MESA DE AUTOPSIAS: LAS DOS SOCIEDADES.

Tenemos una gran cantidad de información con respecto a cuán esparcida y grave es la pobreza global hoy en día: de un total de 6,500 millones de seres humanos (2006), unos 800 millones están desnutridos, 2,000 millones no tienen acceso a medicinas básicas, 1,100 millones no tienen acceso a una fuente de agua potable, 1,577 millones carecen de electricidad y 2,600 millones no tienen acceso a servicios higiénicos básicos… Unas 50,000 muertes por día, todo un tercio del total de muertes humanas, se deben a causas relacionadas con la pobreza, y por ende, son evitables en la medida en que la pobreza es en sí evitable”.

Thomas Pogge, Hacer justicia a la humanidad. 2009.

 

 Me gusta leer el periódico español El País. Podrá uno estar o no de acuerdo con su tendencia política general que podríamos calificar más cercana a la izquierda, pero en sus páginas aparecen colaboraciones de grandes escritores y pensadores cuyos escritos van más allá de una descripción superficial de la realidad. Leo ese periódico todos los días por la Internet, pero compro la edición impresa todos los sábados y, cuando puedo, también los domingos. Los sábados porque me gusta leer Babelia, su suplemento literario y los domingos porque viene acompañado de El País Semanal, una revista a todo color con información adicional muy interesante.

Los sábados también encuentro en El País la sección “Almuerzo con…”, una entrevista a algún personaje que escoge un restaurante para ser entrevistado y que responde a las preguntas mientras da cuenta del menú. Por cierto, también aparece en un recuadro el nombre y localización del restaurante, lo que comió el entrevistado y el costo de la comida.

El pasado sábado 18 de diciembre de 2010, el entrevistado fue Martín Caparrós, periodista y escritor argentino que este año publicó un libro titulado “Contra el cambio” (Anagrama, 2010), en el que hace una crítica de la agenda mundial sobre el cambio climático. De la entrevista en El País, me llamó poderosamente la atención su respuesta a la pregunta “¿Por qué el cambio climático se ha convertido en nuestra preocupación fundamental cuando hay 1,000 millones de personas que pasan hambre en el mundo?”, a lo que Caparrós contestó: “El hambre y la miseria no amenazan a esta sociedad porque pertenecen a otra, mientras que el cambio climático nos atañe a todos”.

Creo que Martín Caparrós dio en el clavo. El acierto está en que señala la coexistencia de al menos dos sociedades. La que sufre los estragos de la pobreza y la que maneja los recursos planetarios. Pero su acierto va más lejos. Se puede aplicar a múltiples escenarios, sin distingo de países, regiones o estados. También entre nosotros la solución de la pobreza se ha convertido en un tema eternamente pospuesto –aunque en apariencia sea un motivo de preocupación para los que llevan la voz cantante– porque no amenaza a la sociedad en la que viven los que tienen en deber de erradicarla. Sólo degrada y mata a los millones de seres humanos que nacieron en el sector equivocado.

Con lo declarado por Caparrós uno puede entender cómo es que se hacen a un lado las necesidades de tantos conciudadanos como si fuesen errores de percepción o ideas delirantes, para dar paso a los grandes negocios que ensanchan y profundizan un poco más cada día la brecha que separa a las dos sociedades. Proyectos cuya urgencia e importancia reclaman acciones inmediatas –empleos con sueldos razonables, viviendas dignas, escuelas suficientes con maestros bien preparados y comprometidos, hospitales capaces, completamente equipados y mejor atendidos, etc. – y se mandan a un futuro incierto en el que lo más seguro es el olvido y el abandono.

Y la clave estriba en que quienes toman esas decisiones viven en un mundo distinto de aquellos que tienen esas necesidades. Sus sueldos y prestaciones laborales son excesivos, mandan a sus hijos a escuelas sin carencias, viven en grandes mansiones y, cuando enferman, no necesitan un gran hospital cercano, porque se trasladan a los mejores centros médicos del país o del extranjero. Son aficionados a eso que ahora llaman “turismo de la salud”.

 Sin conciencia real de lo que necesitan las mayorías, su insensibilidad les permite administrar sin remordimiento la miseria y el sufrimiento de los demás. La pobreza es para ellos una abstracción que se usa como moneda de cambio en el juego de las grandes inversiones y los proyectos estratégicos. La carencia crónica y la enfermedad mutan en conceptos interesantes con los que se puede hacer un jugoso trueque para obtener recursos y poder.

El hospital público en el que trabajo atrae a un número elevado y creciente de enfermos crónicos de los riñones. Personas cuya función renal ha mermado tanto que requieren conectarse a un aparato de hemodiálisis varios días a la semana. Para lograr esa conexión que los mantiene con vida necesitan invertir una modesta de cantidad de dinero en la adquisición del equipo necesario. El problema es que muchos no tienen siquiera para comprarlo y dependen de que el hospital absorba ese gasto. Una inversión a fondo perdido que entra en el rubro denominado “gasto social”, eufemismo con el que se endulzan palabras más fuertes.

El caso es que una vez pensamos que si dispusiésemos de los fondos recolectados en las máquinas expendedoras de refrescos, café y comida que hay en el hospital, podríamos ayudar a sobrevivir mediante la hemodiálisis a un mayor número de enfermos de los riñones. Con esa idea acudimos a cierta oficina gubernamental para obtener del funcionario indicado el permiso correspondiente.

Alto, bien nutrido, elegantemente vestido, con una oficina lujosa en la que abundaban los artefactos electrónicos de última generación, nos recibió para escuchar nuestra petición. En un principio se mostró impermeable a los argumentos que le presentamos y se negó en redondo. Ya tenía destinatario para ese dinero fuera del hospital. Escuché atento y fascinado la copiosa cantidad de anglicismos con los que salpicaba aquí y allá sus frases rotundas. Hasta que me llegó al copete.

Sin darle tiempo a que se repusiese, le dije lo siguiente: “Señor, usted nos dice todo eso porque aquí, tras ese escritorio, no le tiene que ver la cara a los pacientes que necesitan ese dinero. Si como nosotros tratase a esos enfermos todos los días, le aseguro que su respuesta sería muy distinta”. Creo que enrojeció hasta las raíces de su bien recortada y peinada cabellera. Y creo que lo hizo al sentir vergüenza, no indignación. Al final, cedió.

Entre las dos sociedades hay una zona gris que habitan los que no acaban de pertenecer ni de encajar en ninguna. Para los que viven en esa “tierra de nadie” y tienen el conocimiento, la conciencia y la sensibilidad, sólo hay dos caminos posibles: la renuncia que conduce a la cómoda indiferencia para ser asimilados como elementos de ornato entre los que toman las grandes decisiones o permanecer en un estado de indignación permanente que exige mucho esfuerzo en el estudio y el trabajo, no bajar nunca la guardia y una actitud que no abrigue demasiados optimismos. Algo así como aquellos 300 espartanos que defendieron el paso de las Termópilas hace casi 2,500 años. Y, dicho sea de paso, la vocación de espartano anda muy escasa en estos días.

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2 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: LAS DOS SOCIEDADES.

  1. Dr Muñoz necesitamos medicinas para curar la indiferencia, miseria y cinismo de esta sociedad mexicana, ocupamos mas Doctores Muñoz,no se de donde los tendremos. Un Saludo afectuoso

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