MESA DE AUTOPSIAS: AQUELLA TARDE DE MIÉRCOLES.

Miren más allá de sus fronteras y vean lo que distingue a los países desarrollados, que ofrecen un elevado nivel de calidad de vida a sus ciudadanos, de los países subdesarrollados, en donde prevalecen la miseria y la enfermedad: es la ciencia, es el conocimiento científico”.

Ruy Pérez Tamayo, Historia general de la ciencia en México en el siglo XX. 2005.

 

Durante el siglo XVII, Inglaterra sufrió una serie de guerras civiles en las que un monarca, Carlos I, fue decapitado en 1649. Después de unos años en los que gobernó el Parlamento con el Lord Protector Oliver Cromwell, la monarquía fue restaurada en la persona de Carlos II, hijo del rey ejecutado, que subió al trono el 29 de mayo de 1660.

Apenas seis meses después, dos grupos de hombres –los de Oxford encabezados por John Wilkins y los de Londres– que compartían su interés por averiguar cómo funcionaba el mundo, se reunieron la tarde del miércoles 28 de noviembre de 1660 en el Gresham College, un establecimiento educativo fundado en 1596 por la voluntad de Sir Thomas Gresham, próspero comerciante y financiero londinense. Para entonces, el Gresham College era ya la escuela más importante de Londres, con profesores que enseñaban mediante conferencias abiertas al público leyes, medicina, retórica, música, química y astronomía.

Y fue precisamente sobre astronomía la conferencia que impartió aquel miércoles Christopher Wren. Al terminar, apenas una docena de aquellos hombres inquietos decidió reunirse cada miércoles por la tarde en la sala Lawrence Rook del Gresham College no sólo para escuchar conferencias, sino para intercambiar ideas y, sobre todo, para hacer experimentos. Así nació la Royal Society of London for Improving Natural Knowledge (la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural), más conocida simplemente como la Royal Society, uno de los pilares más importantes de la revolución científica que ha transformado al mundo y la sociedad científica más antigua que sigue activa hasta la actualidad. Justo en el 2010 llegó a su cumpleaños 350.

La Royal Society tiene sus raíces en las reuniones semanales que ya sostenían desde 1645 varios filósofos naturales –hoy los llamaríamos científicos– y aficionados a lo que entonces se denominaba filosofía experimental. Según refería en sus cartas Robert Boyle, eran las reuniones del “Colegio Invisible”. Con gran tino, los participantes tenían prohibido hablar de religión, política o temas de actualidad y sólo trataban tópicos relacionados con la filosofía experimental como la medicina, astronomía, geometría, navegación, estática y mecánica.

La divisa de la Royal Society no puede ser más reveladora de su espíritu: “Nullius in verba”, que se puede traducir de manera aproximada como “sin tomar en cuenta las opiniones de nadie”, lo que establece el firme propósito de los miembros de no hacer caso de los dictados de la autoridad establecida y atenerse a los hechos demostrables mediante experimentos. Una sana actitud frontalmente opuesta a las dictaduras materiales y espirituales. La Royal Society creó la ciencia moderna.

Nadie había hecho algo parecido antes y muy pocas agrupaciones han igualado a la Royal Society después. En la actualidad, pertenecen a ella cerca de 1,500 miembros y, aparte de sus múltiples tareas científicas, hace las funciones de la Academia Nacional de Ciencias del Reino Unido. Hoy ofrece 350 residencias en investigación y sus becas apoyan a 3,000 científicos en todo el mundo. Confiere numerosas medallas y premios, entre ellas la prestigiosa Medalla Copley a la investigación científica de mayor mérito. Esta medalla se otorgó por vez primera en 1731 y fue iniciativa del terrateniente y miembro de la Royal Society Sir Godfrey Copley, quien donó para este premio 100 libras esterlinas. La Royal Society publica siete revistas y numerosos artículos científicos. Por si fuera poco, organiza una muestra científica cada verano –la Summer Science Exhibition– de la que dicen que ningún aficionado a la ciencia que visite Londres debe perderse. La Royal Society tiene 96 comités dedicados a promover la investigación científica de alta calidad, honrar algún logro relevante, mejorar la educación y presionar al gobierno para que actúe con inteligencia. Es la conciencia científica de Inglaterra.

