MESA DE AUTOPSIAS: EL VENENO SIN ANTÍDOTO.

Para Juan Jacob Díaz, uno de los rebeldes.

Cuando leía la revista ‘Cirugía, Ginecología y Obstetricia’ (que le llegaba todos los meses por mar semanas después de su publicación, golpeada y manchada en su envoltorio marrón), las innovaciones le parecían ficción. Resultaba emocionante pero deprimente, porque se trataba de noticias atrasadas. Aunque se repetía que su trabajo, su libre aportación en África, se relacionaba en cierto modo con los avances descritos en la revista, en el fondo sabía que no era así”.

Abraham Verghese, Hijos del ancho mundo. 2009.

 

 Cuando iniciaba la carrera de medicina en la Universidad Autónoma de Aguascalientes hace ya más de 30 años, tuve la fortuna de conocer a un profesor de prácticas de histología que abrió mis ojos a la medicina que se practicaba más allá del reducido espacio provinciano en el que me acababa de asomar como estudiante. Cuando le entregué el reporte de mi primera práctica, me lo devolvió con algunos consejos que resultaron fundamentales en mi formación profesional.

El doctor Héctor Berumen Félix, aquel profesor, me sugería la suscripción inmediata a dos revistas: The New England Journal of Medicine (La Revista Médica de Nueva Inglaterra) y Scientific American (El americano científico).Como en esa época el costo de la suscripción era muy razonable, seguí al pie de la letra su consejo y pronto empecé a recibir ambas revistas en mi domicilio. Fue el inicio de un romance con la ciencia en general y la medicina científica en particular que se ha prolongado hasta el día de hoy, robustecido este año con el estudio de las bases moleculares del cáncer.

A través de aquellas revistas me empecé a familiarizar con una forma de conocimiento superior que he intentado aplicar en la práctica de mi profesión. Pero ese conocimiento, además de ofrecer certezas y satisfacciones que ayudan a que uno sea fiel a sus convicciones a pesar de los años transcurridos, también instila en el alma una forma de veneno para el que es muy difícil encontrar antídoto. La ponzoña de no conformarse con lo mediocre, de no ceder a la tentación de la frivolidad y la autocomplacencia y a ejercer una crítica severa con uno mismo y con el entorno en el que uno se desenvuelve.

Y resulta inevitable hacer comparaciones entre lo que ocurre en el mundo médico y científico internacional y lo que se tiene en casa. La comparación no sólo abarca logros materiales, que son la expresión última de otros muchos factores, sino que incide precisamente en las condiciones que permiten esos avances. Desde el nivel que la ciencia ha alcanzado en la sociedad y sus gobernantes, hasta la altura de miras con la que se transmite esa visión del mundo a las generaciones de jóvenes que llenan las aulas universitarias.

No es difícil admitir que por diversas razones históricas y otras más actuales e injustificables, el pensamiento científico es ajeno a la mayor parte de nuestros conciudadanos. Víctimas de una educación escolar muy deficiente potenciada por un acceso restringido a la cultura universal de la que sólo conocen lo que la televisión les transmite –poco o nada que valga realmente la pena y, en su lugar, cantidades ingentes de información inútil, falsa e incluso perjudicial–, son presa fácil de los administradores del miedo, los regentes de los temores terrenales y ultraterrenos.

El pensamiento científico, que se funda en el estricto reconocimiento de la propia ignorancia, es prácticamente incompatible con esa forma degradada pero muy extendida de entender la política como la búsqueda del poder por el poder mismo y su conservación sin reparar en los medios. En ese mundo, el poderoso todo lo sabe y no se equivoca jamás. Solamente obligado, llegará a reconocer públicamente sus yerros. Y en una sociedad sin los contrapesos ciudadanos necesarios, esa obligación prácticamente no existe.

En medicina, cuando la ciencia es poca, lo que llena ese vacío va desde la charlatanería más ramplona, hasta formas de medicina seudocientífica que basan su poder en el uso inmoderado de la tecnología médica deslumbrante y en la explotación indecente de la vena sensiblera que nace y se nutre de la ignorancia frente a fenómenos complejos como el cáncer, cuya comprensión exige un buen nivel de conocimiento científico y un rigor metodológico que no abundan en la mayoría y que repudian los profesionales que se han dejado seducir por la explotación de la enfermedad en un medio social acrítico y permisivo.

