MESA DE AUTOPSIAS: UN SUEÑO QUE PODRÍAMOS ALCANZAR.

Lo mejor del país, o nada en absoluto hasta que podamos ver nuestro camino para seguir de acuerdo con nuestros planes originales. Hemos gastado mucho dinero en los edificios del Hospital y hemos hablado demasiado en América y Europa para que ahora hagamos otra cosa –al menos yo así lo he hecho. Creo que mis amigos ‘me echarían del grupo’ si abogase por una facultad de bajo estándar”.

Francis T. King a John Shaw Billings, planeando la Facultad de Medicina Johns Hopkins. 13 de febrero de 1887.

 

            A diferencia de la mayor parte de mis compañeros y de los médicos en general, yo no hice el servicio social en un centro de salud urbano o en un pueblo, intentando poner en práctica el fragmentario conocimiento médico y la escasa experiencia que se adquieren después de cinco años en la universidad y un año de hospital conocido como internado de pregrado. Deseaba conocer de cerca el Instituto Nacional de la Nutrición Salvador Zubirán, uno de los centros hospitalarios de mayor renombre en el país. Existía la posibilidad de realizar el servicio social en aquel lugar colaborando en alguna investigación clínica y, con la firme idea de redondear mi formación general antes de especializarme, busqué la oportunidad.

            Había dos lugares, uno en el Departamento de Reumatología e Inmunología y el otro en el Departamento de Gastroenterología. Tras saber que en el primero también aspiraba a la plaza la hija del jefe del Departamento –el famoso doctor Donato Alarcón Segovia, q.e.p.d. –, opté por solicitar la tutoría del doctor José de Jesús Villalobos Pérez, jefe del Departamento de Gastroenterología. Bajo la guía del bondadoso doctor Villalobos, colaboré en sus investigaciones epidemiológicas sobre el cáncer del tubo digestivo y en varios proyectos de investigación clínica donde se probaba la eficacia de medicamentos para la gastritis y la úlcera duodenal.

            Ese año fue crucial en mi vida. Ante mis ojos llenos de asombro, fui testigo cercano de una forma de practicar la medicina que no había visto antes, en la que se combinaba un profundo orgullo institucional y un notable rigor científico, con las condiciones más propicias para aprender la profesión. En el Instituto –hoy rebautizado como Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán– todo estaba dispuesto para que uno se entregase casi sin restricciones al estudio de la medicina con los más altos estándares que pueden darse en México. No digo que sea el único lugar para aprender, pero es, sin duda alguna, uno de los mejores.

            Tras aprobar el examen de admisión y durante las entrevistas que, junto al cuestionario de aptitudes, completaban el proceso de selección, el doctor Leonardo Viniegra Velázquez, coordinador de enseñanza, me preguntó qué planeaba hacer después de terminar mi residencia (un año de medicina interna y tres de anatomía patológica). Le contesté sin titubear: regresar a Aguascalientes para poner en práctica lo aprendido en el Instituto.

            Si bien al terminar aquellos cuatro años todavía permanecí allí año y medio más como patólogo adscrito y coqueteé con la posibilidad de estudiar patología renal en el Hospital Brigham and Women’s de Boston –ya había iniciado conversaciones con el doctor Helmut G. Rennke, nefropatólogo y profesor de la Universidad de Harvard–, los acontecimientos dieron un giro que me condujo de regreso a Aguascalientes a finales de octubre de 1992.

            Mi esposa Lucila, compañera de estudios desde la Universidad Autónoma de Aguascalientes, hizo la residencia de pediatría y la subespecialidad de infectología pediátrica en el Instituto Nacional de Pediatría, muy cerca del lugar donde yo me preparaba como patólogo. Al volver a Aguascalientes y con unos pocos meses de diferencia –Lucila daría a luz a nuestra hija Brenda apenas un mes después de nuestro regreso–, ambos nos incorporamos a la plantilla de médicos del hoy Centenario Hospital Miguel Hidalgo, lugar que en aquellos momentos acogía a un número significativo de médicos jóvenes provenientes de los mejores hospitales del país.

            Se vivía un ambiente de efervescencia académica y no éramos pocos los que veíamos posible reproducir en el Hospital Hidalgo lo que habíamos visto y vivido en los hospitales donde habíamos realizado la residencia. Esa forma de enseñar y practicar la medicina dominada por la pasión de servir a los pacientes con lo mejor y más moderno que puede ofrecerse en el ámbito médico. Soñábamos con practicar en Aguascalientes una medicina de avanzada dentro del sector público y enseñar la profesión en las aulas universitarias para infunidir en los jóvenes estudiantes esa “pasión médica” que nos consumía por dentro.

            Mis profesores del Departamento de Morfología de la Universidad Autónoma de Aguascalientes –desde mis días de estudiante había sido el primer alumno instructor del laboratorio de histología de esa casa de estudios– me recibieron con los brazos abiertos como a uno más de los suyos y, a la primera oportunidad, presenté y aprobé sendos exámenes de oposición para impartir las cátedras de histología y anatomía patológica.

            Enseñé la primera 14 años –vuelvo a enseñarla ahora en la Universidad Cuauhtémoc– y la segunda dos o tres años. Ciertas modificaciones en el plan de estudios y la nula recepción de algunos directivos universitarios a mi propuesta de enseñar la anatomía patológica en el Hospital Hidalgo –algo claramente ventajoso para los estudiantes, que tendrían acceso inmediato a las autopsias y las piezas quirúrgicas– me obligó a renunciar a esta cátedra. Parte del conocimiento del medio en el que nos desenvolvemos está en aprender que, a veces, la bondad, la claridad y lógica de un argumento no son suficientes para vencer las costumbres muy arraigadas, por más obsoletas que sean.

            Con el paso del tiempo, he aprendido a atemperar los ardores juveniles con la serenidad que da la experiencia. Un año como director médico del Hospital Hidalgo me confirmó que nada está por encima de la familia y que, ante los intereses mundanos, de poco sirven los más altos ideales. Las mejores lecciones se obtienen de las caídas, no de los triunfos.

            A casi 20 años de distancia, muchas cosan han sucedido. La efervescencia académica que mencioné, como la esperanza de la paz y la justicia que todavía tenemos muchos mexicanos, ha venido a menos. De todo lo acontecido, lo más significativo en el camino hacia la consecución de los sueños profesionales en el sector público ha sido el proyecto del Nuevo Hospital Hidalgo, hoy puesto seriamente en duda.

            Por más que se empeñen los discursos en repetir lo contrario, el progreso de los pueblos no es un destino garantizado. Se puede involucionar, lo que el diccionario define como “dicho de un proceso biológico, político, cultural, económico, etc.: retoceder (volver atrás)”. Ante ese riesgo nos encontramos hoy más cerca que nunca. Con todo y todo, la pasión de la que hablé antes sigue viva, pero sus llamas arden hoy mansamente, casi como brasas.

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