MESA DE AUTOPSIAS: EL HOSPITAL TRAICIONADO.

Debo señalar que esta institución así creada estaba dotada de autonomía, lo cual ha constituido, desde su concepción, el factor fundamental para que pueda desempeñar sus funciones más allá de los vaivenes de la política y con capacidad para buscar la excelencia en todos los conceptos ”.

Salvador Zubirán Anchondo, Mi vida y mi lucha. 1996.

 

            El doctor Salvador Zubirán Anchondo estudió su carrera en la antigua Escuela de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México entre la segunda y la tercera década del siglo pasado. Se recibió como médico cirujano el 3 de abril de 1923. Sus prácticas las realizó en el Hospital General y en sus memorias describe que en aquel nosocomio las condiciones de vida de los pacientes eran muy difíciles, tanto por la escasez de recursos y las instalaciones que ya no cumplían con los requerimientos necesarios, como por el ejercicio de una medicina anticuada en varios aspectos. Se arrastraba un lastre de medio siglo. Poco a poco, empezaron a llegar nuevas ideas procedentes de la medicina estadounidense más avanzada. Algunos médicos mexicanos salieron al extranjero para completar sus estudios. Sería el germen que fructificaría con la creación de los grandes hospitales mexicanos de la época moderna, como el Hospital Infantil, el Instituto Nacional de Cardiología y el Instituto Nacional de la Nutrición.

            A su regreso, esos mismos médicos que habían hecho estancias en Europa y los Estados Unidos de Norteamérica empezaron a transformar los antiguos pabellones del Hospital General en unidades modernas, implantando nuevos procedimientos de diagnóstico y tratamiento. Entre ellos estaba el doctor Ignacio Chávez en el pabellón de cardiología, el doctor Abraham Ayala González en el pabellón de gastroenterología y el doctor Aquilino Villanueva en el de urología.

            Durante la presidencia del General Manuel Ávila Camacho, el doctor Gustavo Baz era Secretario de Asistencia Pública. Pronto nombró al doctor Salvador Zubirán Subsecretario y ambos, con el apoyo presidencial, iniciaron la planeación de una nueva red de hospitales en toda la República. La necesidad de modernizar la práctica hospitalaria era inaplazable. El doctor Zubirán escogió a los arquitectos más distinguidos y a varios de sus alumnos más destacados –Bernardo Sepúlveda, Mario Salazar Mallén, Miguel Jiménez, Rafael Carral y Norberto Treviño, entre otros­– para formar un grupo de trabajo al que designaron Seminario de Hospitales. En él se revisaron todos los aspectos relativos a un hospital moderno con todas sus secciones, equipos e instalaciones. Luego se eligieron las ciudades mexicanas en las que se construirían esos grandes hospitales.

            El doctor Gustavo Baz también tuvo la idea de crear un gran Centro Médico Nacional que sustituyera o prolongara la labor del Hospital General en la ciudad de México. Se decidió que se construyera en los terrenos aledaños al propio Hospital General. El Seminario de Hospitales también se encargó de su planeación. Las actividades e ideas desarrolladas por el Seminario fueron de gran importancia y, en buena parte, siguen siendo válidas todavía hoy.

            En diciembre de 1993, al cumplirse los 50 años de la formación del Seminario de Hospitales, las Facultades de Medicina y Arquitectura de la UNAM se unieron para conmemorar el acontecimiento y organizaron un homenaje al doctor Salvador Zubirán. Durante aquella ceremonia, el arquitecto Ramón Vargas Salguero destacó las ideas expuestas por el doctor Zubirán para dotar de una filosofía de trabajo al Seminario de Hospitales. Aquellas ideas se resumían en una frase del gran médico: “antes que pensar en el hospital-edificio, es preciso concebir el hospital-institución”. 

            Para los arquitectos convocados por el doctor Salvador Zubirán, esas palabras significaron el desarrollo de un programa arquitectónico y su papel como “principio de la composición”. Supongo que es lo que hoy llamamos proyecto médico-arquitectónico, concepto que hemos conocido en Aguascalientes quienes participamos –en mi caso con una aportación modestísima– en el diseño del nuevo Hospital Hidalgo. He aquí las raíces impensadas de una labor aguascalentense impulsada hasta hoy con entusiasmo y sana ambición, conducida con altura de miras, ajena a todo interés mezquino.

