MESA DE AUTOPSIAS: CONTRA LA INDIFERENCIA.

Tal vez no sea nada más que una gota de agua dulce que cae en el amargo océano del escepticismo y de la indiferencia, pero deberíamos alegrarnos de una buena idea ahora puesta en marcha en España, por la Diputación Provincial de Granada, que consistirá en celebrar, anualmente, la entrada en la mayoría de edad, no sólo administrativa, sino también cívica, de los jóvenes que cumplan los dieciocho años. A cada uno de ellos se les entregará la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Constitución Española y el Estatuto de Autonomía de Andalucía”.

José Saramago. El último cuaderno, junio de 2009.

 

            Hace apenas unos días, la doctora Leticia Quintanilla de Fend, admirada colega y querida amiga, experta internacional en los cánceres de la sangre y los ganglios linfáticos, me comentaba a través del correo electrónico que mi última colaboración semanal, titulada “Un cirujano humanista y entrañable” le había gustado particularmente porque en ella yo no manifestaba la habitual indignación y frustración que han teñido mis últimos escritos.

            Pues volvemos a las andadas, porque hoy quiero compartir con mis improbables lectores la gesta enorme de un anciano llamado Stéphane Hessel. Nacido en Berlín hace casi 94 años, llegó con su familia a París cuando tenía siete años de edad. Naturalizado francés al cumplir los 20 años, ingresó a la Escuela Normal Superior en 1939, aunque no pudo proseguir sus estudios al estallar la Segunda Guerra Mundial.

            Con la ocupación de Francia por los alemanes, se incorporó a la Francia Libre del general De Gaulle y trabajó en la Oficina de Contraespionaje, Información y Acción. Apresado por la Gestapo, fue enviado al campo de concentración de Buchenwald en agosto de 1944, donde fue torturado. Un día antes de ser ahorcado, cambió su identidad por la de un francés que había fallecido por tifus y salvó su vida en el último momento. Después, fue trasladado al campo de concentración de Rottleberode, de donde logró escapar. Sin embargo, fue capturado y enviado al campo de Dora. Escapó de nuevo para lograr su libertad definitiva.

            Como secretario del gabinete del cuerpo diplomático francés en la sede de las Naciones Unidas, en 1946 ingresó a la comisión encargada de la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Hoy es el único superviviente de los doce redactores originales de la Declaración, que fue adoptada el 10 de diciembre de 1948 por las Naciones Unidas. Posteriormente, desempeñó varios cargos diplomáticos, incluyendo el de embajador de Francia ante las Naciones Unidas en Ginebra.

            El caso es que, a finales del año 2010, Stepháne Hessel publicó un librito que se ha convertido en un fenómeno de ventas en Francia y en el resto de los países europeos. Se trata de una obra breve, de apenas 30 páginas en su versión original en francés, que se titula “Indignez vous!” (¡Indignaos! o ¡Indígnense!, como diríamos en México), cuya traducción al español por la Editorial Destino acaba de llegar a las librerías. En su versión hispana, el libro contiene un prólogo del respetado economista y escritor José Luis Sampedro y un apéndice del editor en el que da algunos datos biográficos del autor. Esta versión sigue siendo sucinta: sólo sesenta páginas.

            El libro es un llamado enérgico pero sereno de un viejo miembro del Consejo General de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, dirigido principalmente a la juventud de hoy. Como dice el subtítulo “un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica”. Una arenga para que la juventud rechace la molicie y tome en sus manos el destino del mundo. Un mundo cada vez más hostil para el ser humano. Y no sólo para los más desprotegidos. La ausencia de solidaridad en la que se basa el brutal enriquecimiento de unos pocos amenaza seriamente las medidas de seguridad social para aquellos que han trabajado honradamente toda su vida.

            Hessel nos recuerda que la indignación fue el incentivo de la resistencia frente a la ocupación nazi. De la dolorosa experiencia de la Segunda Guerra Mundial surgieron iniciativas tendientes a preservar la dignidad del individuo, especialmente en la vejez, cuando es más vulnerable. De acuerdo a Hessel, fue en aquella época cuando se decidió otorgar “una jubilación que permita a los viejos trabajadores acabar dignamente sus días”. Y también cuando se vio la necesidad de poner a salvo el interés general de las ambiciones individuales o corporativas: “el reintegro a la nación de los grandes medios de producción monopolizados, fruto del trabajo común, de las fuentes de energía, de la riqueza del subsuelo, de las compañías de seguros”. Y no olvida el valor de la educación pública –tan degradada en nuestro propio país– cuando nos dice que el Estado debe garantizar “la posibilidad efectiva para todos los niños franceses de beneficiarse de una instrucción desarrollada”.

            Con las tendencias económicas y políticas que hoy están en boga, el llamado de Hessel parece, en el mejor de los casos, obsoleto e ingenuo y, con toda intención, peligrosamente revolucionario. Lo es y yo me alegro mucho. No somos pocos los que estamos hartos de tanta mentira institucionalizada. De tantos diagnósticos “certeros” de los brillantes ejecutivos, generalmente muy jóvenes y manipulables, egresados de los más prestigiosos centros universitarios de los países desarrollados o de sus sucursales en el Tercer Mundo.

            Nos dice Stepháne Hessel que los principios emanados del Consejo General de la Resistencia tras aquel conflicto bélico “son hoy más necesarios que nunca. Todos juntos debemos velar para que nuestra sociedad sea una sociedad de la que podamos estar orgullosos: no esa sociedad de sin papeles, de expulsiones, de recelo hacia los inmigrantes; no esa sociedad que pone en duda la jubilación, el derecho a la Seguridad Social; no esa sociedad donde los medios de comunicación están en manos de la gente pudiente”.

            Y el vigoroso anciano exige “la instauración de una verdadera democracia económica y social, que implique el retiro de las grandes feudalidades económicas y financieras de la dirección de la economía. El interés general debe primar sobre el interés particular y el reparto justo de las riquezas creadas por el mundo del trabajo, sobre el poder del dinero”.

            ¿Por qué Hessel hace este llamado a los jóvenes de hoy? Se puede resumir en sus propias palabras: “el poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente y egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado”.

            Y para concluir, sus últimas palabras son: “A aquellos que harán el siglo XXI, les decimos, con todo nuestro afecto: CREAR ES RESISTIR. RESISTIR ES CREAR”. Nada mal para un anciano de 93 años que sabe que el final ya no está muy lejos.

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