MESA DE AUTOPSIAS: LA FINITUD DE LOS RECURSOS.

Grande es el poder de una distorsión que se mantiene a toda costa”.

Charles Darwin. 1809-1882.

 

            Que los recursos son finitos y las necesidades infinitas es una de esas frases hechas muy apreciadas en el ámbito público. Es una expresión utilizada para justificar la permanente escasez de medios materiales que sufrimos desde que tenemos memoria. Además, sin adiciones ni mayores explicaciones, permite disimular realidades incómodas, saqueos inaceptables y privilegios que, en una sociedad con tantas carencias como la nuestra y de existir un estado de derecho bien establecido, merecerían el castigo severo de quienes los disfrutan. La realidad es otra y se evita en lo posible ir al fondo de estos asuntos. Mejor llamarlos con otro nombre o, mucho mejor, ni mencionarlos siquiera.

            Esta conducta se extiende a todos los ámbitos de la vida nacional. Entre las élites, existe un acuerdo tácito para no tocar el tema. Si eso es un fuerte impedimento para el desarrollo de la vida democrática y para el progreso material de los pueblos, resulta especialmente doloroso en el rubro de la salud pública. Ahí los recursos no sólo son finitos, muchas veces son tan magros que impiden el ejercicio de la medicina moderna y reducen su práctica a una caricatura de lo que debiera ser.

Como podrá entenderse, esta situación no sólo frustra a los médicos que saben cómo tienen que hacerse las cosas, sino que ponen en riesgo la salud y la vida de los pacientes que acuden a los servicios públicos de salud. Al final, eso es lo importante, porque se pierden vidas que pudieron salvarse o aumenta innecesariamente el sufrimiento que provocan las enfermedades. El consuelo de algunos es pensar que esa escasez de recursos afecta primordialmente a ese segmento de la población que, aunque abrumadoramente mayoritario, está compuesto por indolentes que han sido secularmente incapaces de reclamar los derechos que les corresponden.

Ante esta situación, escudarse en la limitación de los recursos puede ser una justificación para el que la esgrime, pero a los demás nos debe obligar a pensar de dónde vienen esos recursos y por qué nunca alcanzan para cubrir las necesidades básicas –no son lujos– de los que menos tienen.

 Nunca he podido entender cómo es que los defensores a ultranza de la vida desde el momento de la concepción sólo se refieren a la vida intrauterina y nunca se les ve a la hora de defender la existencia constantemente amenazada de millones de compatriotas que sobreviven en condiciones más que precarias.

Igual pasa con la violencia de género –mal llamada así– cuando ignoran la violencia personal y familiar con la que la miseria se ensaña en muchos hogares de nuestro país. Ese activismo selectivo en lo que está de moda, en lo políticamente correcto –como la mentada pérdida de valores–, debería pasar primero por garantizar a todos un techo digno, alimento suficiente, educación apropiada y servicios de salud confiables y resolutivos. Pero claro, esos aspectos se relegan una y otra vez y su atención se deja para mañana, esperando que por obra de la Providencia surjan los recursos de algún lado. Hace 200 años que estamos esperando.

Con la casi segura continuidad del esquema tradicional de distribución de los recursos públicos –mucho para unos pocos y poco para la mayoría–, no podemos esperar modificaciones sustanciales a la realidad imperante, por injusta que ésta sea. Para quienes no tenemos acceso a los niveles en los que se toman las grandes decisiones, no queda sino el análisis minucioso para identificar las exiguas oportunidades de mejora y el debate abierto para discutirlas. Nada peor para ahondar en la crisis que encerrarse en uno mismo con una actitud fatalista. Puesto que no es posible anticipar el futuro, no podemos estar totalmente seguros de que nuestros esfuerzos, por insignificantes que parezcan, estén indefectiblemente condenados al fracaso.

Los médicos del sector público –en realidad, todos los médicos– tenemos obligaciones que van más allá de cumplir con las horas de nuestro turno laboral. Usufructuarios de una formación profesional que rebasa casi siempre el nivel educativo de la mayor parte de los mexicanos, tenemos el deber de reflexionar para actuar sobre las condiciones en las que se brinda la atención médica de los pacientes que acuden a los hospitales del sector salud. Si estamos medianamente informados de lo que ocurre en el mundo, no podemos aceptar que las cosas sigan como están.

¿Por qué los hospitales públicos tienen que trabajar en condiciones de saturación y gran escasez de medios materiales? ¿Eso es lo normal? ¿Los hospitales para los pobres tienen que ser miserables? ¿Es una condición inevitable que ocurre en todo el mundo? ¿Esta situación de penuria a la que parecemos estar condenados no puede prevenirse o modificarse?

