MESA DE AUTOPSIAS: UN ENEMIGO ESCURRIDIZO (segunda y última parte).

Es inútil hablar de curación o pensar en remedios hasta que hayamos considerado las causas… los tratamientos serán imperfectos, incompletos o inútiles mientras que no investiguemos las causas”.

Robert Burton. La anatomía de la melancolía, 1621.

            ¿Ha aumentado el número de casos de cáncer con el paso de los años? Esa pregunta puede tener varias respuestas, no siempre coincidentes. En términos generales, podemos decir que hoy en día se diagnostican más casos de cáncer que los que se reconocieron en siglos pasados. Eso no significa necesariamente que haya un aumento real en el número de casos. Hoy disponemos de instrumentos y estrategias que permiten detectar con mayor facilidad los tumores malignos. Además, por lo que ya sabemos, sospechamos su presencia con mayor prontitud y andamos a la caza del cáncer porque reconocemos el valor de una detección temprana para establecer un tratamiento que puede ser curativo.

            Son varios los argumentos que sustentan un aumento real en el número de casos de cáncer. El más evidente es el aumento en la expectativa de vida de la población. Si bien los tumores malignos se pueden presentar en todas las etapas de la vida –hasta hay cánceres congénitos–, la mayoría de los casos ocurre al final de la vida adulta y en la vejez. Por lo tanto, una población cada vez más longeva tendrá mayores oportunidades de desarrollar algún tipo de tumor maligno.

            También debe tomarse en cuenta que lo que llamamos cáncer es en realidad un conjunto de enfermedades con rasgos propios y comportamientos distintos. Hay tumores de crecimiento muy lento, que rara vez se extienden a órganos alejados del que les dio origen y otros que crecen a gran velocidad y dan implantes –las temidas metástasis– a múltiples órganos distantes. Las causas que los originan –cuando se conocen– y las células que los componen son también específicas en cada uno de los distintos tipos de cáncer. Por eso es erróneo hablar del cáncer como si fuese una sola enfermedad. Eso también explica que algunos cánceres incrementen su frecuencia y otros muestren cifras estables o que incluso vayan a la baja.

            Existen estadísticas confiables por lo menos desde mediados del siglo XIX y podemos compararlas con las obtenidas en el siglo pasado y las más recientes. Estos estudios nos muestran que la frecuencia de los tumores malignos se duplicó del siglo XIX al XX. La doctora Devra Davis, cuyo libro “La historia secreta de la guerra contra el cáncer” citamos en la primera parte de este escrito, nos vuelve a sorprender con lo que descubrió sobre el conocimiento del cáncer en la primera mitad del siglo pasado.

            En el verano de 1936, más de 200 expertos en cáncer de todo el mundo acudieron a Bruselas, Bélgica, para participar en el Segundo Congreso Internacional de la Campaña Científica y Social contra el Cáncer. Provenían de los Estados Unidos de Norteamérica, Latinoamérica, Japón y Europa. La información que compartieron constituía un sólido cuerpo de conocimientos sobre las causas medioambientales del cáncer. Es probable que si esos conocimientos se hubiesen integrado a la práctica de la medicina en aquellos años, muchos de nuestros amigos y parientes que han muerto de cáncer todavía estarían entre nosotros. Pero las evidencias que se expusieron en aquel congreso fueron ignoradas. Los datos se archivaron en las polvosas secciones de las bibliotecas donde se guardan los libros que nunca son consultados.

            Hoy seguimos discutiendo sobre las evidencias que aquellos científicos creyeron haber descubierto mucho tiempo atrás. Lo que constituye una prueba causal del cáncer, aunque se funde en evidencias científicas indiscutibles, está sujeto a las fuerzas cambiantes de la política y la economía. Cuando tras una búsqueda de las memorias de aquel congreso que obligó a la doctora Davis a rastrear en los archivos bibliotecarios de Bélgica –no existía una sola copia en los Estados Unidos de Norteamérica–, lo que ella encontró fue una serie de investigaciones de la mejor calidad. Se dio cuenta de que aquellos científicos habían investigado con métodos rigurosos –incluyendo la experimentación en animales– las causas sociales y medioambientales del cáncer mucho antes de que ella hubiese nacido. En esos reportes se señalaba el papel cancerígeno de las radiaciones ionizantes y solares, del arsénico, el benceno, el asbesto, los colorantes sintéticos y las hormonas. Todo ese trabajo permaneció ignorado más de 70 años.

