MESA DE AUTOPSIAS: LA BIBLIOTECA JUNTO A LA CAMA.

Versos humanos, ¿por qué no? Soy hombre

y nada de lo humano debe serme ajeno.

Pena, amor, amistad. Si hay quien se asombre,

si hay quien se escandalice, es que no es hombre”.

Gerardo Diego, Versos humanos. 1925.

 

            Con una amabilidad muy difícil de rechazar, se me ha invitado a participar en un ciclo de conferencias dirigidas a estudiantes de medicina. De las dos charlas incluidas en esta invitación, la que encuentro más difícil de preparar es la titulada “¿Cómo fomentar el humanismo en medicina?”. Y es que en un entorno nacional y estatal donde la lectura no es una afición muy extendida, aquellos a quienes nos gusta leer o, por lo menos, cargar libros de un sitio para otro, nos cuelgan el sambenito de “cultos”. Ya lo reza el refrán: “en el país de los ciegos, el tuerto es el rey”. Sin falsas modestias, debo dejar muy claro que para merecer y acreditar ese calificativo no me alcanzarán los años que me quedan por vivir.

            En mi caso, esa monomanía de adquirir libros –leerlos es otro cantar y asimilar su contenido es casi una utopía– tiene una larga historia que se remonta a los años de mi infancia. Mis padres, privados de una formación escolar regular por la Guerra Civil Española, eran, sin embargo, lectores cotidianos y se interesaban vivamente por el acontecer del mundo. Nunca faltaron los periódicos en casa y tampoco algunas revistas. Recuerdo bien la llegada semanal de la revista “¡Hola!”, con la que mi abuelo Luis aparecía todos los domingos por la mañana junto con una bolsa de churros para el desayuno. Siempre tuve enciclopedias cerca de mí, porque mi madre decía a menudo que “el saber no ocupa lugar”.

            El caso es que, enfrentado ante el compromiso inminente de disertar frente a los estudiantes sobre el humanismo médico, la primera dificultad estriba en encontrar el modo de atraerlos a esta noble causa sin aburrirlos con el argumento trillado y más que reiterado de la importancia de la lectura en la formación y actualización vitalicia que debe distinguir al médico. No abundaré en ello porque la importancia de la lectura para el médico está fuera de toda discusión.

            Y no sólo me refiero a la lectura técnica, necesaria para no quedarse atrás en los muchos detalles de la profesión, sino también a la lectura que nutre esa parte de nosotros mismos que nos permite ejercer lo que llamamos el arte de la medicina. La lectura sobre todo aquello que atañe al hombre sano y enfermo, lo que sabemos hoy acerca de la naturaleza humana y lo que podemos vislumbrar sobre el mundo del espíritu. Por fortuna, materia prima hay de sobra.

            Recurro una vez más al estudio de uno de los grandes médicos universales para lograr mi propósito con los estudiantes. Pocos como el bibliófilo William Osler, quien, a lo largo de su vida, fue reuniendo una biblioteca monumental que llegó a tener más de ocho mil volúmenes. También dejó testimonio de su amor por los libros en numerosas ocasiones. En el discurso titulado “Los libros y los hombres”, que pronunció  en la inauguración del nuevo edificio de la Biblioteca Médica de Boston el 12 de enero de 1901, dijo lo siguiente: “La educación superior tan necesaria hoy en día no se da en la facultad, no se compra en la plaza del mercado, sino que ha de ser trabajada en cada uno por sí mismo; es fruto de la silenciosa influencia de carácter sobre carácter, y no hay modo más eficaz que la contemplación de las vidas de los grandes y buenos del pasado, que el toque divino de los nobles personajes que se han ido”.

            La única forma de que el médico adquiera esa educación superior a la que hace referencia William Osler es estando en contacto con los grandes espíritus de todos los tiempos que, para suerte nuestra, podemos tener al alcance con la lectura de su vida y de su obra. En este contexto, la lectura deja de ser un simple pasatiempo –aunque puede seguir siendo muy placentera– para convertirse en el centro de nuestro mejoramiento profesional y humano, un objetivo que todos los médicos debemos perseguir sin descanso. Ejercer la profesión con una compenetración cada vez mayor con nuestros pacientes. Una comprensión cada vez más profunda de sus necesidades y un ejercicio magistral, a la par que sensible, del conocimiento científico. No son metas alcanzables a corto plazo. Precisamente por eso, su consecución debe iniciar desde que hollamos el recinto universitario. O tal vez antes.

            Osler dijo textualmente que “puede adquirirse una educación humanística a pequeño coste de tiempo y dinero. Por muy apretada que tengáis la agenda del día… procurad alcanzar la educación, sino de un erudito, al menos de un caballero. Antes de entregaros al sueño leed al menos media hora, y por la mañana tened un libro abierto encima de vuestro tocador. Quedaréis sorprendidos de cuánto puede conseguirse en el transcurso de un año”.

            Esa “biblioteca junto a la cama” que recomienda Osler está compuesta por los siguientes libros: la Biblia, las obras de Shakespeare, los Ensayos de Montaigne, las Vidas de Plutarco, las Meditaciones de Marco Aurelio, las Disertaciones de Epicteto, La religión de un médico de Thomas Browne, Don Quijote de la Mancha de Cervantes, las obras de Emerson y las de Oliver Wendell Holmes. Son libros que por su carácter de clásicos siguen siendo completamente vigentes, aunque algunos son poco conocidos en nuestro medio, como los de Browne y Wendell Holmes. Desde entonces, la producción bibliográfica se ha enriquecido notablemente.

            Una de las repuestas a la pregunta “¿Cómo fomentar el humanismo en medicina?” es necesariamente la de estimular en los jóvenes, de los que saldrán algunos estudiantes de medicina, el hábito gozoso de la lectura. Esa es una responsabilidad que recae primordialmente en los padres y los maestros de la educación básica. Aunque al ingreso en la escuela de medicina, debe animarse a los alumnos para que vayan formando su propia biblioteca, tanto con los volúmenes indispensables de las materias básicas y clínicas, como con libros como los recomendados por William Osler.

            Me atrevería a agregar algunos libros más que considero también indispensables, como “Los tónicos de la voluntad” de Santiago Ramón y Cajal, “Consejos a un joven científico” de Peter Medawar, “Doctors. The Biography of Medicine” de Sherwin Nuland, “La naturaleza humana” de Jesús Mosterín y “El camino de los griegos” de Edith Hamilton. Esta lista es apenas un esbozo y nunca llegará a ser completa. Tampoco se puede prescindir de “Aequanimitas con otras conferencias a estudiantes de medicina, enfermeras y médicos” del propio William Osler y un magnífico estudio de las virtudes del gran médico titulado “Osler. Inspirations from a great physician” de Charles S. Bryan.

            El médico de ayer, de hoy y de mañana necesita tomar contacto con “los grandes y buenos” si aspira a servir con lo mejor de sí mismo a quienes se debe. Invitémosle a que forme su biblioteca desde sus años de estudiante.

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2 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: LA BIBLIOTECA JUNTO A LA CAMA.

  1. Quería agradecerle su dedicación todas las semanas a mostrarnos, con sus escritos, el concepto y su visión del médico (y patólogo); son verdaderamente inspiradores. Y gracias por sus recomendaciones literarias. Saludos de otro patólogo.

  2. Pues el agradecido soy yo, apreciado colega. Siempre resulta una motivación recibir comentarios como el suyo. Le mando saludos afectuosos.
    Luis Muñoz.

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