MESA DE AUTOPSIAS: SALIR DE GUATEMALA (primera de dos partes).

“El origen viral de mayor parte de los tumores malignos se ha documentado ya más allá de toda duda. A partir de ahora, será muy difícil asumir una causa que no sea la viral en el origen de los tumores humanos”.

Ludwik Gross. 1970.

 

            Hay un refrán popular que dice “salir de Guatemala para entrar en Guatepeor”, que se refiere a alguien que apenas ha salido de un problema cuando ya tiene que enfrentar otro peor. Algo parecido pudiera decirse respecto a lo que está sucediendo con el cáncer que afecta a las mujeres mexicanas.

            Durante décadas el cáncer del cuello del útero –carcinoma cérvico uterino– fue el que lideró la lista de los tumores malignos más frecuentes entre las mujeres mexicanas. El horror de esta estadística se podía condensar en una sola frase: “una mexicana muere por cáncer del cuello uterino cada dos horas, todos los días”. Una frase que yo he venido escuchando por años en todas las reuniones médicas donde se hablaba del tema.

            Pero el horror al que hago referencia en el párrafo anterior no estriba en la naturaleza de esa enfermedad maligna, sino en el fracaso de las campañas preventivas interminables que se han llevado a cabo en México con el buen deseo de detectar oportunamente y curar esta forma de cáncer.

            En principio la idea no es descabellada. Todo lo contrario. El cáncer del cuello del útero suele ser una enfermedad parsimoniosa. Se toma su tiempo. En la mayor parte de los casos, todo empieza con una simple infección viral que se adquiere por contacto sexual. Las albercas con “virus nadadores” están descartadas. Entre la infección por alguno de los virus del papiloma humano y el desarrollo de los primeros cambios que conducen al cáncer –las displasias– pasan varios años. Y otro tanto podemos decir desde la etapa en la que ese cáncer está confinado a la superficie del cuello uterino –carcinoma in situ– al momento en el que el tumor rompe las primeras barreras anatómicas y se vuelve invasor. Es decir, no es una enfermedad fulminante. Lo que nos sobra es tiempo.

            Nunca se sabe dónde va a nacer un gran benefactor de la humanidad. Puede ser en cualquier lugar, incluso en algún sitio que apenas aparece en los mapas. Y aquel 13 de mayo de 1883 nació uno en la pequeña población de Kimi, una villa situada en la isla de Eubea, Grecia. Se llamaba Georgios Nicholas Papanikolaou y estudió la carrera de medicina en la Universidad de Atenas. Después hizo estudios de posgrado en las universidades alemanas de Munich, Jena y Freiburg.

            En 1913, emigró a los Estados Unidos de Norteamérica para trabajar en el Hospital Presbiteriano de Nueva York y en el Departamento de Anatomía de la Facultad de Medicina Weill de la Universidad Cornell. Allí modificó su nombre al más conocido de George Papanicolaou. Ya en 1928, había descubierto que podía identificarse el cáncer del útero mediante el estudio microscópico de las células que flotan en la secreción vaginal, sin embargo, la importancia de su hallazgo pasó desapercibida por algunos años.

            El pleno reconocimiento le llegó en 1943, cuando con Herbert Traut publicó el libro titulado “Diagnóstico del cáncer uterino mediante el frotis vaginal”.  Se hizo famoso al inventar lo que se conoce como la prueba de Papanicolaou –el “Pap”, como solemos decir en el gremio­–. En 1950, recibió el Premio Albert Lasker a la investigación clínica y, entre 1995 y 2001, su imagen se imprimió en los billetes de 10 mil dracmas –la moneda griega antes de la llegada del euro–. Murió en 1962, poco antes de la inauguración del Instituto Papanicolaou para la Investigación del Cáncer de la Universidad de Miami.

            La prueba de Papanicolaou tiene muchas virtudes, pues es sencilla de realizar y muy barata. Además, si se practica periódicamente a la población con el riesgo de desarrollar cáncer del cuello uterino –las mujeres a partir del inicio de la vida sexual activa­– tiene un impacto extraordinario en el curso de esta enfermedad. Desde los años cincuenta del siglo pasado, en los países desarrollados que han logrado implementar programas de detección bien planeados y ejecutados de manera exhaustiva a la mayor parte de la población femenina en riesgo, la mortalidad por este cáncer ha descendido hasta un 70%. Esa reducción tan significativa se debe en buena parte al uso apropiado de la prueba de Papanicolaou.

            El fracaso mexicano en este rubro tiene numerosas causas, pero, entre otras, es un reflejo de nuestro sistema de salud pública, cuyo esfuerzo siempre se ve mermado por su fragmentación, su vulnerabilidad a las ocurrencias y modas que se imponen durante los fatídicos ciclos sexenales, a la insuficiente capacidad instalada y a la crónica escasez de personal debidamente preparado y remunerado. Son algunas de las muchas tareas pendientes que las administraciones públicas se heredan unas a otras en una cadena hasta ahora interminable.

            No es menor el papel que juega la educación sanitaria de nuestra población. Como antaño con las enfermedades llamadas secretas por la vergüenza que provocaba su mención franca, este cáncer es consecuencia de una infección por transmisión sexual. En nuestra sociedad, que tiene sumados los estigmas de la ignorancia, los prejuicios religiosos y el machismo, las enfermedades de la esfera genital son un tema prohibido. Por esta razón, las mujeres se la piensan dos veces antes de acudir a la consulta médica. Las hay incluso que deben pedirle permiso al esposo, no vaya a molestarse el califa cuando la mujer exhiba sus partes pudendas ante un médico. Por eso hasta ahora tenemos esas estadísticas escalofriantes en la casuística y mortalidad del carcinoma cérvico uterino.

            También hay que decir, justo es reconocerlo, que la población femenina tiene hoy una mayor conciencia del problema. Los medios de comunicación masiva han difundido esta información a través de programas de televisión y radio, anuncios y entrevistas de diversa índole que han roto en parte esa barrera de lo prohibido para poner sobre la mesa el tema de las infecciones por transmisión sexual.

            Los virus del papiloma humano y la prueba de Papanicolaou forman parte ya de la conversación cotidiana que se escucha entre las mujeres mexicanas. Eso es bueno. Nos hace un poco más libres. No hagamos caso de quienes nos amenazan contra un libertinaje que creen ver en los seres humanos que no se someten ciegamente a sus dictados. Lo que temen en realidad es perder el cómodo y provechoso control de nuestras conciencias y vidas. Pocas veces como en este tema se hace realidad aquel versículo 32, capítulo octavo, del Evangelio según San Juan: “la verdad os hará libres”.

            Y si apenas nos dirigimos hacia un mejor control del cáncer del cuello del útero mediante la prevención, el uso adecuado de la prueba de Papanicolaou y las nuevas técnicas que hoy la complementan, nos topamos con un problema creciente que hasta ahora había guardado un lugar relativamente discreto entre las enfermedades de las mujeres mexicanas. Relativamente digo, no porque no fuese importante, sino porque había permanecido alejado de nuestra atención, entretenidos como estábamos con el cáncer del cuello uterino.

            Hoy despertamos con una noticia inquietante. En buena parte del territorio nacional el cáncer de mama supera ya en número al carcinoma cérvico uterino. Aunque algunos digan que ese hecho nos acerca a los países desarrollados –honor muy dudoso–, creo que son pésimas noticias. Apenas empezamos a salir de Guatemala para entrar en Guatepeor. Veremos porqué la próxima semana.

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