¿Por qué tienen que ser feos los hospitales públicos? ¿Por qué con frecuencia están sucios, mal iluminados y ventilados? ¿Por qué sus espacios son tan reducidos para los muchos pacientes que acuden a ellos? ¿Qué pasaría si fuesen limpios, con espacios amplios y luminosos? ¿Dejarían de acudir los pacientes pobres? ¿Se asustarían ante tanta limpieza? ¿Son los enfermos y sus familiares los que ensucian los hospitales? Si así fuese, ¿por qué toleramos esta situación y nos hacemos de la vista gorda? ¿Realmente no tiene remedio?

¿Qué pasaría si la medicina de más alto nivel tecnológico y científico estuviese al alcance de los más necesitados? ¿La rechazarían? ¿Tiene que ser pobre la medicina para los pobres? ¿Por ser tantos y desechables no merecen algo mucho mejor? ¿En su paquete de miseria tercermundista también está incluidos los servicios médicos de tercera?

Nos dicen que la respuesta a varias de estas preguntas es la finitud de los recursos. Esa es una respuesta por lo menos extraña, porque a los recursos públicos les pasa lo que a nuestros cromosomas en la división celular: se acortan cada vez que las células se multiplican.

Alguien debería estudiar la biología de los hospitales públicos mexicanos. Se dan fenómenos insólitos. Cuando en otras latitudes los hospitales crecen ocupando espacios cada vez mayores, yo conozco ejemplos cercanos de un crecimiento hospitalario paradójico: cuando se necesita un nuevo espacio, se fraccionan los existentes y así caben más en el mismo sitio. Es la optimización de los recursos llevada al absurdo.

Claro que todo tiene su límite. Llega un momento en el que, ante tamaño hacinamiento y escasez de todo, la flora nosocomial prolifera y las infecciones hospitalarias se disparan, los médicos sufren de mal humor, se lo contagian a las enfermeras y, al final, son los pacientes los que pagan el pato. Pobres de solemnidad, adquieren ahora el dudoso privilegio de ser víctimas del propio sistema en el que buscaban la solución de sus males.

Estoy seguro de que hay un error persistente en el gentilicio de Franz Kafka. No puede haber sido checo. Si resucitase, habría que decirle sin demora: ¡bienvenido, paisano!

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6 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: LA FINITUD DE LOS RECURSOS.

  1. ” Si con su trabajo no pueden llegar a ganar el gasto necesario de la familia, lo que les falte lo han de ganar o pidiendo o robando” Lord Hales Ministro de Justicia de Inglaterra del Rey Carlos II de Bretaña

  2. “Ese activismo selectivo en lo que está de moda, en lo políticamente correcto”

    Conozco algunas personas que se sentirían ofendidos por esa frase.

  3. Dr Muñoz leo con interés sus comentarios y agrego lo siguiente: Adam Smith decía en su libro La Riqueza de las Naciones ( Libro prohibido por la inquisición) “Ninguna sociedad seguramente puede florecer ni ser feliz siendo la mayor parte de sus miembros pobres y miserables…es muy conforme a la equidad que aquellos que alimentan, visten y albergan a todo el cuerpo del pueblo en común, participen del producto del trabajo propio, estén razonablemente alimentados, vestidos y albergados”

    1. Estimado Contador Venegas:
      ¿Habrá manera de que las cosas sean distintas algún día? Yo supongo que sí, aunque creo que no me tocará ser testigo de ese cambio.

  4. Apreciado Dr Muñoz, continúa diciendo Adam Smith: “Los mercaderes y fabricantes se quejan comunmente de los malos efectos de la subida del precio de los salarios del trabajo, porque les aumenta el de la mercadería y se disminuye en consecuencia el despacho de su obra. Nada dicen del aumento de las ganancias, ni de sus malos efectos: guardan un profundo silencio en cuanto a las consecuencias de su propia utilidad y se quejan amargamente de las ganancias ajenas”

    “Las mercaderías de Europa eran nuevas casi todas para América y las de América para Europa…naturalmente había de resultar igualmente ventajoso para el continente descubierto como para el antigüo. Las Injusticias de algunos particulares europeos convirtieron en destructor y ruinoso, para varios de aquellos desgraciados países, un suceso que debió haber sido beneficioso para todos”

    Como verá Dr Muñoz, el asunto es bastante complejo, son muchos los intereses que habría que tocar

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