A lo largo de los 14 años que fui profesor universitario en la carrera de medicina de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, no contento con ese bebedizo de la inconformidad del que soy adicto confeso desde mis lejanos tiempos de estudiante, procuré instilarlo en los espíritus juveniles de quienes, ignorantes del peligro que corrían, confiaron en mis enseñanzas.

Aunque fracasé con la mayoría que gozaba de una inmunidad casi innata y que había sido adoctrinada desde muy temprano en la obediencia ovina a los dictados del sistema, tuve algunos éxitos esporádicos. Jóvenes inquietos en los que mi contacto potenció un germen de rebeldía, escepticismo y actitud crítica que seguramente habían adquirido previamente en alguna otra parte. Aunque no todos los de ese grupo, algunos estudian y viven en el extranjero (Nueva York, Filadelfia y Barcelona).

Quise seguir con mi actividad subversiva, pero el ambiente se fue enrareciendo. Empezaron las críticas que pronto se convirtieron en trabas a la libertad de cátedra y luego aparecieron las descalificaciones a la labor enteramente altruista que veníamos desempeñando desde hacía siete años en el Laboratorio de Inmunohistoquímica Diagnóstica de la propia Universidad, proyecto que el doctor Luis Manuel Bustos y un servidor habíamos hecho realidad gracias a diversos apoyos económicos del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y del Hospital Miguel Hidalgo. Ese laboratorio brindaba estudios de inmunohistoquímica a costos muy accesibles a los patólogos del sector público y privado de Aguascalientes y su región de influencia. Fue el primer centro de su tipo en el Estado, inició actividades en el año 2000 y las tuvo que concluir siete años después.

Con la jubilación del doctor Bustos y ante la hostilidad medioambiental, decidí renunciar a la cátedra histología que había ganado por oposición junto a la de anatomía patológica, misma a la que ya había renunciado años antes por incompatibilidad de horarios y porque no pude convencer a los responsables de que sería mucho mejor para los alumnos (y para mí) impartir anatomía patológica en el Hospital Hidalgo. Esta disciplina se enseña con mayor provecho si los alumnos pueden experimentar de manera directa la práctica de las autopsias y si participan de acuerdo a su nivel en el estudio de las biopsias y las piezas extirpadas que constituyen la esencia de la patología quirúrgica.

Y a pesar de todo, el veneno sigue obrando sus efectos. Privado del contacto cotidiano con los alumnos, he canalizado mis intereses académicos y mi pasión docente a través de la lectura y el estudio de los temas profesionales y otros que son de mi gusto, la participación en las sesiones hospitalarias o en los congresos y en esta misma colaboración semanal que me brinda muchas satisfacciones. En especial, cuando algún lector de “Mesa de autopsias” percibe en estos renglones una forma de instrucción que le resulta útil para saciar su curiosidad o para ampliar y profundizar lo que ya sabía. Una forma de educación a distancia que, como todo conocimiento compartido, no sólo beneficia al que lee, sino también al que escribe. Ya lo dice un viejo refrán: “no hay mejor manera de aprender que tener que enseñar”.

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6 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: EL VENENO SIN ANTÍDOTO.

  1. Dr Muñoz como siempre leo su columna con sumo interes, disfruto sus comentarios que son casi únicos en este ambiente acrítico de Aguascalientes. Un agradecimiento de corazón hacia Usted por sus líneas, en mi ha crecido esa ponzoña de la que habla. Gracias y que se conserve con Salud muchos muchos años para que nos siga proporcionando estos escritos tan enriquecedores. !!!!!Gracias¡¡¡¡¡¡

    1. Estimado Contador Venegas:
      Celebro que esté usted envenenado, aunque sospecho que usted ya lo estaba antes de leer lo que escribo. Le agradezco de corazón que me comparta sus ideas y lea mis escritos.

  2. Thank you very much for your comment! I suppose you can read in Spanish…Are you a pathologist?
    Best regards,
    Luis Muñoz.

  3. Admiro mucho sus escritos, científicos, humanistas, sociológicos…. Ojalá coincidamos en algún evento “patológico” y saludarle. Teresa Ribas

    1. Estimada Teresa:
      Gracias por su comentario. ¿Es usted patóloga? ¿Dónde trabaja? Yo también espero poder saludarla en persona algún día.
      Un abrazo.
      Luis Muñoz.

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