MESA DE AUTOPSIAS: MORIR EN CASA (segunda y última parte).

Ahora es el cáncer la enfermedad que entra sin tocar la puerta”.

Susan Sontag, La enfermedad y sus metáforas, 1978.

A pesar del fallido experimento que adelantó el fin de aquellos niños con leucemia, Sidney Farber estaba verdaderamente intrigado. Si el ácido fólico –también llamado folato– había dotado a las células malignas de un terrible frenesí, ¿sería posible que un antagonista del ácido fólico tuviese el efecto contrario y extinguiese la leucemia? Si la médula ósea era la factoría de las células sanguíneas y en los niños con leucemia trabajaba horas extra, ¿podría un antifolato sofocarla y parar la producción de células cancerosas?

En aquel primer experimento de resultados desastrosos, Farber había obtenido el ácido fólico del laboratorio de su amigo Yellapragada Subbarao –Yella, para los amigos–, médico y químico que se interesaba por la biología. La propia vida de Subbarao es digna de una reseña. Habiendo estudiado medicina en la India, su país natal, llegó a Boston en 1923 y empezó trabajando como portero, cambiando las sábanas y las bacinicas en el Hospital Peter Ben Brigham (hoy Hospital Brigham and Women). Consiguió un trabajo como investigador en la División de Bioquímica y se interesó en la composición química de las células. Logró purificar una molécula llamada ATP (adenosín trifosfato), que resulta ser fuente de energía más importante en la vida celular. A pesar de sus méritos científicos, por ser extranjero (hablaba inglés con un marcado acento de la India), un tanto ermitaño, noctámbulo (como el propio Farber) y vegetariano, se le negó el acceso a la Universidad de Harvard y en 1940 aceptó una oferta laboral en los Laboratorios Lederle de Nueva York, donde reunió a un equipo de colaboradores encabezados por Harriet Kiltie.

Ya que los Laboratorios Eli Lilly habían hecho una fortuna vendiendo un concentrado de vitamina B12 para el tratamiento de la anemia perniciosa, Yella decidió concentrarse en la obtención del ácido fólico para tratar la anemia de los trabajadores de los molinos de la India (anemia que luego se llamaría megaloblástica). No pudo extraer el ácido fólico del hígado de los cerdos, así que decidió obtenerlo de manera sintética en el laboratorio. Conociendo a detalle los compuestos que participan en las reacciones químicas de la síntesis del ácido fólico, logró su fabricación a partir de 1946. En ese trabajo, Subbarao y su equipo sintetizaron variantes del ácido fólico y, entre ellas, algunas que simulaban sus efectos y bloqueaban su función. Esos eran los antifolatos en los que estaba pensando Sidney Farber para su segundo intento de tratamiento en niños con leucemia. A finales del verano de 1947, Subbarao y Kiltie le enviaron a Farber una dotación de ácido pteroil aspártico (PAA, por sus siglas en inglés).

En aquellos días, Robert Sandler, un niño de 2 años, que tenía un hermano gemelo llamado Elliott, empezó a tener una fiebre intermitente a la que se añadieron una palidez marcada y cierta modorra. Su condición se agravó de manera alarmante en cosa de diez días y sus padres lo llevaron al Children’s de Boston. Hacía poco que Farber había recibido el PAA de Subbarao, así que el 6 de septiembre de 1947 se lo empezó a inyectar a Robert.  Ni siquiera se informó a sus padres. Todavía no llegaba la época de los hoy indispensables consentimientos informados. Las normas éticas sobre la experimentación en seres humanos recogidas en el Código de Nuremberg apenas habían sido aprobadas el 20 de agosto de 1947, hacía menos de un mes, y es poco probable que Farberg supiese de ellas.

El PAA no sirvió de nada. Apareció un tumor que comprimió la médula espinal causándole a Robert dolores insoportables. Las células malignas siguieron multiplicándose en el interior de sus huesos hasta fracturarle un fémur. Su bazo creció hasta alojarse en la pelvis y su piel adquirió una palidez cadavérica.

El 28 de diciembre, Farber recibió un antifolato nuevo de sus amigos Subbarao y Kiltie. Se trataba de la aminopterina, una versión químicamente modificada del PAA. El doctor Farber no se lo pensó dos veces y se la administró a Robert.

