MESA DE AUTOPSIAS: LOS COMPAÑEROS DE VIAJE.

El gran problema del hombre moderno es que ha intentado separarse de la naturaleza. Sentado sobre una montaña de plásticos, vidrio y acero, balanceando sus piernas en el aire, cree supervisar a distancia la bulliciosa vida del planeta”.

Lewis Thomas, The lives of a cell. 1974.

 

             Que todos los seres vivos descendemos de un ancestro común es un hecho comprobado. La similitud que guardan nuestros materiales genéticos es una prueba irrefutable. Existen muchos genes prácticamente idénticos a los humanos –genes homólogos– en organismos tan dispares como los gusanos, las moscas, los hongos e incluso las bacterias. Eso significa que esas instrucciones han sido muy útiles para sobrevivir y la naturaleza las ha conservado prácticamente intactas a través de las barreras del tiempo y las especies.

            Lo que se está descubriendo sobre estos aspectos es cada vez más asombroso. Con la lectura del material genético –el genoma– de los diferentes seres vivos se cimbran los cimientos de muchos conceptos y creencias que habían permanecido inmutables hasta hace muy poco. Un buen ejemplo es nuestra existencia como organismos claramente distinguibles de los otros seres vivos. No somos solamente, como siempre habíamos supuesto, el resultado de la integración de partes humanas cada vez más perfectas a través de la evolución. En realidad, somos compartidos, alquilados y ocupados por otros organismos. Y no se trata de una película de ciencia ficción como “Alien. El octavo pasajero”. Es una realidad innegable.

            Hoy aceptamos sin demasiados resabios que en el interior de nuestras células habitan desde épocas imposibles de recordar pequeñas bacterias que nos proveen de la energía necesaria para vivir. Como se descubrieron mucho antes de conocer su naturaleza microbiana, por muchos años pensamos que las mitocondrias eran totalmente humanas, como el resto de los componentes celulares. Pero no. Son bacterias que alguna vez entraron en nuestras células para nunca volver a salir. No sólo son huéspedes permanentes. Si no se hubiesen alojado en nuestras células no existiría la vida tal y como hoy la conocemos en nuestro planeta. Ni siquiera estaríamos hoy aquí para dar fe de ello.

            Pero los lazos que nos unen al resto de los seres vivos van más allá de lo descrito en las líneas precedentes. Nuestro parentesco indisoluble con ese delgadísimo barniz de vida –la biósfera– que cubre de manera discontinua al planeta Tierra tiene prolongaciones insospechadas. Poco habíamos reparado en los huéspedes habituales que nos acompañan apenas venimos al mundo tras la ruptura de la burbuja amniótica que nos mantenía aislados y estériles –libres de gérmenes– en el vientre materno.

            Poco después de nacer somos colonizados por millones de bacterias que toman posesión de nuestras superficies internas y externas. Por cada una de nuestras células acarreamos 10 bacterias, que también son células. En un organismo humano se encuentran aproximadamente 10 billones de células y con ellas viven 100 billones de microbios. Son los que forman nuestra flora normal. La mayor parte –entre un 90 y un 95%­– se encuentra en el intestino y el resto sobre la piel y otras mucosas. Son huéspedes cuya presencia contribuye a que podamos gozar de una vida saludable. Y tal vez sean mucho más que eso. Como aquellas bacterias internas llamadas mitocondrias sin las que la vida no sería posible, los microbios de nuestra flora intestinal son parte indisoluble de nosotros mismos.

            Hoy los científicos están pasando del estudio del genoma humano a lo que llaman el metagenoma. Dicen que los mamíferos –y los seres humanos no son la excepción– son metagenómicos. ¿Qué significa esta curiosa palabra? Quiere decir que nuestro material genético no es solamente el que guardamos en el núcleo celular, sino que abarca también el que está presente en los millones de bacterias que viven con nosotros. Para fines de comprender integralmente nuestro funcionamiento en la salud y en la enfermedad no basta con el estudio del genoma humano. Es necesario conocer también el material genético de esas bacterias que forman nuestra flora normal. El hombre y las bacterias de su intestino se han influido mutuamente –han coevolucionado– a lo largo de millones de años. Parafraseando a José Ortega y Gasset, podríamos decir: “Yo soy yo y mi metagenoma”.

