MESA DE AUTOPSIAS: EL DOCTOR VERDADERO.

Para Juan Antonio Gallardo Trejo, hijo del cuarto ocho.

 

De la incapacidad para evitar meterse en camisas de once varas, del afán excesivo por lo nuevo y el desprecio por lo antiguo, de poner el conocimiento por delante de la sabiduría, la ciencia por delante del arte y el ingenio por delante del sentido común, de tratar a los pacientes como casos y de hacer que la curación de las enfermedades sea más dolorosa que soportarlas, líbranos Señor”.

Sir Robert Grieve Hurchinson (1871-1960). La oración del médico.

 

            Hace uno días, el doctor Juan Antonio Gallardo Trejo, desde hace pocas semanas flamante Presidente del Colegio de la Profesión Médica de San Luis Potosí, me preguntaba si yo había escrito algo sobre el consentimiento informado en medicina. Le respondí que no había dedicado un escrito completo al tema, aunque lo había tocado de manera tangencial al escribir sobre otros tópicos.     

            De acuerdo a Danitza Fernández de Lara y colaboradores, en su artículo “El consentimiento informado en medicina” (Acta Médica Grupo Ángeles volumen 3, número 1, enero-marzo 2005), el consentimiento informado se define como “el acto mediante el cual se informa detalladamente al paciente sobre el padecimiento, los diversos procedimientos terapéuticos, posibles complicaciones, así como secuelas o riesgos inherentes a ellos, a efecto de que decida y autorice los procedimientos médicos en forma consciente, libre y responsable”.

La pregunta del doctor Gallardo venía además acompañada de una iniciativa que en estos días presentó el Senador Adolfo Toledo Infanzón ante el pleno de la Cámara Alta para modificar las fracciones V y IX del artículo 77 bis 37 de la Ley General de Salud que trata precisamente sobre el consentimiento informado.

            En la exposición de motivos, el legislador señala que “el consentimiento informado ha estado presente desde los tiempos de la medicina griega; sin embargo, su aplicación hasta hace algunos años tenía más bien un carácter deontológico en tanto guía para la conducta ética del profesional médico, en donde la última palabra la tenía este profesionista, pues con base en sus conocimientos,  experiencia y nuestra buena fe, confiábamos en que la opción ofrecida era la que más nos convenía”.

            Sigue el Senador Toledo: “Hoy en día el panorama es distinto, ya que además de promover que las relaciones entre médicos y pacientes sean más cercanas, el consentimiento informado se ha convertido en documento de carácter jurídico indispensable para la praxis médica y que en caso de alguna inconformidad respecto al procedimiento médico y/o quirúrgico puede ser utilizado tanto por el paciente como por sus familiares con el objeto de velar por el respeto de sus derechos fundamentales”.

            Lo que señala Adolfo Toledo Infanzón, Senador de la República en la LXI Legislatura, es totalmente cierto. Los tiempos han cambiado. Aunque el paciente no nos pida explicaciones sobre su enfermedad y sobre las decisiones que como médicos pensamos tomar al respecto, tenemos una obligación moral y legal de exponer claramente al enfermo y/o a sus familiares las conclusiones iniciales sobre su padecimiento y el plan que concebimos para estudiarlo y tratarlo.

            En efecto, la idea no es nueva y nos lleva a la raíz misma de la palabra doctor, docere en latín, que significa aproximadamente “para enseñar”. Y aunque muchas veces lo hayamos olvidado, una de las primeras obligaciones del médico es enseñar, instruir. Por eso los médicos podemos ser poderosos agentes de cambio social. Cuando dedicamos algunos minutos de tiempo a reflexionar sobre nuestro quehacer cotidiano, podemos encontrar las profundas motivaciones que dan sustento a nuestra profesión y que explican el respeto que inspiraba en otras épocas. Ya que la enfermedad tiene aspectos muy complejos que se conocen cada vez más a través de la investigación científica, debemos estar conscientes de que nuestro papel de docentes debe acompañarse siempre de la expresión en un lenguaje sencillo y claro –que no significa simplista– para que los pacientes de todo tipo y condición socioeconómica puedan comprendernos y ayudarnos a tomar las decisiones que van a afectar su salud y su vida.

