MESA DE AUTOPSIAS: REGALOS INESPERADOS.

En relación al futuro, tu tarea no es preverlo, sino hacer que sea posible”.

Antoine de Saint-Exupéry. Ciudadela, 1948.

 

            No es habitual que yo viaje con frecuencia. La segunda mitad de la semana pasada la pasé en Puebla y en el Distrito Federal para participar en el XV Congreso Nacional de Unicáncer y para acudir a las clases de la Maestría de Oncología Molecular que empecé a cursar hace 11 meses. Una extraña coincidencia me hizo viajar de nuevo este fin de semana y desplazarme a Mérida, Yucatán, invitado como conferencista a la sesión general de la Clínica de Mérida, un hospital privado de dilatada trayectoria en aquella ciudad, fundado el año en que yo nací.

            Este viaje a la Ciudad Blanca obedeció a una circunstancia afortunada –siempre es una fortuna visitar Mérida– derivada de una amistad entrañable con la doctora Blanca Martínez Plasencia. Conocí a Blanca cuando ambos fuimos residentes en el Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán. Ella, además de médico internista, profundizó en el estudio y tratamiento de las enfermedades infecciosas.

            El caso es que la doctora Martínez Plasencia ocupa hoy un cargo importante en Amgen, una empresa muy destacada y prestigiosa de biotecnología médica que tiene una presencia relativamente reciente en México, respaldada por una carrera muy sólida en los Estados Unidos de Norteamérica y en Europa. Hace algunos meses, la doctora Martínez me honró con una visita, aprovechando que se encontraba en Aguascalientes por motivos de trabajo. En aquella ocasión, se le ocurrió que podría invitarme a hablar sobre las aplicaciones de la biotecnología en medicina ante un público médico que estaba por definirse. A las pocas semanas, recibí una comunicación de su parte en la que me proponía el viaje y la conferencia en Mérida.

            Como era de esperarse y a lo largo de los meses siguientes, la planeación y organización del viaje fue muy cuidadosa. Pude contar con el apoyo bibliográfico y el material gráfico que atesora la Compañía, enviado a través del correo electrónico y también en propia mano por parte del doctor Luis Ricardo Gómez Castañeda, colaborador cercano de Blanca, quien tuvo la gentileza de acudir a mi oficina para afinar los detalles de mi exposición y enriquecerla con el material mencionado.

            La experiencia fue sumamente estimulante. No cabe duda que es totalmente cierto aquel dicho que reza “La mejor forma de aprender es tener que enseñar”. En la preparación de la conferencia, tuve que incursionar en algunos terrenos que no son de mi estricta competencia, como el desarrollo de medicamentos biotecnológicos en la industria farmacéutica, pero no cabe duda que ningún saber estorba. Hoy en día, hasta los patólogos –dedicados por más de un siglo al estudio puro de la enfermedad y su diagnóstico– estamos incursionando en los terrenos de la terapéutica, el tratamiento de las enfermedades.

            La razón ya la señalaba a principio de los años noventa el doctor Eduardo López Corella, Jefe del Departamento de Patología del Instituto Nacional de Pediatría: los patólogos somos los guardianes del tesoro. En nuestros archivos, embebidos en bloques de parafina, conservamos muestras incorruptas de todos los tejidos que estudiamos. En esas células duerme la información genética de nuestros pacientes. Escrita en el lenguaje químico de la vida, ahí está la clave de los tratamientos personalizados que están desarrollando compañías biotecnológicas como Amgen.

