MESA DE AUTOPSIAS: EL HUMANISMO QUE NO ES.

Para Eduardo Poletti, infatigable perseguidor de novedades.

 

La existencia, por efímera que sea, de un ser vivo es casi un milagro, algo tan inverosímil y asombroso que sólo puede explicarse por la aplicación simultánea y coordinada de miles de trucos sofisticados, codificados en sus genes… Un truco es información. Y, sin esa acumulación de información, la vida sería imposible. El uso de esa información acumulada en nuestros genes nos permite a los organismos remontar la universal corriente entrópica y seguir avanzando como funámbulos sobre el abismo”.

Jesús Mosterín, La cultura humana. 2009.

 

            A poco más de dos días de regresar a las aulas después de 14 años de docencia universitaria interrumpida voluntariamente en 2007, reflexiono sobre el reto de transmitir a los alumnos una de las pasiones de mi vida: la curiosidad por lo que me rodea y la búsqueda del conocimiento. Enseñar las minucias de la anatomía microscópica del cuerpo humano no representa una gran dificultad, en especial cuando uno ya lo ha hecho antes y trabaja con ella todos los días. Pero siempre es un desafío conmover esos jóvenes intelectos que, salvo honrosas y afortunadas excepciones, prefieren distraerse con tantas y tantas cosas frívolas que pugnan por absorber todas nuestras energías con tanta fortuna.

            Si la ignorancia es posiblemente la principal enfermedad de nuestra sociedad mexicana, el aburrimiento es la verdadera pandemia de nuestros días. Nos han convencido de que la vida común y corriente es insufriblemente tediosa. Por eso hay que llenarla de logros, premios, títulos, distracciones, espectáculos y otros  fuegos de artificio. El éxito –sea lo que sea– es el ideal a perseguir desde los primeros años de la instrucción escolar. El simple descanso está prohibido y se considera de mal gusto, hasta peligroso, porque en ese lapso de aparente inactividad para los sentidos, igual y se nos ocurre pensar. Nada menos deseable para los poderes que gobiernan el mundo.

            Ese espíritu insaciable de lo frívolo ha permeado también la práctica y la enseñanza de la medicina. Es parte del fenómeno llamado deshumanización de la profesión médica. Y es muy curioso, porque, si bien conduce a la deshumanización del médico, se presenta ante la sociedad y el gremio como una forma de humanismo. Incluso más. Se anuncia, se enseña y se vende como la versión actualizada del humanismo profesional. Como si los valores incluidos en el humanismo médico –eternos como son– requiriesen una puesta al día similar a las nuevas versiones de los programas informáticos. Una especie de “compasión 2.0”.

            Hay que tener un punto de partida. Lo primero es tratar de definir lo que se entiende por humanismo médico. Luis Benítez Bribiesca, destacado médico, investigador y académico mexicano, señala que “el problema y el significado del humanismo en el quehacer del médico aparece en la Grecia del siglo IV antes de nuestra era. Sin hablar de humanismo como tal, ya que el término no había sido acuñado, la medicina hipocrática establece una serie de criterios y formas de proceder que la hacen eminentemente humanista. La importancia que le otorga a la responsabilidad ética del médico la ubica en este plano central de los intereses humanos: en efecto, el médico debe poner su arte al servicio del enfermo. El fin último de la medicina es el beneficio, de manera que el médico es meramente el artífice que manipula los medios para lograrlo. El humanismo médico hipocrático partía de la necesidad del enfermo para ser atendido de sus padecimientos y de la existencia de alguien, el médico, que tenía la posibilidad de ayudarlo”.

            El doctor Benítez Bribiesca sigue enriqueciendo su explicación. “El siguiente aspecto del humanismo hipocratico que no puede dejarse de lado es la configuración de una visión antropológica que lleva a considerar la existencia de una naturaleza humana, microcósmica en su correspondencia con la naturaleza en general, considerando que el ser humano está hecho de la misma sustancia, de los mismos cuatro elementos –agua, tierra, aire y fuego–, que se manifiestan en él bajo la forma de los cuatro temperamentos humanos (flema, melancolía, sangre y bilis) y que combinados en diferentes proporciones permiten saber qué y cómo son las diferentes variedades de seres humanos y de sus enfermedades”.