En esta ocasión, la respuesta fue espectacular. Sus glóbulos blancos, que ya llegaban a 70 mil por milímetro cúbico de sangre –lo normal es de 4 a 7 mil–, dejaron de aumentar y su cifra se estabilizó. Luego, las células malignas empezaron a dismunuir y para la fiesta de año nuevo se habían reducido a una sexta parte de su nivel máximo. El hígado y el bazo de Robert regresaron a su tamaño original –la ropa le quedaba ahora floja– y dejó de sangrar. Recuperó su apetito y en febrero ya tenía un aspecto similar a su gemelo sano.

La remisión de su enfermedad fue algo nunca antes visto. Al saberse la noticia, otros niños leucémicos acudieron en tropel. Farber tuvo que reclutar ayudantes para lidiar con tanto trabajo. Las autoridades del hospital retiraron a los médicos internos y residentes de los cuartos en donde estaban hospitalizados los niños con leucemia por considerar aquel ambiente demasiado triste y “experimental” para contribuir a una buena formación médica, así que Farber y sus ayudantes se las tuvieron que ingeniar solos con aquella avalancha de pacientes. Cuando un médico le sugirió a Farber que dejase sus tratamientos químicos como la última opción para sus niños leucémicos, él le respondió –recordando su época como patólogo– que “en ese caso, la única sustancia química que iba a necesitar sería el líquido para embalsamar”.

Con tantos pacientes, Sidney Farber tuvo que ocupar más y más espacios, así que, tomando casi por asalto todo rincón u oficina desocupados, improvisó toda una clínica. Sus ayudantes tenían que afilar sus propias agujas para la toma de biopsias de hueso y su jefe les exigió un registro minucioso de cada acción, de cada análisis practicado. Deseaba documentar cada instante de su guerra contra la leucemia.

Aunque el efecto de la aminopterina era evidente, sólo duraba algunas semanas o meses. El mismo Robert Sandler murió en 1948, tras unos pocos meses de remisión. Si bien el éxito era transitorio, era un triunfo verdadero que nadie había logrado antes. Así que reunió sus datos y escribió un informe preliminar que envió a la prestigiosa Revista Médica de Nueva Inglaterra (The New England Journal of Medicine). En aquel artículo, que se publicó el 3 de junio de 1948, señalaba que de 16 niños tratados, diez habían respondido y cinco habían sobrevivido entre cuatro y seis meses después del diagnóstico. En el tiempo de un leucémico, seis meses sin la enfermedad son una eternidad.

Siempre tras la innovación, Farber fue el primero en introducir conceptos clave en la oncología pediátrica como el del hospital de día y la atención multidisciplinaria que inlcuía trabajadoras sociales, nutriólogos, sicólogos y equipos de médicos que se reunían a deliberar sobre cada caso para decidir los estudios diagnósticos y las estrategias de tratamiento. Además, en los años 50 y 60 del siglo pasado se convirtió en un promotor infatigable de su causa, acudiendo muchas veces a la Cámara de Representantes y al Senado para exigir cantidades crecientes de recursos a favor de la investigación sobre el cáncer.

Entre 1947 y 1948, Farber abrió una fisura en el muro hasta entonces impenetrable del tratamiento del cáncer con medicamentos. Dio paso a una luz de esperanza que hizo ver que ese tratamiento –hoy llamado quimioterapia– era posible. Gracias a su tenacidad, en la actualidad se curan ocho de cada diez niños con leucemia linfoblástica en muchos lugares del mundo. Ya no son dados de alta para que mueran en su casa.

Con su equipo de colaboradores, Farber también demostró que la actinomicina D era efectiva en el tratamiento del tumor de Wilms, una forma de cáncer de los riñones que ocurre en la infancia. Su obra se perpetuó con la Fundación Jimmy. Él falleció de un ataque cardíaco el 31 de marzo de 1973 y, en 1976, su fundación pasó a llamarse Instituto del Cáncer Sidney Farber. Charles A. Dana, un rico industrial, destinó cuantiosos apoyos económicos al Instituto, cuyo nombre fue cambiado en 1978 al que actualmente ostenta: Instituto del Cáncer Dana-Farber, uno de los centros oncológicos más importantes del mundo.

 

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