MESA DE AUTOPSIAS: EL SEDUCTOR DEL PUEBLO.

Los gobiernos civiles no deben tener religión, porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían fielmente ese deber si fueran sectarios de alguna”.

Benito Juárez, Apuntes para mis hijos. ca.1853.

 

            Apenas había transcurrido poco más de una semana del Grito de Dolores, cuando Don Manuel Abad y Queipo, Canónigo Penitenciario, Obispo electo y Gobernador del Obispado de Michoacán, excomulgaba a Miguel Hidalgo y el Ilustrísimo señor Arzobispo de México, doctor Francisco Javier de Lizana y Beaumont criticaba duramente al movimiento que luego se llamaría independentista.

            El edicto del Obispo Abad y Queipo cita en primer lugar el Evangelio según San Lucas, capítulo 11, versículo17: “Pero Jesús, penetrando sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido en partidos contrarios quedará destruido, y una casa dividida camina a su ruina”. Con ello indicaba que la ruptura del orden secular en la Nueva España pretendida por Miguel Hidalgo era funesta y condenable desde las Sagradas Escrituras.

            Más adelante, Abad y Queipo expuso la gravísima naturaleza de lo hecho por los Insurgentes: “Como la religión condena la rebelión, el asesinato, la opresión de los inocentes, y la madre de Dios no puede proteger los crímenes, es evidente que el Cura de Dolores, pintando en su estandarte de sedición la imagen de Nuestra Señora, y poniendo en él Viva la Religión, Viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe, Viva Fernando VII, Viva la América y muera el mal gobierno, cometió dos sacrilegios gravísimos, insultando a la religión y a Nuestra Señora”.

            El Obispo de Michoacán, pastor de aquel pueblo, se vio impelido a salir al encuentro de Miguel Hidalgo para defender el rebaño que le había sido confiado. Y siguió: “…usando la razón y la verdad contra el engaño, y del rayo terrible de la excomunión contra la pertinacia (obstinación) y la protervia (perversidad)”.

            Más llamativo resulta lo que expresó a continuación para fincar su ascendiente sobre los fieles: “Sí, mis caros y muy amados fieles; yo tengo derecho incontestable a vuestro respeto, a vuestra sumisión y obediencia en la materia. Soy europeo de origen; pero soy americano de adopción, por voluntad y por domicilio de más de 31 años. No hay entre vosotros uno solo que tome más interés en vuestra verdadera felicidad. Quizá no habrá otro que se afecte tan dolorosa y profundamente como yo, en vuestras desgracias, porque acaso no habrá habido otro que se haya ocupado y se ocupe tanto de ellas. Ninguno ha trabajado tanto como yo en promover el bien público, en mantener la paz y concordia entre todos los habitantes de la América y en prevenir la anarquía que tanto he temido desde mi regreso de la Europa. Es notorio mi carácter y mi celo. Así, pues, debéis creer”.

            La excomunión del Obispo de Michoacán no deja lugar a dudas: “… declaro que el referido D. Miguel Hidalgo, Cura de Dolores, y sus secuaces, los tres citados capitanes (Allende, Aldama y Abasolo), son perturbadores del orden público, seductores del pueblo, sacrílegos, perjuros, y que han incurrido en la excomunión mayor del Canon: Siquis suadente diabolo (Por haberse entregado al diablo)… Los declaro excomulgados vitandos, prohibiendo, como prohíbo, el que ninguno les dé socorro, auxilio y favor, bajo la pena de excomunión mayor, ipso facto incurrenda (en el justo momento)”.

            Ese decreto de excomunión incluyó varias maldiciones dirigidas con precisión de anatomista a diversas partes corporales de quien hoy llamamos el Padre de la Patria: “Que sea maldito en su pelo, que sea maldito en su cerebro… en su frente y en sus oídos, en sus cejas y en sus mejillas, en sus quijadas y en sus narices, en sus dientes anteriores y en sus molares, en sus labios y en garganta, en sus hombros y en sus muñecas, en sus brazos, en sus manos y en sus dedos… Que sea condenado en su boca, en su pecho y en su corazón y en todas las vísceras de su cuerpo…Que sea condenado en sus venas y en sus muslos, en sus caderas, en sus rodillas, en sus piernas, pies y en las uñas de sus pies… Que sea maldito en todas las junturas y articulaciones de su cuerpo, desde arriba de su cabeza hasta la planta de su pie; que no haya nada bueno en él”.

            Con Dios del lado de los peninsulares, un decreto de excomunión que el propio Obispo Abad y Queipo calificó de “rayo terrible” y un poco de ayuda de las tropas realistas, uno entiende ahora que el movimiento de Hidalgo estuviese destinado al fracaso y terminase en pocos meses su frenética actividad perturbadora del tan amado orden público. No hay revolución que pueda triunfar con semejante oposición humana y divina. No nos extraña que el propio Hidalgo anticipase el infausto fin que le esperaba cuando pronto reconoció ante Allende que no verían el final de lo que estaban iniciando.

            Pocas veces como en aquellos últimos meses de 1810 se ha visto en México un pavor tan grande entre los prominentes miembros de los poderes fácticos. Poderes que en 200 años han permanecido –con los consabidos ajustes de tan dilatada existencia– inalterados, para seguir imponiendo su sacrosanta voluntad, disfrutando de un dominio y una prosperidad –religión y fueros– que no pocas veces medran en la terrible miseria de quienes hoy ya suman 50 millones de mexicanos.

            Y ese temor dejó una huella tan profunda en los poderosos que desde entonces no han querido que olvidemos lo que les pasa a quienes osan desafiarlos. La implacable venganza en contra de Hidalgo y sus compañeros –cabezas colagadas en jaulas y descarnadas por la fauna cadavérica y el rigor de los elementos– quedó grabada para siempre en el ánimo de las masas. Esas legiones de pobres que todavía hoy son indiferentes ante los abusos cotidianos de los poderosos y que no son capaces de reaccionar cuando contemplan un destino sin esperanza ni oportunidades que habrán de heredar indefectiblemente a sus descendientes.

            La vida de Miguel Hidalgo merece una lectura muy atenta y más reposada. Entre la imagen del padre venerable de los mexicanos que nos ha contado la historia oficial y la del cura soberbio y asesino que desató las ingobernables fuerzas del caos primigenio según nos quieren imponer en estos días, estoy seguro de que existen muchas facetas poco valoradas y conocidas que hacen de él un ser humano fascinante.

            Quienes deseamos ahondar en los hechos y motivaciones de su vida esperamos con ansia la próxima aparición de Miguel Hidalgo y Costilla. Documentos de su vida 1750-1813, cuatro volúmenes que contienen  más de 500 documentos alusivos a su persona, desde la carta de fe de bautizo hasta su acta de defunción. Una obra necesaria, fruto de más de un lustro de trabajo a cargo de los historiadores Felipe Echenique March y Alberto Cue García del Instituto Nacional de Antropología e Historia. “Estamos ante un hombre más complejo, casi como pintado a la vera de un álamo y leyendo a Rousseau. Miguel Hidalgo y Costilla era un personaje liberal que se movió en el mundo económico e ideológico de su tiempo… el Padre de la Patria fue durante la Independencia más importante de lo que reconocen algunos historiadores conservadores”, dijo Echenique March.

            No se agota el tema con la conclusión de los festejos del Bicentenario del inicio de la Independencia de México. Hay todavía mucho por estudiar y descubrir de aquel “en cuya persona –escribió Alfonso Reyes– la historia intencionalmente quiso condensar los rasgos de la mitología: libro y espada, arado y telar, sonrisa y sangre”.

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