MESA DE AUTOPSIAS: EL HOMBRE DE LOS DIEZ CENTAVOS.

Puesto que entonces nadie conocía la fuente del contagio, era posible sospechar de casi todo, incluso de los escuálidos gatos callejeros que se acercaban a nuestros cubos de basura en el patio trasero, de los macilentos y hambrientos perros vagabundos que rodeaban a hurtadillas las casas y defecaban en la acera y en la calle, y de las palomas que zureaban en los glabetes de las casas y ensuciaban los escalones de la entrada con sus blancuzcos excrementos”.

Philip Roth, Némesis. 2011.

 

            En los días de mi infancia era relativamente común ver niños con secuelas de poliomielitis. Uno los identificaba con facilidad. Muchos eran asimétricos. Una de sus piernas era mucho más delgada, la arrastraban al caminar, aunque uno no sabía si aquella dificultad era por la atrofia muscular o por el pesado aparato de metal y cuero con el que la mantenían sujeta y firme. Claro que también los había afectados de las dos piernas que se impulsaban con muletas o se desplazaban sentados en una silla de ruedas. Siempre me llamaba la atención la notable delgadez de su musculatura. Piernas como palillos que no los podían sostener de pie sin algún tipo de ayuda.

            La poliomielitis era conocida como parálisis infantil porque la mayoría de sus víctimas eran niños. Sin embargo, el mal podía cebarse con los adultos, como le ocurrió al poliomielítico más famoso de la historia: Franklin Delano Roosevelt, quien fuera el trigésimo segundo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Roosevelt contrajo la enfermedad cuando tenía 39 años de edad y, desde entonces, tuvo que usar unas abrazaderas de acero y cuero desde las caderas hasta los pies para mantenerse erguido. Lo que no le impidió ganar las elecciones para presidente en cuatro ocasiones –1933, 1937, 1941 y 1945– y morir de causas naturales durante su último período al frente de la Casa Blanca.

            En 1924, Franklin D. Roosevelt descubrió el balneario de Warm Springs, lugar que llegó a convertirse en uno de los símbolos de su cruzada contra la polio. En aquel lugar ubicado a una hora en dirección sur desde Atlanta, convivió con otros discapacitados y nadó en sus aguas termales, lo que le proporcionó mayor fortaleza física y solaz a su espíritu atormentado. Un herrero local le construyó un dispositivo que le permitió manejar su coche en carretera, lo que estrechó su contacto con la gente común y corriente y le hizo conocer sus verdaderas necesidades. Todo ello contribuyó a reforzar su visión de una nación que usando su inteligencia, fuerza de voluntad y solidaridad podía enfrentar y vencer los obstáculos.

            Franklin D. Roosevelt condujo buena parte de los esfuerzos bélicos de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, enfrentó la enorme crisis económica de la Gran Depresión y libró su propia batalla contra la poliomielitis. El 3 de enero de 1938 creó la Fundación Nacional para la Parálisis Infantil, que más tarde se llamaría  “La marcha de los 10 centavos” (“The March of Dimes”), una institución benéfica de alcance nacional cuyo objetivo era recolectar fondos para la investigación sobre la poliomielitis y para ayudar a los afectados por este mal. Desde su nombre, esta iniciativa se distinguió por su carácter público, sin ninguna filiación partidista. Su lema –“Hermano, ¿tendrás diez centavos que puedas regalar?” – era un llamado a la filantropía muy difícil de resistir.

            Es probable que la vocación de servicio a los demás que distinguió a Roosevelt le fuera inculcada desde una edad temprana cuando estudió en la Groton School, un internado de estudiantes de la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos cuyo director, Endicott Peabody, imbuía a los alumnos el deber cristiano de ayudar a los menos favorecidos y los instaba a seguir una carrera en el servicio público.

            Durante los primeros 17 años, “La marcha de los 10 centavos” financió las pesquisas de muchos virólogos y otros investigadores de la poliomielitis. El 12 de abril de 1955, el Centro de evaluación de la vacuna de la poliomielitis ubicado en la Universidad de Michigan organizó un congreso para anunciar que la vacuna desarrollada por Jonas Salk era “segura, potente y efectiva”. Un estudio clínico realizado en un millón ochocientos mil escolares permitió demostrar que la vacuna podía evitar la aparición de la polio paralítica del 80 al 90 % de los casos. Tanto el trabajo realizado por Jonas Salk como el de Albert Sabin, quien desarrolló una vacuna efectiva que se administra por vía oral, fueron posibles gracias a “La marcha de los diez centavos”.

            En 1932, el pueblo de los Estados Unidos eligió como su presidente a “un hombre inválido” –según señaló Gallagher– para “arreglar una economía inválida con un gobierno inválido”. Aunque nunca se refirió a su propia enfermedad en público, Roosevelt dijo a menudo que el sufrimiento de “los polios” –tal como estos enfermos se referían a ellos mismos– fue lo que lo impulsó para obtener toda la ayuda posible a su favor.

            Supo unir en el discurso la causa de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial con la cruzada contra la poliomielitis. En sus propias palabras, señaló que “la unidad de nuestro pueblo en torno a los discapacitados, protegiendo el bienestar de nuestros jóvenes y salvaguardando el principio eterno de la  bondad es la evidencia de nuestra fortaleza fundamental… ¡Qué diferente es en la tierra de nuestros enemigos! En Alemania y Japón, la utilidad del individuo sólo se mide por su contribución directa a la maquinaria bélica”.

            Cuando leo historias como la que expuse en los párrafos precedentes y miro a mi alrededor, me pregunto dónde estamos hoy. Sé bien que la grandeza humana no se ha extinguido, pero pareciese como si su espíritu se hubiese achicado, acobardado, escondido y acaso también vendido.

            Aquellos que hoy se oponen al progreso de la salud pública y, más concretamente, a la creación de nuevas instituciones que impulsen el desarrollo de la medicina, lo hacen desde la comodidad de sus necesidades resueltas y, tal vez, atrincherados tras intereses inconfesables.

            No hay excusa posible cuando uno vive día a día la infinita necesidad de nuestro pueblo. Cuando uno ve el inmenso sufrimiento que deriva de la escasez de espacios físicos apropiados, del dolor y la muerte que se multiplican por la carencia de instrumentos, medicamentos y personal calificado. Del desánimo y la falta de compromiso que se generan cuando no se reconoce la capacidad ni se premia la preparación. Cuando lo único que vale es la astucia y el oportunismo.

            En estos momentos de tanta oscuridad es cuando debemos buscar una luz como la que guiaba al hombre de los diez centavos. ¿Dónde se encontrará?

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