            En 1941, el doctor Zubirán pensó que podía crear un hospital acorde a las ideas del Seminario dentro del propio Hospital General. Seleccionó para ello al pabellón 9 del que se hizo cargo. Siendo Subsecretario de Asistencia Pública y aprovechando la falta de un jefe en aquel pabellón, el doctor Salvador Zubirán se autonombró para ese puesto. Llamó como ayudante al doctor Bernardo Sepúlveda. Inició la transformación del pabellón 9 con la adquisición de ropa nueva y equipo para la alimentación, transformando la antigua tisanería en laboratorio de nutrición para los enfermos internados. También empezaron las labores de remodelación que el doctor Zubirán le encargó al ingeniero Rodolfo González. Poco a poco, el viejo pabellón de estilo decimonónico francés se convirtió en el Hospital del Enfermedades de la Nutrición, con una puerta propia hacia la calle de Doctor Jiménez. Fue inaugurado por el Presidente Manuel Ávila Camacho el 12 de octubre de 1946.

            Su desarrollo fue vertiginoso. Su base fueron los departamentos de gastroenterología, hematología y endocrinología. Bajo la férrea conducción del doctor Salvador Zubirán, varios de sus médicos fueron enviados al extranjero para prepararse y conducir a su regreso los nuevos departamentos y los proyectos de investigación que se desarrollaron a la par de la enseñanza médica y la asistencia de los enfermos. Con la incorporación del Instituto de Nutriología –fundado unos años antes–, se formó la División de Nutrición que empezó a realizar investigaciones en varios puntos de la geografía nacional, cuyos resultados tuvieron repercusiones importantes en las políticas nacionales de salud pública. Por ello, el Gobierno Federal autorizó la transformación del Hospital de Enfermedades de la Nutrición en Instituto Nacional de la Nutrición.

            Con el paso de los años, los espacios del edificio que albergaba al Instituto se volvieron completamente insuficientes. Se realizaron nuevas remodelaciones y ampliaciones, pero se quedaron cortas ante las crecientes necesidades y ya no se podía hacer más. Se impuso la construcción de una nueva sede para la que se otorgó un terreno en la esquina de Avenida Cuauhtémoc y Avenida Central. Se terminó el edificio y el doctor Zubirán mandó colocar en su fachada un emblema con motivos prehispánicos.

            A una semana del traslado a las nuevas instalaciones, con el ambiente lleno de júbilo que embargaba a todo el personal, se presentó en la oficina del Dr. Zubirán el doctor Bernardo Sepúlveda, quien había dejado a su maestro para ocupar un puesto en el Instituto Mexicano del Seguro Social, y le dijo: “Maestro, le traigo la mala noticia de que el edificio que usted ha preparado para trasladar el Hospital de Nutrición, ha sido entregado ya al Seguro Social, que va a transformarlo en otra cosa”. Y así ocurrió. La alegría se trastocó en un profundo disgusto. El edificio le fue arrebatado y allí inició la construcción del Centro Médico Nacional –hoy Centro Médico Siglo XXI– del IMSS. La traición anidó en uno de los discípulos más cercanos y queridos del doctor Salvador Zubirán.

            No estaba en su ánimo dejarse vencer por la dolorosa herida. Con la ayuda del doctor Rafael Moreno Valle –Secretario de Salubridad y Asistencia en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz– se logró un nuevo terreno en la Calzada de Tlalpan. Lo volvió a perder cuando se vio que iba a ser atravesado por el naciente Periférico. Con la renovada ayuda del doctor Moreno Valle, el Presidente Díaz Ordaz otorgó el terreno definitivo, situado cerca del anterior, en donde hoy se levanta el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, sin duda uno de los hospitales más importantes y de mayor nivel médico y científico que tiene México.

            Las vicisitudes inesperadas pueden presentarse en proyectos creados y desarrollados con las más puras intenciones. Sólo es posible vencerlas con perseverancia y el apoyo decidido de quienes tienen el poder para decidir y ejecutar. Sin esas condiciones, es muy difícil superar el bajo nivel de la profesión médica que ha permanecido estancado por décadas. Y el precio de ese estancamiento médico lo acaban siempre pagando aquellos que más necesitan su progreso. Los que menos tienen.

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