MESA DE AUTOPSIAS: VOLAR SOBRE LOS CERROS.

Para Felipe Flores y Gaby, padres y médicos.

He leído que yo vuelo sobre las colinas y las montañas de Francia. Pero uno no vuela sobre los cerros. Uno sube penosa y dolorosamente las montañas y puede ser que, si ha entrenado muy duro, alcance la cima a la cabeza del pelotón”.

Lance Armstrong. 2001.

 

            La experiencia en el XV Congreso de Unicáncer, una liga de grupos y asociaciones de voluntarios que ayudan a pacientes con cáncer ha sido muy enriquecedora. Son muchos los aspectos que merecen un comentario. El marco de la reunión ha sido espléndido y nos ha permitido una cercanía muy cálida con las asistentes. Digo las asistentes porque, en su inmensa mayoría, se trata de mujeres. Por lo visto, son las mujeres las que llevan la voz cantante en este tipo de voluntariados que tanta falta hacen en nuestro país.

            La segunda cuestión es la conciencia creciente de que la labor de las voluntarias debe profesionalizarse. Entiendo con ello que este trabajo, aunque voluntario, debe fortalecerse con una preparación más sólida, incluyendo los conocimientos científicos de la enfermedad. Es un avance importantísimo. Es indispensable que este esfuerzo trascienda lo meramente voluntario y asistencial –en sí muy valioso– para incursionar en terrenos que tienen un gran potencial, como el apoyo a la investigación sobre las causas, el diagnóstico y el tratamiento del cáncer. En otros países, cuantiosos recursos provenientes de organizaciones no gubernamentales impulsan este tipo de trabajo científico que es la única esperanza seria para lograr la curación de esta enfermedad.

            El tercer aspecto que me ha llamado poderosamente la atención ha sido que, al parecer, un número significativo de estas voluntarias son sobrevivientes del cáncer. Al terminar mi presentación “El cáncer en individuos famosos” una de ellas se me acercó y me dijo: “en su presentación le faltó una persona: yo. Hace 23 años tuve cáncer de mama y, míreme, aquí estoy”. La experiencia de haber vencido a un enemigo tan formidable como el cáncer es un motor poderoso para dedicar la vida a luchar por otros que sufren la misma calamidad.

            Así le ocurrió a Lance Armstrong, ciclista nacido en Austin, Texas, en 1971. De niño se aficionó a la natación y a los trece años se convirtió en competidor de triatlón, un deporte que reúne tres disciplinas: la natación, el ciclismo y la carrera a pie. Pronto se percató de que tenía cualidades para el ciclismo y decidió dedicarse por completo a él. En 1992, debutó como ciclista profesional.

            Un año después ganó el Mundial de ruta que se celebró en Oslo, Noruega y en 1995 ganó su primera etapa en el Tour de Francia. Llegó primero en Limoges señalando con ambas manos al cielo. Su compañero de equipo Fabio Casartelli había fallecido en esa carrera y él le estaba dedicando su victoria.

            Su estrella se empezó a eclipsar en 1996. Tras haber ganado La Flèche Wallonne –el primer norteamericano en lograrlo–, una importante carrera ciclista que se celebra cada abril en Bélgica, sólo corrió cinco etapas del Tour de Francia y no tuvo un buen desempeño durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 96. En octubre de ese año le diagnosticaron un cáncer en el testículo derecho con 12 implantes –metástasis– en los pulmones y también en el cerebro. Le pronosticaron una probabilidad de sobrevivir por debajo del 40%.

            Luego vino el tratamiento. Se le extirpó el testículo y también se le abrió el tórax y el cráneo para extraer las metástasis. Fue sometido a varios ciclos de quimioterapia. Buscó una combinación de medicamentos que afectase lo menos posible su capacidad respiratoria. Recibió los primeros ciclos en el Centro Médico de la Universidad de Indiana en manos de los doctores Lawrence Einhorn y Craig Nichols. Su quimioterapia terminó el 13 de diciembre de 1996.

            Poco a poco se fue recuperando y tras unas dudas iniciales que incluyeron el deseo de un retiro definitivo, fue regresando a las justas deportivas. Su mayor gesta fue el regreso al Tour de Francia. Ganó todas las ediciones de 1999 a 2005. Siete victorias consecutivas que hasta hoy nadie ha logrado. Otros ciclistas como Miguel Induráin, Eddy Merckx y Jacques Anquetil ganaron varias veces el Tour de Francia, pero ninguno ganó tantos y de manera consecutiva. Hoy Lance Armstrong desea regresar a sus orígenes y se está preparando para participar en el Ironman Hawaii 2011, el más antiguo y prestigioso triatlón del mundo.