            Coincido completamente con lo expuesto por el doctor Luis Benítez Bribiesca cuando fija la raíz del humanismo médico en la Grecia antigua. No deja de sorprenderme la riquísima herencia que nos dejaron los griegos. Más allá de los rudimentos de aquella civilización que me enseñaron en la escuela, ha sido el libro de Edith Hamilton, “El camino de los griegos” (Turner-Fondo de Cultura Económica, 2002. La edición original en inglés es de 1930) lo que me ha hecho consciente de su grandeza y de la imperiosa necesidad de profundizar en ella. Los médicos necesitamos beber de esa fuente si deseamos enseñar y practicar la medicina con humanismo. No hay otro camino. No nos engañemos más. Los sucedáneos actuales son una estafa.

            Y hay algo más que está en el centro del humanismo médico. Como lo dice espléndidamente el filósofo español contemporáneo Jesús Mosterín en la cita que encabeza este escrito, los seres vivos y, particulamente, los seres humanos, somos extraordinariamente frágiles. Como figuras de yeso, podemos rompernos en cualquier momento. La enfermedad y la muerte acechan a la vuelta de la esquina. Por más consuelo que busquemos en la religión, la filosofía, la ciencia o el arte, frente a nuestra vida se extiende lo desconocido, un misterio hasta ahora impenetrable. No podemos evitar lo incierto de nuestro destino. Ante el capricho de sus designios, los mortales sólo tenemos una pregunta: ¿por qué a mí?

            Edith Hamilton nos dice que la característica especial de los griegos antiguos fue su capacidad de ver el mundo con claridad y, al mismo tiempo, considerarlo bello. Como nadie lo había hecho antes, algunos de sus poetas lograron plasmar el dolor cargado de exaltación, el sufrimiento cuya contemplación produce un placer sublime porque nos sitúa ante nuestra propia esencia. Así, aquellos poetas –Esquilo, Sófocles y Eurípides– inventaron la tragedia, el núcleo de la condición humana. Dice Hamilton que la tragedia fue una invención griega porque en Grecia el pensamiento era libre. Y añade: “Allá en el fondo, cuando buscamos la razón de nuestra convicción del valor trascendente de cada ser humano, sabemos que es por la posibilidad que cada uno tiene de sufrir tan terriblemente”.

            Para los médicos, la condición trágica de la vida que tiene su origen en nuestra fragilidad biológica esencial es la materia con la que trabajamos todos los días. Nuestros esfuerzos tratan de apuntalar la continuidad de la vida en una situación extraordinariamente inestable que se llama salud. Pese a los avances logrados, sólo podemos hacerlo en algunos casos y de manera más o menos transitoria. En la conciencia de lo pequeño que es el poder que tenemos como médicos nace la actitud prudente y mesurada siempre deseable en nuestro trabajo. Tratamos con asuntos muy serios, en los que la broma sistemática termina siempre por embrutecernos humana y profesionalmente.

            Por ello es lamentable ese tipo de humanismo médico que hoy está tan extendido. Un humanismo lacrimoso que busca remover la sensiblería. Humanismo de opereta o de cantina en el que se confunde el sentimentalismo con las expresiones más elevadas del alma humana. La facilidad con la que se ha extendido esa frivolidad intelectual hasta enseñarse en las aulas universitarias nos revela cuán amplia y profunda es nuestra ignorancia. Veleidad que se manifiesta a diario en la huida deliberada y cobarde ante la esencia trágica de la condición humana. Ligereza y desconocimiento que se hacen patentes en el culto actual y desproporcionado a la belleza física y a la lozanía de la juventud que desean obtenerse y conservarse para siempre.

            Hay verdadera grandeza en la capacidad que tiene en hombre para enfrentar el sufrimiento y como médicos no podemos envilecerla reduciendo la vida a una comedia perpetua.

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