MESA DE AUTOPSIAS: PAÍS DE LIMOSNEROS.

Ese es el enfoque erróneo, contra el cual debemos levantar la voz hasta hacerla grito. No debemos hipotecar el futuro… Siempre subdesarrollados, siempre dependientes, nunca dueños de nuestro destino… Cuando el país entero capte en toda su plenitud esta verdad elemental y terrible de la que depende nuestro destino, cuando se impulse con igual ardor la educación primaria que redime y la superior que crea el conocimiento, ese día México podrá lograr su verdadera fisonomía ”.

Ignacio Chávez Sánchez, Discurso del XXV aniversario de la fundación del Instituto Nacional de Cardiología.

 19 de octubre de 1969.

 

            Estoy en mi oficina del Hospital Hidalgo pensando sobre el tema que voy a tratar en este escrito semanal y el tema llega solo. Aparece una niña en la puerta con un bote en la mano pidiendo limosna. Me dice que mañana le toca su sesión de hemodiálisis y está juntando para su “kit”, es decir, busca reunir lo necesario para comprar los implementos con los que se conectará a una máquina que limpiará su sangre de impurezas. La máquina hará por ella lo que sus riñones terminales ya no pueden hacer. Juanita –le digo que ya había venido antes y le pregunto por su nombre– es una entre millones de pobres que dependen de la caridad para conservar la vida.

            Ahora que se discute tanto si el Estado puede considerarse fallido o no y quienes lo defienden –defendiendo en realidad sus privilegios e intereses– exigen pruebas de esa falibilidad, Juanita y su circunstancia son un argumento contundente de que en un país tan rico como el nuestro algo anda mal, muy mal. No es cosa de ahora. El Estado ha fallado y sigue fallando. Se podrá discutir si el mexicano es un Estado fallido frente al poder avasallador del narcotráfico, pero no cabe ninguna duda de que el Estado le ha fallado desde su fundación a la porción más vulnerable y mayoritaria de su sociedad.

            La situación de los hoy 50 millones de mexicanos pobres debería ponernos a todos alerta y, sobre todo, galvanizar todo el esfuerzo del Estado. Basta ver en estos días las condiciones infrahumanas en las que viven muchos de nuestros desgraciados compatriotas de Veracruz, Oaxaca, Tabasco y Chiapas. Ante las imágenes de sus casas –chozas, sería mejor llamarlas– inundadas por las aguas incontenidas con inútiles costales de arena o enterradas bajo toneladas de lodo, todo discurso gubernamental sobre los avances y las obras se hace trizas. Doscientos años no han sido suficientes para atender lo verdaderamente importante.

            Ya no podemos admitir ni las excusas de siempre, repetidas hasta el cansancio, ni las explicaciones providenciales de una pobreza ofensiva y criminal. Una miseria de proporciones pandémicas como la que padecen 50 millones de mexicanos no es fruto de la casualidad, la predestinación o la pereza de quienes la sufren. Tampoco se trata de un fenómeno natural incontrolable como los huracanes o los terremotos. Puede que tenga múltiples causas, pero las principales obedecen a factores humanos que incluyen la incompetencia, el descuido y toda una serie de políticas deliberadas para que una minoría goce de recursos ilimitados a costa de la insatisfacción perenne y hereditaria de las necesidades más básicas de masas enteras de la población. Seres humanos desechables. Carne manipulable por su desnutrición e ignorancia seculares.

            Juanita es también un ejemplo vivo –todavía– de la renuncia del Estado a sus más sagrados deberes. La ausencia de una voluntad decidida y permanente para ampliar la base de quienes pagamos impuestos, aunada a la monomanía de aumentar la carga tributaria sobre la misma población cautiva de causantes, da como resultado una cantidad siempre insuficiente de recursos para atender las necesidades más sentidas de la población. Además, “éramos muchos y parió la abuela”, como reza el dicho popular. A la escasa disponibilidad de medios económicos se suman con particular saña las numerosas, sistemáticas y cuestionables sangrías del erario.

            Y para rizar el rizo, una idea brillante que nos ha mantenido ocupados durante las últimas décadas. Para mitigar un poco la sed de Tántalo que es esa pobreza insultante –que no conviene acabarla porque es muy rentable–, se aplica un rejón de fuego endulzado con caridad y solidaridad a una clase media desarticulada y casi extinta. Se inventan una serie de mecanismos –teletones, kilos de ayuda, redondeos, carreras atléticas, donaciones en cada retiro de los cajeros automáticos, etc. – para exprimir algunos pesos más que, sumados, se destinan –eso nos dicen– a los más necesitados. Una innombrable transferencia de responsabilidades a una ciudadanía que no tiene por qué hacerse cargo de ellas. Para no reconocer públicamente la desatención de los deberes que marcan las leyes, un elegante juego de manos que, a la par que trata de conmover, le carga la mano a los paganos de siempre.