            Desde luego que la obligación de enseñar también se refiere a la transmisión de los conocimientos médicos a nuestros discípulos, ya sean estudiantes de medicina, internos de pregrado o residentes de alguna especialidad, pero esa labor sólo debe acompañar a la vida profesional del médico siempre y cuando desee realizarla como una actividad complementaria de la práctica cotidiana de su profesión. La enseñanza de la ciencia y el arte de la medicina exige también del profesor no sólo el dominio de sus contenidos, sino la capacidad para transmitirlos con claridad y una pasión tal que hagan nacer en el alumno el deseo por saber mucho más.

            Si pensábamos que el simple ejercicio de la medicina es una labor exigente, al incluir los aspectos de la enseñanza se vuelve una labor que no puede desempeñar cualquiera, un trabajo que demanda solidez intelectual y reciedumbre moral. Por eso es muy importante que las escuelas de medicina cuenten con mecanismos que les permitan seleccionar a los mejores candidatos que potencialmente podrán desempeñarse como médicos en el futuro. Y esos mecanismos deben perfeccionarse lo suficiente para que evalúen no solamente los conocimientos, sino las actitudes y la fibra moral de los aspirantes.

            La pregunta del doctor Gallardo me recordó un párrafo del gran escritor y pensador mexicano Alfonso Reyes, conocido también como “el regimontano universal”. Encontré hace varios años el párrafo que transcribiré a continuación en un libro de nutriología médica y para mí resulta la definición perfecta de lo que Juan Gallardo llama la relación horizontal entre el paciente y el médico, esa igualdad en lo humano del vínculo sobre el que se dicen tantas cosas:

            “Cuando yo encuentre a mi médico ideal pondré en sus manos esta memoria. Yo no necesito que mi médico ideal sea infalible. Aparte de las condiciones de general aptitud y aun de simpatía -yo, sin esto no ando- sólo pido de él dos cosas: primero, que sea además de un médico, un sabio. Es decir -limitemos la terrible palabra- que el médico pragmático, el que cura y prescribe tratamientos, se acompañe en él de un estudioso desinteresado, de un lector asiduo que no duerme si no ha despojado antes los catálogos de novedades, de un poeta del pensamiento capaz de pasarse un día entero de buen humor cuando ha encontrado la expresión feliz para bautizar un síntoma. Y segundo, que se resigne a trabajar conmigo, a explicarme lo que se propone hacer conmigo y lo que piensa de mí, a asociarme a su investigación. Yo reclamo el privilegio de juez y parte, porque soy capaz de desdoblamiento y sé muy bien considerarme objetivamente y con frialdad. Además estoy seguro de que yo puedo ayudarle a mi médico, de que orientado por él, puedo proporcionarle datos preciosos. Finalmente, el médico que no cuente con mi inteligencia está vencido de antemano, el que quiera curarme sin contar con mi comprensión, que renuncie. Lo que no acepte mi mente, difícilmente entrará en mi biología. Tal es mi modo de ser, y seguramente hay muchos pacientes de mi género. Los médicos deberían pensarlo seriamente, y aceptar nuestra colaboración con humildad”.

            De paso, vale la pena resaltar que Alfonso Reyes toca un punto muy importante que hoy está en el centro de las discusiones sobre la relación médico-paciente. Alfonso Reyes no exige que su médico ideal sea infalible. Y es que no lo puede ser, aunque se haya difundido ampliamente la idea contraria. El autor pide también para sí un médico curioso y, sobre todo, un médico cómplice que lo incluya en sus decisiones. Que respete la capacidad intelectual y humana del enfermo y que acepte la necesidad que tiene de él para realizar bien su trabajo. Por más que el médico pretenda ser un pozo de ciencia, lo que el diccionario define como “cosa llena, profunda o completa en su línea”, debe aceptar que el ser humano enfermo que tiene enfrente es parte de la solución y no solamente el problema.

Anuncios

2 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: EL DOCTOR VERDADERO.

  1. Me han tocado unos cuatro Médicos en el Seguro Social, El Dr. Morga persona fina y respetuosa que me enseñaba sobre mis padecimientos, la Dra Calderón amable y que con una gran claridad me instruyo sobre algunas cuestiones médicas que me beneficiaba saber, el Dr. Fernando Cano,el Traumatólogo Guzman brillantes y amables,
    la verdad me da pena mencionar a algunos que nunca debieron ser médicos:prepotentes, herméticos y sin siquiera miran al paciente

  2. La verdad, es así. Con frecuencia son más los médicos que a usted le avergüenza mencionar que aquellos de los que conservamos gratos recuerdos.
    Luis Muñoz.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s