            En 1938, los más prominentes científicos de Italia, Francia, Alemania, Argentina, Inglaterra, Estados Unidos, Japón y Rusia sabían que muchos cánceres tenían su origen en la exposición laboral, la nutrición, las hormonas, la luz solar, las radiaciones y otras causas externas. Si en 1949 el Instituto Nacional del Cáncer de los Estados Unidos inició una campaña de educación entre los médicos para que investigasen y detectasen esos factores de riesgo en sus pacientes, ¿por qué se bloqueó esa campaña? ¿Por qué se anularon los programas preventivos para reducir la frecuencia del cáncer? ¿Por qué se destinaron más recursos a desarrollar medicamentos para tratar estas enfermedades que a concentrara los esfuerzos para evitar su aparición?

            Con estas preguntas, Devra Davis apunta a respuestas inquietantes. No se puede evitar pensar en lo lucrativo que resulta este panorama tanto para quienes producen y venden compuestos claramente cancerígenos como para los que desarrollan y comercializan los diferentes tratamientos contra el cáncer. Y tampoco se puede negar que, desde el punto de vista exclusivamente pecuniario, una enfermedad crónica rinde mucho más que una que se previene.

            Este año se cumple el 40 aniversario de la Declaratoria de la Guerra contra el Cáncer emitida por el Presidente Richard Nixon en diciembre de 1971. Aunque se reconoce que los cuantiosos fondos que desde entonces se destinan a la investigación sobre el cáncer han hecho avanzar como nunca antes nuestro conocimiento sobre la enfermedad, no podemos decir lo mismo sobre los frutos de la aplicación práctica de ese conocimiento para curarla.  En comparación con lo mucho que hoy sabemos sobre los mecanismos íntimos de la transformación maligna de las células, nuestros logros en el tratamiento del cáncer son muchísimo más modestos.

            En el ambiente médico-científico flota la convicción –¿o es más bien la esperanza?– de que pronto esteramos en posibilidades de derrotar al cáncer y que para lograrlo debemos profundizar todavía más en el conocimiento de sus mecanismos moleculares. Sin embargo, ya empiezan a elevarse algunas voces que manifiestan cierto escepticismo sobre esta postura y advierten que estamos perdiendo la guerra contra el cáncer.

            En un reporte muy reciente de la Organización Europea de Biología Molecular (EMBO reports 2011, volumen 12, nº 2: página 91), Howy Jacobs dice que debemos oponernos a esa actitud derrotista y que, en su lugar, necesitamos convencer a los políticos y al público en general de que la guerra contra el cáncer puede ganarse si hacemos un mayor esfuerzo en la investigación científica. Se trata de cambiar la estrategia sin abandonar la lucha, ampliando los objetivos de estudio a otros campos como el metabolismo, el sistema inmunológico –las defensas– y las relaciones entre el sistema nervioso y las glándulas endocrinas.

            Pero también se debe avanzar en la identificación de todos aquellos factores externos que desecadenan el mal, aunque para ello se desenmascaren intereses económicos que benefician a unos pocos a costa del inmenso sufrimiento y la muerte de miles o millones de personas en todo el mundo. Es necesario desarrollar métodos confiables que permitan detectar sustancias peligrosas y, con estas evidencias, obligar a las autoridades para que legislen a favor de la ciudadanía, protegiendo su derecho a un entorno saludable. Lamentablemente, no son pocos los ejemplos de funcionarios gubernamentales que, comprados por los poderes fácticos, utilizan los instrumentos a su alcance para actuar en contra de los ciudadanos que los eligieron.

            Ampliar las medidas preventivas más allá de la esfera estrictamente individual –no fumar, protegerse del sol, comer de forma equilibrada y realizar ejercicio físico regularmente– y extenderlas a las condiciones del medio ambiente en el que vivimos no sólo es una necesidad, sino un imperativo ético. Especialmente para quienes trabajamos en el ámbito de la salud.

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