MESA DE AUTOPSIAS: UNA PROPUESTA A LA IGLESIA.

-Enciende la lámpara, Calpurnia. Arrojemos algo de luz en los sombríos rincones de la terra incognita. Alcemos la lámpara del conocimiento y suprimamos otro dragón del mapa”.

Jacqueline Kelly, La evolución de Calpurnia Tate. 2009.

Tratando de obtener un conocimiento más sólido en un terreno lleno de arenas movedizas, me encuentro con un documento titulado “Una propuesta al ejercicio de análisis de la Iglesia de Inglaterra sobre la sexualidad humana” (“Submission to the Church of England’s Listening Excercise on Human Sexuality”). Este documento fue preparado por un grupo especialmente interesado en la salud mental de los homosexuales y lesbianas del Colegio Real de Psiquiatras del Reino Unido y fue enviado en 2007 a los dignatarios de la Iglesia Anglicana.

Los autores señalan que han limitado sus comentarios a las áreas relativas al origen de la sexualidad y al bienestar de los homosexuales, las lesbianas y los bisexuales y consideran que podrán contribuir con ellos al ejercicio de escucha que está llevando a cabo la Iglesia en su debate sobre la homosexualidad.

En la introducción, los autores establecen que los homosexuales y las lesbianas debe ser considerados y valorados como miembros de la sociedad con los mismos derechos y responsabilidades de los demás ciudadanos. Eso incluye la igualdad en el acceso al sistema de salud, los derechos y obligaciones que entrañan la crianza y educación de los hijos, la libertad de culto religioso y la protección contra cualquier forma de hostilidad o discriminación como la relativa a los tratamientos potencialmente dañinos, en especial los que pretenden cambios en la orientación sexual.

También se repasan los aspectos históricos de la relación que ha mantenido la psiquiatría con las personas homosexuales. En esta parte se señala que la oposición a la homosexualidad en Europa alcanzó su pico máximo en el siglo XIX. Vista antes como un vicio, fue considerada después como una perversión o una forma de enfermedad psicológica. La sanción de la homosexualidad masculina como una enfermedad y un crimen condujeron a la discriminación, los tratamientos inhumanos y a sentimientos de vergüenza, culpa y temor en los homosexuales y lesbianas. La situación empezó a mejorar en 1973, cuando la Asociación Psiquiátrica Americana concluyó que no existía ninguna evidencia científica para considerar a la homosexualidad una enfermedad, por lo que la retiró de su catálogo de trastornos mentales. La Organización Mundial de la Salud hizo lo propio en 1992.

En relación a los orígenes de la homosexualidad, los autores de la propuesta señalan que habiendo transcurrido casi un siglo de estudios psicológicos y psicoanalíticos, no existe ninguna prueba objetiva que permita sostener que el tipo de matrimonio (heterosexual u homosexual) encargado de la crianza y las experiencias durante la niñez temprana jueguen algún papel fundamental en la formación de la orientación sexual de los hijos. Parecería más bien que la orientación sexual tiene una naturaleza biológica y se determina por una interrelación compleja entre ciertos factores genéticos y el desarrollo intrauterino temprano. Por tanto, la orientación sexual no es una opción, aunque sí lo es la conducta sexual. De ello se desprende que los homosexuales y lesbianas tienen exactamente los mismos derechos y responsabilidades respecto a la expresión de su sexualidad que la población heterosexual.

Sobre los aspectos relativos al bienestar psicológico y social de los homosexuales y lesbianas, los autores manifiestan que hay sólidas evidencias científicas que demuestran que ser homosexual, lesbiana o bisexual es totalmente compatible con una salud mental normal y una integración social óptima y que la mayor prevalencia de problemas mentales entre ellos se debe a la discriminación y al rechazo de los que son objeto y no, como muchos creen, a su orientación sexual. La misma causa pueden tener los problemas de calidad y estabilidad de sus relaciones de pareja, sometidas a una gran presión por la falta de apoyo de la sociedad. Los mismos beneficios a la salud que el matrimonio confiere a las parejas de distinto sexo se observan también en las parejas homosexuales. Está demostrado que la vulnerabilidad de los homosexuales y lesbianas a los trastornos mentales disminuye en las sociedades que los aceptan mejor y que los consideran miembros respetables de esas comunidades en las que pueden manifestar abiertamente su orientación sexual.

En la propuesta también se hace la advertencia del daño que pueden infringir los psicoterapeutas que ven a la misma homosexualidad como la causa de la ansiedad o la depresión que puede presentarse en estas personas. De igual forma, se señala la falta de evidencia científica sobre la eficacia de los tratamientos psicológicos que pretenden un cambio en la orientación sexual de los homosexuales. Como se sabe a partir de los tratamientos de este tipo utilizados en las décadas de los 60 y 70 del siglo pasado, su eficacia es marginal y además pueden provocar graves daños psicológicos.

Los autores concluyen que no existen evidencias racionales para que los homosexuales y las lesbianas sean tratados de una manera distinta a los heterosexuales. Cualquier persona puede alcanzar la felicidad y desarrollar su potencial cuando es capaz de integrar lo más posible los diversos aspectos de sí misma. Una actitud sin prejuicios hacia los homosexuales y lesbianas que asisten a lugares de culto o que son líderes religiosos tiene consecuencias positivas en ellos y en la propia sociedad donde viven. Hasta aquí lo manifestado en esta propuesta.

En lo personal, me gusta la definición de humanista que tenía el doctor Ignacio Chávez Sánchez, el gran médico mexicano. Lo cito textualmente:

“Ser humanista no significa ser hombre bondadoso, aunque el médico deba serlo; ni ser ilustrado, aunque lo necesita; ni cultivar las letras y la historia y el arte, aunque sea útil. Significa, antes que nada, haber adquirido una cultura muy honda que le afine la sensibilidad, para ver al hombre con simpatía; haber depurado el juicio para tratar de comprenderlo en sus virtudes y miserias; haber elevado la razón de vida para estar presto a servirlo y ayudarlo en su mejoramiento”.

Como todas las facetas del ser humano, la homosexualidad está llena de complejidades que desafían nuestra capacidad de comprensión. Que sea un reto de gran magnitud no significa que debamos deponer las armas de la razón –las verdaderamente humanas– y abandonar todo esfuerzo por acercarnos a la verdad. Sólo una simpatía sincera por el hombre –al estilo del doctor Chávez­– es capaz de sostenernos en este empeño sin ceder. Rendirnos ante el desafío y, lo que es peor, dejarlo en manos codiciosas, mezquinas, vulgares e ineptas es faltar al deber que como seres humanos y como ciudadanos tenemos hacia los homosexuales, las lesbianas y los bisexuales. Seres humanos que, no está de más recordarlo, son también nuestros hermanos. Tan hijos de Dios como cualquiera.

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