MESA DE AUTOPSIAS: EL DESIERTO FÉRTIL.

¡Qué largo y arduo era el camino del desierto! ¡Qué lento y fatigoso el paso! ¡Qué caliente la soledad! Transcurrían los días largos, iguales, en una sequedad infinita, un paisaje yermo de tierra  áspera y piedra dura, olorosa a polvo quemado y ceniza de espino, pintado de colores encendidos por la mano de Dios”.

Isabel Allende, Inés del alma mía. 2006.

 

            Recuerdo muy bien en los días de mi infancia española unos anuncios pintados en las paredes de ciertas casas, bodegas y almacenes al paso de las carreteras. Algunos estaban impresos en los azulejos que cubrían esas paredes. Los anuncios tenían un fondo amarillo en el que destacaba la figura en negro de un jinete que a mí me parecía un vaquero o un gaucho. Debajo de él podía leerse “Abonad con nitrato de Chile”.

            En aquella época yo ignoraba que el nitrato de sodio extraído del desierto de Atacama, al norte del país andino, era un abono agrícola muy apreciado en todo el mundo. El agotamiento de aquellos yacimientos –proyectado hacia la década de los cuarenta– era un serio motivo de preocupación para la agricultura mundial.

            Mucho tiempo después supe de una historia curiosa y terrible ligada con el famoso fertilizante del desierto chileno y cómo dejó de usarse para ser reemplazado por nitratos artificiales sintetizados a principios del siglo pasado en Alemania. La fabricación de esas sustancias, en particular el amoníaco, fue un invento del extraordinario químico alemán Fritz Haber, que por ello recibió el Premio Nobel de Química en 1918.

            El mismo Haber, en una faceta mucho más oscura, desarrolló el gas venenoso utilizado por los alemanes durante la Primera Guerra Mundial. En 1919, un comité de los Aliados que visitó el Instituto de Fisicoquímica dirigido por Haber prohibió sus investigaciones sobre armas químicas en contra de los seres humanos. Entonces, Fritz Haber se convirtió en el Comisionado Nacional del Control de Plagas y fundó una empresa, la Sociedad Alemana de Control de las Plagas. Allí desarrolló una combinación de ácido cianhídrico (cianuro de hidrógeno) con una sustancia inerte, aunque olorosa e irritante, que alejaba a los humanos, para combatir las plagas de insectos que asolaban los cultivos. Al pesticida se le llamó Zyklón B. Al morir en 1934, Fritz Haber no llegó a saber que los nazis usarían su plaguicida –quitándole la sustancia olorosa­ que alertaba sobre su presencia– para exterminar a millones de judíos en las cámaras de gas.

            Volvamos al desierto chileno que lleva varias semanas en el centro de la atención mundial. Aunque han pasado apenas unos pocos días desde el emotivo e impecable rescate de los 33 mineros atrapados en las profundidades –casi 700 metros bajo tierra– de la mina San José, cerca de la localidad atacameña de Copiapó, mucho se ha escrito ya sobre el suceso. De lo vertido en tinta, entresaco tres escritos que me han parecido particularmente interesantes. Dos son de escritores chilenos y uno de un distinguido periodista mexicano. Los de los chilenos son muy emotivos. El del mexicano pone el dedo en la llaga de la verdadera sensibilidad de nuestra clase gobernante y empresarial.

            Ariel Dorfman, uno de los escritores chilenos, publicó el 8 de septiembre de 2010 en el periódico El País un artículo titulado “El verdadero milagro de los mineros”. En él, dice lo siguiente:

            “La epopeya de hombres que descienden a las tinieblas de la montaña y desgajan minerales desde la oscuridad y luego sufren un accidente que los deja a merced de aquella oscuridad, es parte del ADN de Chile, una parte integral de la historia de mi país… Fue la minería la que forjó a Chile… Pero de todos los minerales, fue el salitre el que, sobre todos los otros, creó el Chile de la modernidad. Esas extensiones de costra salada en el Atacama, el desierto más seco del mundo, constituían la base para el mejor fertilizante conocido por el hombre… Es el legado de aquellos que extrajeron el salitre desde el desamparo, aquellos que, en la época en que Baldomero Lillo escribía acerca de los tormentos de los mineros, supieron establecer los primeros sindicatos, los primeros grupos de lectura, los primeros periódicos de la clase obrera. Esas lecciones de unidad, fortaleza y orden y, sí, astucia, se pasaron de padre a hijo a nieto, lo que todo hombre precisaba saber si había de superar los desastres que lo esperaban en un mundo inmisericorde… Por cierto que fue una suerte piadosa la que visitó a los 33 mineros ese día reciente de agosto cuando la montaña se derrumbó. Pero no fue la muerte lo que los mantuvo con vida. Adentro de ellos se encontraba el entrenamiento invisible, el aliento de sus ancestros, que se perpetuaron para murmurarles qué debían hacer para no morir una y otra vez en la oscuridad”.

            El 14 de este mes de octubre de 2010, Hernán Rivera Letelier, el otro escritor chileno y Premio Alfaguara 2010 con la deliciosa novela “El arte de la resurrección”, publicó en el mismo diario español “Treinta y tres cruces que no fueron”. Rivera Letelier conoce bien el desierto de Atacama, pues vivió 45 años en él, 30 de los cuales y según sus palabras fue explotado como obrero. De su artículo son las siguientes líneas:

            “La historia del desierto de Atacama está coronada de tragedias (como una larga muralla coronada de vidrios rotos). Huelgas interminables, marchas de hambre, accidentes fatales, mineros ametrallados y cañoneados a mansalva en masacres inconcebibles. Todo esto a causa de una larga data de injusticias laborales, sociales y morales en contra del minero, injusticias que, pese a los años y a ríos de promesas políticas, se han conservado inalterables, como agrias momias atacameñas… Ya era hora de que la tierra, regada tanto tiempo por la sangre, el sudor y las lágrimas de los mineros, devolviera verdores desde su vientre, devolviera frutos de vida… Un mensaje para los 33: que les sea leve el alud de luces, cámaras y flashes que se les viene encima. Es cierto que sobrevivieron a esa larga temporada en el infierno conocido para ellos. Lo que se les viene ahora, compañeros, es un infierno completamente inexplorado por ustedes: el infierno del espectáculo, el alienante infierno de los sets de televisión. Una sola cosa les digo, paisitas, aférrense a su familia, no la suelten, no la pierdan de vista, no la malogren, aférrense como se aferraron a la cápsula que los sacó del hoyo. Es la única manera de sobrevivir a ese aluvión mediático que se les viene encima. Se los dice un minero que algo sabe de esta vaina”.

            El mismo día que Hernán Rivera Letelier, Miguel Ángel Granados Chapa, distinguido periodista mexicano, publicó en el periódico Reforma “Minas en Chile y México”, donde hace lo que él llama la inevitable, a la vez que necesaria, comparación entre el accidente minero de Chile y el ocurrido en la mina Pasta de Conchos, en San Juan Sabinas, Coahuila, el 19 de febrero de 2006:

            “Entonces quedaron atrapados 65 mineros, el doble de los puestos a salvo en Chile, víctimas de un estallido o derrumbe. No sólo no fueron rescatados con vida, sino que, a cuatro años y medio de distancia tampoco se han sacado a la superficie los cadáveres, excepto dos… En Pasta de Conchos se resolvió no empeñarse en el rescate, se dio por muertos a los mineros afectados, alegando peligros diversos para los rescatistas, mientras que en Copiapó fue determinante la voluntad contraria, la de poner por encima de todo el deber de salvar a los mineros… La codicia, enfermedad especialmente virulenta en el Grupo México, fue el factor determinante en Pasta de Conchos. Ese pecado capital, esa atrofia del espíritu rigió la operación de la mina siniestrada, y generó la decisión de no emprender el rescate, para impedir que se averiguaran las causas del crimen colectivo. A diferencia de Piñera, tan de derecha como ellos, los presidentes Fox y Calderón no concedieron a ese grave acontecimiento la importancia que obligara su presencia”.

            Esta semana, el desierto más árido del planeta fue extrañamente fértil. Su múltiple alumbramiento no sólo provocó risas y llantos de alegría. También sacudió algunas conciencias a las que no les gusta que las señalen.

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