Bill Bryson, editor de un espléndido libro reciente sobre la Royal Society titulado “Viendo más lejos. La historia de la ciencia, el descubrimiento y el genio de la Royal Society” (Seeing further. The story of science, discovery and the genius of the Royal Society. William Morrow/Haper Collins Publishers, 2010), señala que los tres rasgos más sobresalientes de esta agrupación son su carácter internacional establecido desde un principio, la admisión en su seno de los aspirantes bajo el criterio del mérito científico, independientemente de la clase social a la que pertenezcan y su tendencia a reconocer y admitir a los genios anónimos o desconocidos.

Como puede verse, hace ya mucho tiempo que en otros países descubrieron que la ciencia es la base del progreso de los pueblos. En un epílogo que el científico español Santiago Ramón y Cajal agregó en 1899 a su obra “Los tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre la investigación científica”, el sabio ponía el dedo en la llaga de la derrota militar sufrida por España un año antes en manos de los Estados Unidos de Norteamérica:

“Bien ajenos estábamos, al publicar las páginas precedentes, donde nos lamentamos de nuestro desdén por la ciencia, que habíamos de recoger muy pronto el fruto de nuestra incultura. Una nación rica y poderosa, gracias a su ciencia y laboriosidad, nos ha rendido casi sin combatir. En tal desigual batalla, librada entre el sentimiento y la realidad, entre un pueblo dormido sobre las ruinas del pasado y otro enérgico, despierto y conocedor de todos los recuerdos del presente, el resultado estaba previsto; pero es preciso confesar que nuestra ignorancia, más que nuestra pobreza, ha causado el desastre, en el cual no hemos logrado ni el triste consuelo de vender caras nuestras vidas. Una vez más, la ciencia creadora de riqueza y de fuerza, se ha vengado de los que la desconocen y la menosprecian”.

En España, la ciencia empezó a ser tomada en cuenta por el gobierno en las primeras décadas de siglo pasado, sin embargo, ese impulso inicial se vio truncado por la irrupción de la dictadura franquista y ha sido en la España democrática cuando la investigación científica ha recibido un apoyo mucho más decidido de las autoridades. Cuando yo empecé a estudiar medicina, era muy raro encontrar artículos de autores españoles en las mejores revistas médicas internacionales. Hoy en día, su presencia menudea y, aunque todavía relativamente modesta en relación a las grandes potencias científicas del mundo, la ciencia española destaca ya por sus aportaciones en diversos campos del conocimiento universal. En algunas áreas, los científicos españoles están entre los mejores del mundo.

Ruy Pérez Tamayo, el más prominente patólogo mexicano, reconoce que “cuando se compara el estado de la ciencia en México a principios del siglo XX con el que mostraba en el año 2000, las diferencias son notables y ocurren en todos los niveles en sentido positivo”. Sin embargo, también pone el dedo en la llaga cuando dice “tampoco debíamos soslayar que el motor y la fuerza del cambio referido no fue el Estado, no fue el Presidente X o el Secretario Y, no fue el Poder Legislativo W ni el Proyecto de Desarrollo Z, sino que fuimos nosotros mismos, los miembros de la comunidad científica, que no sólo logramos sobrevivir sino que además supimos promover y prestigiar la enorme contribución que el conocimiento de la realidad podía hacer al desarrollo integral de la sociedad mexicana… Pero para mirar hay que querer ver, y para ver hay que abrir los ojos, dos operaciones que requieren aceptar la posibilidad de rebasar o hasta de suprimir los intereses propios, personales o partidistas, en aras del bien de la mayoría de los ciudadanos. Aparentemente, la superación de esta actitud por las autoridades políticas mexicanas responsables está tomando más de 50 años”.

Lo expresado en las líneas precedentes se confirma localmente con lo publicado esta misma semana en algunos medios impresos de Aguascalientes: “La ciencia y la tecnología fueron relegadas de las prioridades en el paquete económico 2011, al asignarse apenas el 0.12 por ciento del presupuesto”.

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