            Hablar de biotecnología es muy importante. La medicina está cambiando de referencia. Desde que Rudolph Virchow trasladó las bases de la enfermedad de los órganos y tejidos a las células y hasta hace muy pocos años, el estudio de los procesos morbosos se centró en la biología celular. A partir de la mitad del siglo pasado, se empezó a profundizar cada vez más en el conocimiento del nivel molecular –bioquímico y genético– de la materia viviente y, por ende, en la dimensión molecular de la enfermedad. Ese conocimiento recibió y sigue recibiendo un impulso poderoso con el análisis detallado del genoma, el compendio de nuestra información genética descifrado a principios del presente siglo. De todo ello se empiezan a derivar –aunque con mayor lentitud que la deseada– nuevos tratamientos de enfermedades que incrementan día a día su presencia entre nosotros. Son las enfermedades crónico-degenerativas como la diabetes o el cáncer. Los medicamentos del futuro –mucho más selectivos y menos tóxicos que los actuales­– se basarán en el conocimiento de la biología molecular de estas enfermedades. De hecho, ya están en el mercado los primeros y la investigación científica promete muchos más en los próximos años.

            Pero además de la enriquecedora experiencia que me brindó Blanca y por la que le estoy sinceramente agradecido, en este viaje recibí algunos obsequios que atesoro tanto o más que el conocimiento científico. Enterada de mi llegada a Mérida, al poco de instalarme en el hotel me invitó a cenar la doctora Leticia Rodríguez Moguel, destacadísima patóloga yucateca quien fuera mi maestra cuando yo tuve la fortuna de estar bajo su tutela como residente rotatorio en el Hospital de Oncología del Centro Médico Nacional Siglo XXI del IMSS.

            La doctora Rodríguez es una anfitriona extraordinaria. Ya lo había comprobado hace tres años, cuando fui a Mérida para atestiguar la incorporación de la Sociedad de Patología del Sureste a la Federación de Anatomía Patológica de la República Mexicana. En aquella ocasión, tuve el placer de una visita a su domicilio en donde escuché un espléndido trío de trova yucateca. Sabiendo apreciar la buena comida regada con exquisitos caldos, ahora me invitó a cenar en compañía de Álvaro Bolio, otro gran patólogo y muy buen amigo, y de Elisa, médica destacada, mejor persona y amiga de todos nosotros. Huelga decir que la cena y, en especial, la compañía, fueron una verdadera delicia para el cuerpo y para el espíritu.

            Al terminar de dar mi conferencia, me reencontré con otro amigo muy querido: el doctor Jorge Canto Jairala, con quien desayuné la especialidad del pueblo en donde nació su papá, el señor Renán Canto (q.e.p.d.). Don Renán fue originario de Motul, Yucatán, en donde nació también la receta de los deliciosos huevos motuleños. Entre bocado y bocado, hicimos rápido recuento de las muchas cosas que nos hacen ser amigos perdurables a través de tantos años.

            Pero todavía me esperaba otra sorpresa. En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, a punto de abordar el avión que me traería de vuelta a Aguascalientes, me encontré con el doctor Carlos Humberto Delgado Esqueda, querido compañero desde la época en que éramos estudiantes de medicina y miembros del Banco de Sangre Universitario “Dr. Rafael Rafael Macías Peña”. Hoy Carlos es un eminente médico internista y con su esposa, la doctora Elsa Hernández, regresaba del Congreso Iberoamericano de Medicina Interna que se acababa de celebrar en Cancún, Quintana Roo.

            Los vi con sendos libros en la mano y Elsa me mostró enseguida aquella obra peculiar en dos volúmenes titulada “Medicina Basada en Cuentos”, una edición especial cuya presentación habían atestiguado durante el congreso del que regresaban. La obra contiene 55 textos literarios escritos por médicos mexicanos –algunos, escritores ya consagrados–, editados por Herlina Dabbah Mustri, coeditora de Palabras y Plumas Editores.

            Al ver aquel tesoro literario, mis pupilas se deben haber dilatado bastante, fenómeno fisiológico que no pasó desapercibido para Elsa y Carlos, quienes no dudaron en obsequiarme los dos volúmenes en ese mismo momento. Los acepté a sabiendas que ellos guardaban otros dos ejemplares en su maleta. Seguro que esta colección de relatos inspirará algunas de mis futuras colaboraciones.

            Como puede verse, durante este viaje de ida y vuelta a Mérida recibí abrumado espléndidos regalos. Gracias mil a Blanca, Luis Ricardo, Leticia, Álvaro, Elisa, Jorge, Carlos y Elsa.

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