pacífica entre los países.

            Llama también la atención que muchos de los condenados perteneciesen a partidos de izquierda –en aquella época era más fácil hacer esas distinciones– como el Partido Comunista Francés. Los comunistas franceses fueron los iniciadores –y en buena parte el sustento– de la resistencia contra del dominio alemán durante la Segunda Guerra Mundial (la Résistance). Hoy la palabra izquierda –como casi todo lo que suene a ideal– está devaluada. Pero hubo un tiempo en el que se luchó con valentía y alto sentido del honor por mejorar las condiciones de vida de los más pobres. Aunque a la postre buena parte de los gobiernos comunistas o de izquierda no supieron o no quisieron llevar a la realidad los ideales que pregonaban, no debemos olvidar a los miles de hombres que dieron su vida por esas convicciones. Puede resultarnos paradójico que muchos eran a la vez militantes comunistas y católicos convencidos. Cada día me convenzo más de que entre aquella teoría política y la esencia del cristianismo existen más semejanzas que diferencias.

            Es momento de exponer una muestra de lo escrito por los condenados a muerte. Lo que sigue lo escribió Joseph Epstein, dirigente de los FTP (francotiradores y partisanos) a su hijo el 11 de abril de 1944, algunos instantes antes de morir:

            Cuando seas mayor, leerás esta carta de tu papá. La escribió tres horas antes de caer ante las balas del pelotón de ejecución. Te quiero muchísimo, mi pequeño niño, muchísimo. Te dejo solo con tu querida mamá. Quiérela por encima de todo. Ahora tú eres todo para ella. Dale toda la alegría. Sé bueno y valiente…

            Caeré valientemente, mi querido pequeño Microbio, por tu felicidad y la de todos los niños y por la de todas las mamás. Guárdame un pequeño rincón en tu corazón. En mis últimos momentos, sólo pienso en ti, mi querido niñito, y en tu muy querida mamá. Sed felices. Sed felices en un mundo mejor, más humano.

            Ese 11 de abril de 1944, los alemanes fusilaron a Joseph Epstein junto a otros 28 resistentes en el monte Valérien, una colina al oeste de París.

            Robert Pelletier, coordinador de una red de espionaje en contra de los alemanes que ocupaban Francia, fue condenado a muerte el 28 de julio de 1941. El 8 de agosto, poco antes de su ejecución en la Prisión de Fresnes, cerca de París, le escribió por última vez a su hijo menor Bobby:

            No llores, mi Bobby, pensar en tus lágrimas merma mi valentía.¡Dios mío! Cuando pienso en tu infancia tan atormentada ya; cuando pienso en las lágrimas que ya has derramado por mí; cuando pienso que, tan joven, ya no te veré más.

            Pero no, te volveré a ver, mi Bobby. Dios nos reunirá más tarde, cuando hayas cumplido tu misión en la tierra y rezaré para que esta sea menos penosa de lo que ha sido la mía. Y por eso, también quiero darte consejos. Trabaja, mi Bobby, igualmente, instrúyete en todas las cosas que puedas. Dentro de unos años escogerás tu camino. Hazlo pausadamente, interrogándote, y pregúntate continuamente sobre tus gustos, sobre tus aptitudes y sigue el camino escogido con tenacidad. Sé dulce y bueno, mi Bobby, nunca lo somos lo suficiente…

            Aprovecha, mi Bobby, mi dolorosa experiencia. Es necesario, con la ayuda de Dios, elegir un camino y mantenerse…

            No te dejes abatir por la pena. Otros más jóvenes que yo han muerto en esta guerra y ojalá que mi desaparición no os deje demasiado infelices, me gustaría tanto ver, en este instante, que vivirás primero, valientemente y, después, felizmente.

            Puede ser, si trabajas y Dios te ayuda, que dentro de veinte o treinta años seas uno de esos hombres que levantarán Francia, eso hará que mi muerte no haya sido en vano.

            Sé fuerte, sé valiente, sé bueno.

            ¡VIVA FRANCIA!

            Étienne, el hijo mayor de Robert Pelletier también fue apresado y asesinado por los alemanes el 24 de noviembre de 1944.

            Cuando leo estos testimonios no puedo evitar preguntarme qué estamos pensando hoy sobre nuestros hijos. Qué les enseñamos con nuestra propia vida y qué consejos solemos darles. Y todo ese buen rollito de los valores familiares y del “sé feliz porque te lo mereces” que solemos escuchar a todas horas con y sin el patrocinio oficial me resulta francamente empalagoso y ridículo. En especial porque detrás de él no hay casi nunca un ejemplo verdadero capaz de motivar al cumplimiento del deber, al trabajo honrado y a adoptar una actitud mucho más digna en la vida cotidiana.

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