MESA DE AUTOPSIAS: YA NO SE ATAN LOS PERROS CON LONGANIZA.

El político piensa en la próxima elección; el estadista, en la próxima generación”.

Otto von Bismarck (1815-1898).

 

            Recuerdo claramente lo que hace varios años me comentaba un colega que ocupaba un cargo directivo en uno de los hospitales públicos de mi ciudad. Conversando sobre la situación política y social en la que nos encontrábamos, me decía: “Mire lo que es México. A pesar del saqueo ininterrumpido de tantos y tantos gobiernos, seguimos siendo un país muy rico”. Puede que sus palabras reflejasen la realidad de aquellos momentos, pero hoy ya no es así. Estamos tocando fondo. Se acabó lo que se daba.

            Al parecer, la expresión popular española “se atan los perros con longaniza” se originó en la localidad salmantina de Candelario a principios del siglo XIX. Allí vivía Constantino Rico, famoso fabricante de chorizos. Empleaba en su empresa a varias operarias y una de ellas, cansada de las molestias que le ocasionaba un perro que merodeaba por allí, decidió amarrarlo a la pata de un banco usando una ristra de chorizos. Al poco, el hijo de otra operaria entró en la fábrica y vio asombrado la singular atadura. Salió corriendo para divulgar por todo el pueblo que “en casa del tío Rico se atan los perros con longaniza”. La expresión tuvo gran aceptación popular como sinónimo de exageración en la demostración de la opulencia y el derroche.

            El estado actual es el resultado la expoliación sistemática y muy prolongada de los recursos públicos cuyo principio se pierde siglos atrás. Esa depredación ininterrumpida de lo que nos pertenece a todos y que, en el contexto de una sociedad plenamente democrática –no sólo en lo electoral–, nos debería obligar a la estricta vigilancia, cuidado y manutención de los bienes comunes, tiene tanta raigambre e influencia en la sociedad y, particularmente, en la clase política, que se ha vuelto la única concepción posible de sí misma. Son emblemáticas y muy reveladoras de ese pensamiento monolítico en torno al saqueo de los recursos públicos frases como “ahora sí me hizo justicia la Revolución”, “un político pobre es un pobre político” o “el que vive fuera del presupuesto vive en el error”.

            Siglos de esa forma de pensar que entroniza el parasitismo como la única manera de progreso y ascensión social han contaminado todo. Sus manifestaciones van más allá del ejercicio del poder y se pueden observar en el nulo cuidado que tenemos con el medio ambiente, ensuciando, agotando o destruyendo por igual las calles y parques de nuestras ciudades, los ríos, los lagos, las playas, los bosques y el aire que respiramos. Se identifica también en la poca civilidad con la que nos conducimos, con ejemplos múltiples que podemos observar en la vida cotidiana. Traten de salir de un estacionamiento hacia el arroyo vehicular o atravesar una calle con mucho tráfico para constatar la falta de solidaridad que distingue nuestra convivencia.

            Si uno desea adentrarse en el alma de un pueblo, un buen método es analizar su lenguaje. Y si hay una palabra muy característica de México, esa es, sin duda, “chingar”. La editorial Otras inquisiciones, casa que reúne en forma de libros una selección de los artículos de la revista Algarabía y varios productos relacionados, publicó en 2010 una obra muy interesante titulada “El chingonario. Diccionario de uso, reuso y abuso del chingar y sus derivados”. En ella podemos conocer las muchas acepciones y expresiones de esta palabra tan mexicana. Para los fines de este escrito, me interesa particularmente el enunciado “te chingué”, que el peculiar diccionario define como “declaración de una persona que se ufana de su propia victoria y que, con pleno cinismo, la expresa frente al derrotado”. ¿Cuántos de nosotros no gozamos con la posibilidad de espetar “te chingué” a quien aborrecemos o envidiamos? Expresiones como la mencionada son un fiel reflejo de esa necesidad tan extendida de ser recompensado por un antiguo agravio o despojo que seguramente se encuentra en lo más profundo del imaginario colectivo.

