MESA DE AUTOPSIAS: SIEMPRE HABRÁ UN MÉDICO.

“Quiero ser el pionero de un nuevo Renacimiento. Quiero proyectar fe a una nueva humanidad como una antorcha que penetra con su luz en nuestros tiempos de oscuridad”.

Albert Schweitzer, Civilización y ética. 1923.

 

            El ex Presidente de los Estados Unidos Jimmy Carter escribió un prólogo para presentar la nueva edición de la autobiografía del doctor Albert Schweitzer titulada “De mi vida y pensamiento” (Out of my life and thought. The Johns Hopkins University Press, 1998). En este prólogo, Jimmy Carter decía lo siguiente:

            “Albert Schweitzer trajo al naciente siglo veinte uno de los intelectos más brillantes y con intereses más amplios que se ha visto en este mundo. No sólo estudió, sino que dominó la filosofía, la música, la teología y la medicina. Fue una autoridad mundial en Bach y un constructor de órganos. Entonces, el doctor Schweitzer agradeció los dones que había recibido dedicando la mayor parte de su vida al alivio del sufrimiento del pueblo centroafricano.

            A pesar de un aislamiento que es difícil de concebir hoy, en nuestra época de comunicaciones instantáneas, el doctor Schweitzer desde África se mantuvo al corriente de los asuntos del mundo y opinó sobre ética, la guerra, las armas nucleares y la degradación del medio ambiente. Sus amplios intereses y eclecticismo no sólo beneficiaron a África, sino al mundo entero”.

            Charles S. Bryan, médico internista y distinguido estudioso de la historia de la medicina, ha publicado algunos libros sobre el famoso médico William Osler. En su obra “Osler. Inspiraciones de un gran médico” (Osler. Inspirations from a great physician. Oxford University Press, 1997), Bryan se pregunta si William Osler puede ser un buen modelo para los médicos de hoy. Sorprende al lector con una negativa inicial. Lo expresa de la siguiente manera:

            “¿Es William Osler un modelo útil? Nuestra primera respuesta es no. Como ejemplo a seguir, era sencillamente demasiado bueno, con demasiado talento y demasiado productivo. Maestro de la clínica, escritor prolífico, promotor de la ciencia, gran motivador y, desde su muerte en 1919, un símbolo del profesionalismo médico, Osler parecía poseerlo todo. El historiador Fielding H. Garrison lo llamó ‘un escogido de la naturaleza’ y añadió ‘atractivo, distinguido, risueño, de modales bondadosos, con una personalidad arrolladora, rápido y seguro al pensar y al hablar, cada don de Dios era suyo’. Y concluye terminante Bryan: “Esforzarse por ser como Osler parecería una fórmula segura para el fracaso, la frustración y el daño a la autoestima”.

            Se dice que cuando murió el patólogo alemán Rudolf Virchow (1821-1902), la prensa germana señaló que, con su muerte, Alemania había perdido simultáneamente a cuatro grandes hombres: su mejor patólogo, su mejor epidemiólogo, su mejor antropólogo y su mejor político liberal. Tales eran los amplios intereses y las grandes contribuciones que había hecho Virchow en todas esas disciplinas. Aunque de pequeña estatura –der kleine Doktor (“el doctorcito”) –, le decían sus alumnos, Rudolph Virchow fue uno de los más grandes médicos de todos los tiempos.

            Microscopio en mano, supo colocar a la célula en el centro de la enfermedad, propinando un golpe casi mortal a la vieja teoría de los humores (líquidos) que provenía de la Grecia antigua y que había sobrevivido hasta el siglo XIX con el nombre de teoría de las discrasias. Él acuñó el nombre con el que hoy llamamos a varias enfermedades, como la leucemia, por ejemplo. Su visión de la enfermedad –revolucionaria en su tiempo– quedó expresada para la inmortalidad en la recopilación de una serie de veinte conferencias que impartió en el Instituto Patológico de Berlín entre febrero y abril de 1858 y que hoy lleva el título de “Patología celular basada en la histología fisiológica y patológica”.

