MESA DE AUTOPSIAS: ORÍGENES NO TAN MEMORABLES.

El médico griego más famoso fue Galeno (131-200 d.C.). Era un hombre imponente y tenía una respuesta para todo, estableciendo un modelo de personalidad entre los médicos que ha persistido hasta la actualidad”.

Richard Gordon. The alarming history of medicine, 1993.

 

            En los próximos meses, tendré que dar dos conferencias más sobre William Osler, el médico clínico más distinguido de todos los tiempos. Para mí, siempre es un gran placer leer sus escritos y conferencias y ahondar en su biografía. En cada ocasión que lo hago, descubro facetas nuevas y obtengo enseñanzas que puedo aplicar hoy con gran provecho en el ejercicio de mi profesión. Lo que equivale a decir que su ejemplo vital y su pensamiento siguen iluminando el sendero profesional y humano de quien se adentra en ellos.

            Ya es un lugar común decir que para los médicos resulta formativo estudiar la historia de la medicina. Sin embargo, pocos colegas se interesan en ir más allá de lo que algún día pudieron conocer durante su paso por la universidad. Y casi siempre se trata de algunas referencias a personajes que nos parecen lejanos, a veces heroicos y casi siempre desconectados con la realidad en la que trabajamos los médicos de hoy. Sin embargo, esa percepción es errónea. Y, a veces, poco hacen los profesores de historia de la medicina para corregirla.

            Será porque mi padre me decía “hijo, tu debiste haber nacido en el siglo XVII” o por mi dilatada afición a lo antiguo, pero a mí me pasa exactamente lo contrario. Encuentro íntimas resonancias con los personajes de la antigüedad. Ayer se lo decía a mis hijos cuando les comentaba sobre la reciente aparición de “La tierra de las cuevas pintadas”, la última novela de la saga “Los hijos de la tierra”, de Jean M. Auel, serie de relatos que transcurren en la Europa prehistórica. Les confesé mi profunda simpatía por los neandertales, esos hombres prehistóricos que hasta hace poco pasaban por ser más o menos los tontos del pueblo en el mundo de la paleontología. Por fortuna, los últimos descubrimientos han destruido ese estereotipo y, además, se ha demostrado que sus genes forman parte de nuestro propio material genético. No nos conviene recordarlos como nobles brutos. Sería como escupir hacia arriba.

            Si siento como algo entrañable las fatigas de los neandertales, qué podré decir de lo que me une a quienes me antecedieron en la práctica de la medicina y se distinguieron en ella aportando algún beneficio al género humano y heredándome conocimientos que hacen más llevadera la mía. En mi panteón personal –en el sentido clásico del término– hay algunos a quienes venero especialmente. William Osler es uno de ellos. La lectura de su biografía –espléndida la escrita por Michael Bliss– me ha dado una lección que deseo compartir.

            Escudriñando en su historia familiar, aparece su tío cirujano Edward Osler, todo un personaje. Empezó a trabajar como aprendiz de cirujano en Falmouth, su pueblo natal en la península de Cornualles, que forma el extremo suroccidental de Inglaterra. Luego se trasladó a Londres con su padre, del mismo nombre, para terminar su formación. En junio de 1816, padre e hijo, visitaron la escuela de anatomía de Joshua Brookes, situada en Blenheim Street. Era la única en Londres que abría durante el verano, ya que las demás cerraban en temporada de calor por la acelerada descomposición de los cadáveres. Cuando Brookes, descrito por un colega como “la persona más sucia que jamás haya visto en la profesión”, quiso enseñar a los Osler su “museo” anatómico, Edward padre no pudo resistir la terrible peste que emanaba del recinto. Dejemos al aspirante a cirujano describir personalmente cómo era el trabajo en aquella escuela de anatomía:

            “Al segundo día de mi estancia, entré en la sala de disección por primera vez. El primer objeto con el que tropezó mi vista fue el cuerpo de un anciano estirado sobre un tablón en el patio, con el cerebro fuera y el cuero cabelludo colgando sobre sus orejas, y sus desaliñados y blancos mechones apelmazados por la sangre. Un lobo hambriento le gruñía, y se esforzaba por acercarse cuanto su cadena le permitía. A su lado había un barreño lleno de carne humana, del que algunos trozos se los di a las águilas, que los devoraron con avidez. Al entrar en la habitación el hedor era abominable. Unos veinte tipos estaban trabajando, cortando miembros y cuerpos, en todas las fases de putrefacción y de todos los colores, negros verdes, amarillos, azules, mientras los discípulos los disecaban, aparentemente con tanto placer como si estuvieran trinchando su comida”.

            Una escena dantesca que pone a prueba el estómago. Lo mismo puede decirse de las condiciones en las que trabajaba dos siglos antes el doctor Thomas Willis, cuyas disecciones dieron inicio a los estudios del cerebro que hoy conocemos como neurociencias. Parece mentira que de tan poco edificantes actividades haya surgido la medicina de la que hoy nos sentimos tan orgullosos. Vale la pena recordarlo, no vaya a ser que pequemos de soberbia, un vicio tan poco extendido entre los médicos de todas las épocas y “casi” inexistente hoy.

            Y lo que ocurría con la práctica de la cirugía –todavía no se inventaban ni la anestesia ni la antisepsia– no se quedaba a la zaga. Nuevamente, Edward Osler hijo, que asistió a clases en los hospitales Guy y Santo Tomás de Londres, nos cuenta lo que vio:

            “Esta mañana en el Santo Tomás el señor Travers castró a un irlandés, que gritaba con todas sus fuerzas. Estaba prevista una operación de hidrocele (un quiste escrotal) en un pobre diablo de sastre, pero quedó tan asustado, supongo, por las terribles protestas del irlandés, que no subió a la mesa (de operaciones). El señor Travers intentó persuadirlo de que se sometiera a la operación, pero en vano, y acompañó la negativa con gestos que produjeron tal efecto en su pálida, temblorosa, y vacía expresión de sastre que todo el anfiteatro prorrumpió en ruidosas carcajadas”.

            Conocer los orígenes de nuestra profesión puede llegar a ejercer un saludable efecto en nuestra conducta profesional. Ayuda a bajar de ese pedestal al que algunos se han subido aupados por la tecnología médica moderna. No es que esté en contra de los avances de la medicina actual. Todo lo contrario. En mi especialidad, la anatomía patológica, usamos cotidianamente algunos de los avances tecnológicos que derivan del reciente conocimiento molecular del ser humano. Pero creo firmemente que estas técnicas deben usarse con el juicio clínico en mente y estar siempre al servicio del paciente, no para justificar su expolio.

            Por otro lado, cuando contemplo a través del estudio y la lectura los tremendos afanes, muchas veces anónimos y poco correspondidos, de tantos y tantos médicos que me precedieron, crece en mi interior una profunda simpatía por ellos y la satisfacción de pertenecer a este gremio que, aunque a veces extraviado, ha hecho tanto por sus semejantes. Esa satisfacción no es gratuita, porque exige de mí el intento de emularlos, o de, por lo menos, entregarme con pasión y honradez a mi quehacer profesional.

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