            Una de las consecuencias de la globalización en países como el nuestro, que durante décadas permaneció más o menos aislado de las principales corrientes mundiales, ha sido el cobrar conciencia de una manera súbita o muchas veces dolorosa que hasta hace poco operábamos con estándares sociales y económicos por debajo de los internacionales. Aquellos a los que considerábamos próceres y actores destacados de nuestra comunidad han devenido en personas que simplemente supieron sacar provecho de una sociedad cerrada para el exterior y carente de una verdadera competencia interna. Las inevitables comparaciones con otros países nos han revelado muchas veces una realidad de la que no podemos sentirnos particularmente orgullosos.

            Y resulta aún más vergonzoso que ante la evidencia palmaria de las enormes deficiencias de nuestro sistema de educación pública todavía haya quien eleve la voz para desmentir los hechos y para invocar a los fantasmas de un pasado que se considera ejemplar aunque nunca fue revisado de una manera objetiva. Lo que no significa que la educación pública deba suprimirse. Todo lo contrario, lo que se necesita es la férrea voluntad y la audacia para acometer una reforma mayor que la ubique en el papel rector que le corresponde frente a la formación y preparación de los ciudadanos presentes y futuros.

            Como la apertura al mundo parece irreversible y las evaluaciones en relación con los demás países seguirán ocurriendo, es muy importante y urgente convencernos de que no podemos seguir ensayando las viejas soluciones de antaño. La tarea no resulta fácil, pues casi significa un cambio de conciencia a nivel nacional. Algo así no se logra en pocos años, pero es necesario que empecemos hoy si deseamos que nuestros hijos conozcan y disfruten un México diferente y mejor.

            En este esfuerzo titánico, las autoridades juegan un papel decisivo. Para vencer la inercia de tantos años, en especial durante las primeras fases, es necesario emplear la firmeza y tener una voluntad inquebrantable que se exprese en planes a largo plazo, con programas que trasciendan los sucesivos cambios de la estafeta gubernamental. Eso implica necesariamente hacer a un lado los intereses personales y de partido en aras de la mejora de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de los ciudadanos.

            Parece imposible, pero otros países lo han logrado. ¿De dónde podría surgir la inmensa energía que se necesita? Si en el párrafo precedente señalé que la coordinación recae en las autoridades, el combustible para que la maquinaria se ponga y se mantenga en movimiento debe provenir de la ciudadanía. Aunque existen notables excepciones, la inmensa mayoría de la población permanece indiferente ante lo que está pasando. A la indiferencia se suma la ignorancia de la realidad social y el apremio por obtener lo necesario para sobrevivir. La combinación de un alto porcentaje de personas que viven en la pobreza –más de la mitad de la población total­– y una casta de privilegiados que demandan ingentes cantidades de recursos para mantener su tren de vida, ha mermado significativamente la clase media que es el equilibrio de toda sociedad progresista.

            Las consideraciones precedentes pueden aplicarse también al sistema sanitario. No podemos seguir aplicando de manera acrítica soluciones añejas que pudieron ser útiles en el pasado. Lo hecho exige una evaluación objetiva para que podamos rescatar lo que siga siendo útil. Lo demás deberá ser desechado. La realidad actual en el campo de la salud pública y en la enseñanza y práctica de la medicina ofrece grandes desafíos que no pueden conjurarse con los viejos esquemas. Esta realidad exige el concurso de mentes más jóvenes, sin atavismos, dispuestas a poner en práctica soluciones nunca antes imaginadas. Sólo así podremos superar nuestra situación actual.

            México ya no es el que me presumía aquel colega hace algunos años. Ya no podemos seguir atando los perros con longaniza.

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One thought on “MESA DE AUTOPSIAS: YA NO SE ATAN LOS PERROS CON LONGANIZA.

  1. Estimado Dr Muñoz: como usted bien lo dice, brilla por su ausencia la participación ciudadana. Yo agregaría que está dividida la sociedad “divide y vencerás”, Deberíamos de poner primero a las personas y al final nuestros ideales, ideologías, creencias. Esa gente de eso se aprovecha, aprovechan las filias y las fobias de cada uno de nosotros. Saludos afectuosos

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