            Los médicos ejemplares de los que he escrito en los párrafos precedentes no abundan. Todo lo contrario. Son como estrellas escasas y brillantes en una noche cerrada. Sin embargo, su vida y obra, muchas veces plasmadas en libros y documentos a los que podemos acceder fácilmente, es para algunos de nosotros una guía que nos permite ver la luz en los momentos de mayor tiniebla.     Su aparición episódica a lo largo de la historia de nuestra profesión nos da cierta esperanza, aunque no podemos confiarnos porque lo más seguro es que nunca lleguemos a conocer en persona a un médico de esa estatura humana y profesional. Solemos navegar en el océano de lo cotidiano, que es también el piélago de lo común y, con lamentable frecuencia, de lo vulgar. Es muy fácil sucumbir en esas aguas procelosas.

            Aunque muchos no tengan conciencia de su herencia milenaria y de las aportaciones que han hecho al conocimiento médico miles de vidas anónimas, esforzadas, que persiguieron siempre un noble ideal y que se dieron desinteresadamente al género humano, siempre habrá un médico que lo recuerde, que lo atesore, que lo replique y lo multiplique.

            Aunque algunos, que a veces son los más reconocidos por la sociedad, se dejen seducir por el gran corruptor de hoy y siempre –el exceso de poder y bienes materiales–, siempre habrá un médico que sepa contenerse y que busque primero el verdadero bien de los enfermos, aun a costa de sus propios honorarios profesionales y de sus aspiraciones de gloria y posesiones.

            Aunque varios lo ignoren y otros tantos finjan demencia sobre los riesgos de acercarse a ciertas compañías de la industria farmacéutica que no tienen ética en sus tratos con el gremio, siempre habrá un médico que sepa fijar los límites y que exija con claridad y contundencia un trato digno y unos honorarios justos, para no caer en la fácil tentación del soborno disimulado de tantas y tantas maneras, incluso aquellas que usan en beneficio propio el noble propósito de la investigación científica.

            Aunque muchos no lo sepan y algunos deliberadamente ignoren que la palabra “doctor” tiene la misma raíz que “docente”, lo que nos debería obligar sin descanso a instruir a los ciudadanos –gobernantes incluidos–, a los pacientes y a los alumnos para cumplir cabalmente uno de nuestros más importantes compromisos profesionales, siempre habrá un médico que busque la manera de enseñar a los demás, convencido de que su conocimiento del hombre es contagioso y, además, necesario para que nuestros hermanos se vayan liberando poco a poco de la ignorancia que los esclaviza.

            Aunque en esa falta de reflexión sobre el propio quehacer cotidiano que es pandémica en la profesión –y seguramente también en otras profesiones–, muchos ignoren el verdadero valor de ser un buen médico general, siempre habrá alguno que se sienta orgulloso de serlo al saber que juega un papel central en una sociedad como la mexicana y que tenga muy claro que su esencia profesional no es “saber un poco de todo”, sino conocer muy a fondo las enfermedades más frecuentes en su medio –desde sus aspectos moleculares hasta sus repercusiones sociopolíticas, pasando por el diagnóstico y el tratamiento– y reconocer aquellas en las que es menester llamar a un especialista.

            Aunque hoy sea una moda y algunos anden por ahí deslumbrados con el engañoso brillo de esa tecnología médica que no se pone al servicio del hombre, sino que se utiliza como un instrumento para obtener mayores ganancias económicas, arriesgando en ocasiones la integridad física y patrimonial de los propios enfermos, siempre habrá un médico que anteponga su juicio clínico –la expresión médica del sentido común­– y sus sólidos conocimientos sobre el verdadero valor de las nuevas tecnologías y los más recientes descubrimientos terapéuticos, para utilizarlos juiciosamente en beneficio de sus pacientes.

            A pesar de todo, siempre habrá un médico, un verdadero médico.

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2 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: SIEMPRE HABRÁ UN MÉDICO.

  1. El problema de toda la vida, de todos los tiempos, “El hombre es ese perfecto bribón que antes de pensar en los demás, piensa en sí mismo”

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