            El asunto no reviste solamente interés académico para unos cuantos genetistas y biólogos evolutivos. El estudio del metagenoma tiene importancia médica porque se están encontrando relaciones entre la composición de la flora intestinal y algunas enfermedades humanas. En Europa se ha echado a andar un proyecto multinacional llamado MetaHit, el que participan al menos 11 grupos de investigadores. La Comunidad Europea, a través del Séptimo Programa Marco (7PM), ha destinado 11 millones y medio de euros para financiar esta investigación que arrancó en abril de 2010 y cuya duración se estima al menos en unos cuatro años. El resto del costo –unos 10 millones de euros más– serán aportados por empresas privadas.

            Los datos actuales permiten saber que existe un papel relevante de la flora intestinal en el desarrollo de enfermedades tan importantes y frecuentes como la obesidad y otras menos comunes con las que engloba la enfermedad inflamatoria intestinal idiopática. Para ello, en el proyecto MetaHit se recolectarán muestras de heces fecales provenientes de 400 voluntarios sanos que servirán como controles de las muestras obtenidas de personas obesas y de aquellas con enfermedad inflamatoria intestinal idiopática.

            Se analizará el material genético de las bacterias intestinales aisladas en las muestras y se harán las comparaciones entre las bacterias que habitan en el intestino de los sanos y los enfermos. Se piensa que con esta comparación se podrán encontrar algunas explicaciones sobre el origen de estas enfermedades, lo que permitirá diseñar medidas adicionales para reducir el riesgo de su aparición.

            Que en el origen de la obesidad intervenga la composición de la flora intestinal es una hipótesis insospechada que abre un panorama muy interesante. Es muy probable que conforme se avance en el proyecto MetaHit se encuentren nuevas relaciones entre las bacterias intestinales y el desarrollo de otras enfermedades humanas.

            No cabe duda de que la historia se repite. Hace miles de años que los médicos egipcios creyeron identificar en las heces fecales un principio morboso al que denominaron “whdw” –algunos estudiosos dicen que se pronuncia ujedu–, responsable de numerosas enfermedades. Es probable que la vieja receta de los purgantes y los ayunos para restablecer la salud formase parte de sus recomendaciones. Después de todo y a la luz de los descubrimientos sobre la flora intestinal y el metagenoma, parece que los antiguos egipcios no andaban tan perdidos.

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3 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: LOS COMPAÑEROS DE VIAJE.

  1. Muy interesante! Indudablemente que somos nosotros y el metagenoma (sin que se nos olvide que cerca del 40% de nuestro genoma proviene de virus y transposones!).

    Una teoría sobre la función del apéndice es que es un reservorio natural de microorganismos simbiontes. Si por alguna razón disminuía la flora intestinal, había una reserva para reinocular el “metagenoma”. Cuando las poblaciones humanas eran aisladas y pequeñas, esto seguramente era muy importante. Con las altas densidades de humanos en las poblaciones actuales, nos podemos reinocular unos con otros fácilmente y probablemente eso explica que nos pueden quitar el apéndice sin consecuencias notables.

    Otra cosa interesante es que si nos atiborramos de antibióticos (fármacos y el montón de productos “antibacterianos”), seleccionamos genes de resistencia en la propia flora natural. Después los patógenos pueden adquirir genes de resistencia por transferencia horizontal en nuestro propio organismo, de ahí que el antibiótico ya no nos sirva. La transferencia horizontal de genes entre incluso especies diferentes de bacterias es asombrosa; es una mezcolanza increíble! Imagínense los resultados de estos intercambios en los hospitales donde se tienen enormes reservas de genes de resistencia!

    Cuántas más sorpresas nos esperan? Recuerdo la idea de los genes saltarines como algo completamente descabellado!

  2. Hola estimado Dr. Luis:
    A proposito del trabajo presentado, he escuchado decir, que el incremento de las enfermedades autoinmunes y atopicas principalmente en los paises desarrollados donde las medidas de higienizacion y esterilizacion abarcan practicamente todo el medio donde se desenvuelven las personas, desde el agua embotellada hasta todos los medios de desinfeccion del hogar y los alimentos, es la causante de dicho incremento, se supone que el sistema inmunologico como casi todos los sistemas necesitan de un entrenamiento para funcionar con maxima capacidad, y el aislarnos tanto de medio biologico circundante, ocasiona algun tipo de disfuncion inmunologica. Saludos Daniel

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