            Su experiencia con el cáncer le hizo ir más allá. Creó la Fundación Livestrong para ayudar a los pacientes con cáncer, lucha constantemente para que el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica destine mayores recursos económicos a la investigación de esta enfermedad y realiza una gran labor creando conciencia sobre este padecimiento en la sociedad. Parte de ello ha sido la publicación de libros en los que comparte su experiencia vital, sus ideas sobre la enfermedad y sus convicciones para luchar en su contra. De su libro “It’s not about the bike. My journey back to life” (No es asunto de la bicicleta. Mi viaje de regreso a la vida), que escribió y publicó con Sally Jenkins en 2001, extraigo estos párrafos:

            “Una muerte lenta no es para mí. Yo no hago nada despacio, ni siquiera respirar. Todo lo realizo a un ritmo rápido: como rápido y duermo rápido. Me vuelvo loco cuando mi esposa Kristin va manejando nuestro coche y frena cada vez que el semáforo está en amarillo, mientras yo me retuerzo en el asiento del copiloto. ¡Vamos, sigue, no seas cobarde!, le digo. Lance, me responde, te hubieses casado con un hombre”.

            “El cáncer es como una penosa etapa de montaña. Hay personas buenas y fuertes que enferman de cáncer, siguen todas las indicaciones médicas y, a pesar de ello, mueren. Esta es la verdad esencial que debes aprender. Las personas se mueren. Y una vez que lo has aprendido, el resto de las cosas te parece irrelevante y muy pequeño”.

            “Mi enfermedad fue crudamente reveladora y me hizo ser más humilde. Me obligó a observar mi vida con un ojo inolvidable. Hubo varios episodios vergonzosos. Momentos de mezquindad, trabajo sin terminar, debilidad y arrepentimiento. Tuve que preguntarme a mí mismo lo que pretendía ser si sobrevivía. Me di cuenta que tenía que crecer mucho más como ser humano”.

            “La personas se mueren. Esta verdad es tan descorazonadora, que a veces me cuesta mucho decirla. Pueden preguntarme: ¿por qué debemos seguir? ¿Por qué no nos detenemos y nos dejamos caer? Porque también existe otra verdad: las personas sobreviven. Una verdad que se opone con la misma intensidad a la anterior. Las personas sobreviven y de las maneras más asombrosas. Cuando estaba enfermo, pude ser testigo en un solo día de más belleza, verdad y triunfo que en cualquier carrera en la que haya participado. Pero era momentos humanos, no milagros. Conocí a un sujeto con una sudadera raída que se transformaba en un cirujano brillante. Hice amistad con una enfermera agobiada por el trabajo excesivo llamada LaTrice que me cuidó como sólo podría hacerlo alguien con una afinidad y simpatía muy profundas. Vi niños sin cejas ni pestañas, con el cabello calcinado por la quimioterapia, que pelearon con el corazón de un verdadero Induráin. Todavía no lo comprendo por completo. Todo lo que puedo hacer es contarte lo que pasó”.

            Nadie que no haya tenido la experiencia de un cáncer puede saber realmente lo que se siente al asomarse a ese abismo. Uno sólo puede tratar de imaginar. Nada más.

            Cuando mi compadre Felipe supo que me habían invitado a este congreso en Puebla, recordó lo que sintió varios años atrás en esta misma ciudad. En aquella ocasión, su hija tenía leucemia y estaba muy grave. Junto a su esposa e hija, vino a Puebla buscando uno de los mejores centros de tratamiento para esta enfermedad. La primera noche, fue recibido en un pequeño albergue de la Fundación Una Nueva Esperanza (U.N.E.). Me contó el sentimiento de profunda soledad que experimentó durante aquella primera noche frente a la terrible incertidumbre del futuro. Hoy, gracias a aquel viaje que inició con tan malos augurios, su hija Carolina es una adolescente sana. Y el modesto albergue se ha convertido en un hermosísimo espacio con varias villas, una sala de quimioterapia ambulatoria, un cine-auditorio y todos los servicios para alojar cómodamente a los niños enfermos de cáncer y a sus padres. Le llevo a Felipe las fotos de esa espléndida transformación. Sé que al verlas, se emocionará hasta las lágrimas conmigo.

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One thought on “MESA DE AUTOPSIAS: VOLAR SOBRE LOS CERROS.

  1. Ojalá que hubiera conciencia de otros males tan tremendos como el hambre en Aguascalientes, problema que parece invisible para las personas, pero bueno, pagaremos las consecuencias con un mercado interno sin poder de compra, la violencia, los robos, la inseguridad, los secuestros y más calamidades que vendrán como consecuencia natural
    Dr. Muñoz su artículo muy ejemplar para enfrentar los retos de la vida. Gracias por su compartir

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