MESA DE AUTOPSIAS: LA INDEPENDENCIA INACABADA.

Es más difícil, decía Montesquieu, sacar a un pueblo de la servidumbre, que subyugar a uno libre”.

Simón Bolívar, Carta de Jamaica. 1815.

 

            En unos pocos días estaremos celebrando los 200 años del inicio de la Guerra de Independencia, que arrancó con el Grito de Dolores, la arenga o sermón que el cura Miguel Hidalgo pronunció la madrugada de aquel domingo 16 de septiembre de 1810. A pesar de las muchas opiniones y críticas que se han vertido y se siguen vertiendo sobre el significado y trascendencia de la revolución encabezada por Hidalgo, me parece que están saliendo a la luz aspectos de aquella gesta que hasta ahora pocos se habían atrevido a ventilar en público y a poner a la disposición de todos los mexicanos.

            En este sentido, reconozco que me ha sorprendido gratamente la serie televisiva que con el título de “Gritos de muerte y libertad” se está transmitiendo estos días. Todavía no ha concluido la serie, pero me atrevo a decir que los capítulos del encarcelamiento y ejecución de Hidalgo y el de la conjura para llevar a cabo la separación de España han sido espléndidos.

            En el capítulo de Hidalgo, asistimos a los tormentos sicológicos, los remordimientos y las dudas del Padre de la Patria. Pocas veces me había tocado ver a un Hidalgo tan humano y, por lo mismo, tan parecido a cualquiera de nosotros. En aquel momento postrero de su existencia, es el hombre el que se impone al héroe que, lejos de perder con ello, adquiere ante nuestros ojos una mayor estatura y una entrañable cercanía.

            En el episodio de la conjura, queda perfectamente a la vista que lo que llamamos consumación de la Independencia nada tuvo que ver con los ideales de Hidalgo. Sus protagonistas fueron justamente los que condenaron desde un principio lo hecho por el Cura de Dolores. La consumación de la Independencia fue un plan cuidadosamente trazado y ejecutado por los enemigos de los insurgentes –los nobles, los acaudalados y, de manera muy destacada, la Iglesia Católica– para evitar la pérdida de sus privilegios amenazados por la promulgación de la Constitución de Cádiz en 1812. Una constitución liberal que amenazaba el orden social imperante –todavía hoy– en el que una minoría de vive a cuerpo de rey a costa de la miseria en la que siguen hundidos millones de mexicanos.

            La firma del Acta de Independencia de 1821 fue la garantía –no proclamada entre las tres conocidas– para la continuidad de una plutocracia con ribetes teocráticos que seguimos padeciendo en nuestros días. Basta echarle un vistazo a los firmantes de aquel famoso documento. El predominio de militares, miembros de la nobleza, burócratas y eclesiásticos es apabullante. Nada tuvieron que ver en ello aquellos pocos insurgentes que todavía mantenían viva –aunque muy disminuida– la revolución iniciada por Hidalgo. El Abrazo de Acatempan y el Beso de Judas se dieron la mano con Guerrero e Iturbide.

            Por eso la Independencia de México sigue siendo una tarea inconclusa. Nos hemos liberado de muchas ataduras y lenta, muy lentamente, vamos conquistando mayores libertades. Pero la lucha sigue siendo encarnizada y no ha visto todavía sus últimos episodios. Aunque poco evidentes para el ciudadano común, sigue habiendo en nosotros firmes lazos con el pasado autoritario que se mantienen intactos. No es fácil liberarse de siglos de explotación física y sicológica fincada en el miedo a los poderes terrenales que nos han amenazado siempre con las penas corporales y patrimoniales o con la condenación eterna.

            No hay mayor esclavitud que la que nos imponemos a nosotros mismos. Tenemos el miedo metido en el cuerpo. Un pavor a cuestionar la autoridad establecida. Es la herencia del temor reverencial al uei tlatoani, el pánico a desafiar la soberbia de los virreyes de entonces,  arrogancia que sigue viva en los atropellos de sus sucesores actuales. Ese miedo que nos sujeta la lengua y que nos impide expresar la inconformidad contra los abusos del poder de los que somos testigos casi todos los días. La cobardía que nace de esa censura autoimpuesta es el mayor triunfo de los tiranos que empezamos a combatir abiertamente hace 200 años. Esa lucha no ha terminado.

            Expresiones cotidianas que consideramos normales son un reflejo fiel de esa esclavitud interna. Un código marcado a fuego con un hierro candente como hacían los encomenderos con sus esclavos indios. Basta poner un poco de atención. Cuando escuchamos sin pestañear expresiones como “el señor… nos ha instruido para que…” o “atendiendo a las instrucciones giradas por el señor…”, etc., se refuerza en nosotros por la vía del inconsciente nuestra condición de súbditos obedientes y mudos, carentes de ideas propias, que sólo esperan las órdenes que vienen de arriba. Somos simples autómatas en manos de quienes nos hacen funcionar.

            Muchos de los usos de la clase política son rituales que sólo sirven para reafirmar las relaciones de dominio entre gobernantes y gobernados. No sólo son inútiles para el grueso de la población, sino que resultan sumamente onerosos en lo económico y desmovilizadores en lo social. Tienden a reforzar un estado de cosas en el que se privilegian solamente los intereses de una minoría que aglutina todo el poder y mantiene a las mayorías en un estado de indiferencia profunda y obediencia ciega.

            Por eso se dice que la una educación sólida es la única solución a largo plazo. Porque la educación opera en los mismos niveles internos en donde se encuentran los puntos de fijación de las ataduras que nos mantienen prisioneros. En este aspecto, el panorama no puede ser más desolador. Salvo honrosas excepciones –que las hay–, la clase magisterial es rehén de intereses ajenos a su sagrado propósito. Es aberrante e inaceptable que la intromisión política –entendida como la búsqueda y mantenimiento del poder– tuerza la delicada encomienda de educar a las generaciones de niños y jóvenes mexicanos.

            Las consecuencias saltan a la vista. Un pueblo ignorante o mal educado es el forraje en el que pastan a placer todo tipo de vicios. Que nadie se sienta sorprendido por la profunda penetración de la corrupción en la sociedad mexicana. Es lo que hemos cultivado con mayor constancia desde hace décadas. Si la corrupción es grave, la impunidad es todavía peor. La falta de castigo de todo tipo de crímenes, desde los de cuello blanco a los de manos rojas –tintas en sangre– es el colofón de una situación que ya parece insostenible.

            A pesar de todo, ¿tenemos motivos para celebrar lo ocurrido hace 200 años? Yo creo que sí. México existe como país. Un pueblo con una historia y una cultura tan vastas y ricas, con un ingenio y creatividad más que probados, que es capaz de soportar lo que ha soportado y que renueva su confianza –aunque peque de ingenuidad– ante las muchas tragedias que tiene que enfrentar todos los días, es un pueblo que merece persistir y progresar. Tiene que seguir sacudiéndose yugo tras yugo, rompiendo los eslabones de sus muchas cadenas.

            La lucha iniciada hace 200 años por aquel sacerdote que algunos consideran excéntrico y desequilibrado, pero que quiso la justicia para los parias de esta tierra, no ha terminado. Cuando Simón Bolívar interrogó a su maestro Simón Rodríguez sobre lo que había logrado con su gesta libertaria, éste le dijo: “Repúblicas sin republicanos y sin ciudadanos”. Hoy, sus palabras siguen teniendo valor. Estamos frente a una Independencia inacabada.

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