            Las instituciones públicas –en especial aquellas que atienden las exigencias más urgentes como los quebrantos de la salud– no pueden seguir dependiendo de presupuestos decrecientes y erráticos o de la caridad pública. Dese usted una vuelta a media mañana por el Voluntariado del Hospital Hidalgo y verá las largas filas de menesterosos que piden alguna ayuda para adquirir un medicamento, pagar el estudio diagnóstico de un familiar o para completar su “kit” de hemodiálisis. Ni el Seguro Popular –cuya cobertura y eficacia real todavía esperan una evaluación realista– ha logrado abatir esas huestes de indigentes sanitarios que, como los “Inmortales” del ejército persa durante las Guerras Médicas, parecen irreducibles.

            ¿Por qué las necesidades de los más pobres tienen que ser mal atendidas mediante la recolección de limosnas y donativos de una clase media que vive al día, percibe sueldos indignos, paga altos precios por servicios deficientes y sufre la sustracción continua de sus escasos recursos mediante múltiples mecanismos de expoliación disfrazados de expresiones de una solidaridad social que supuestamente nos caracteriza?

            ¿Cómo es que los impuestos nunca alcanzan para hacer las grandes obras sociales tan necesarias, siempre diferidas o pospuestas, que son una obligación del gobierno, mientras que al amparo del poder público o muy cerca de él observamos la generación espontánea y siempre renovada de una brillante pléyade de grandes empresarios, genios de las finanzas y negociantes de carreras fulgurantes que, sin ningún mérito aparente, acumulan en un tiempo récord cantidades estratosféricas de dinero, bienes raíces y caprichos extravagantes?

            Una situación de tal asimetría e injusticia social como la que vivimos todos los días en México no puede prolongarse indefinidamente. La historia nos demuestra una y otra vez que cuando se llega a una situación límite como la actual puede haber un estallido social cuyas consecuencias nadie desea. Lamentablemente, la misma historia también nos enseña que los más acomodados jamás cuestionan un orden que les es tan favorable y mucho menos hacen algo para modificarlo.

            La convivencia en una misma sociedad –¿asociación causal?­–  de millones de desamparados con multimillonarios de clase mundial no puede seguir formando los cimientos de nuestra estructura social.

            ¿Cuándo empezaremos a hacer lo necesario para dejar de ser un país de limosneros? Es lo que me pregunta Juanita mientras espera a que le deposite unas monedas en su bote. Con suerte, hoy reunirá lo necesario para prolongar un poco más la vida miserable que lleva.

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3 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: PAÍS DE LIMOSNEROS.

  1. Dr Muñoz Gracias por sus comentarios, admiro su valor de decir las cosas como son, lo felicito por su valentía y su sensibilidad humana; que vergonzoso que en Canal 6 (Ags)Televisa y TV Azteca, Hidrocálido, etc etc tengan y mantengan a las personas en la ignorancia y manipulen todo con perversidad
    ojalá hubiera más personas como usted en Aguascalientes,pero ni los muy doctos dicen las cosas como las dice usted, claramente, y es que esta gente solo busca meterse en presupuesto del gobierno, que doloroso que esto suceda en todo México y haya tantos millones de personas sufriendo. Gracias

  2. Estimado C.P.Venegas:
    Gracias por sus comentarios. Necesitamos una revolución de las conciencias y el atrevimiento de abandonar nuestras cómodas posiciones para empezar un cambio de manera pacífica pero firme. Si no lo hacemos nosotros, otros lo llevarán a cabo y tal vez recurran a medios violentos que no deseamos.

  3. Doctor, si es muy lastimoso enterernos y ver que la suerte de cada vez más mexicanos está en manos de gobernantes sin escrupulos y en con ciudadanos también sin escrupulos.Sin embargo, yo considero que solo señalando lo malo, no remediamos nada, hay que actuar,y no dando limosnas; dando trabajo, educando, y sobre todo;los más afortunados, los que tienen estudios, los pensantes.Ya basta de criticas.Actuemos todos.Hagamos planes para el futuro inmediato,el de mediano plazo y a largo plazo.

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