MESA DE AUTOPSIAS: EL MÉDICO FELIZ DE SERLO.

Estudiantes de medicina: este día puede ser para vosotros, como lo fue para mí hace treinta y cinco años, cuando entré en esta facultad, el comienzo de una vida feliz en una vocación feliz”.

William Osler, La palabra clave en medicina. 1903.

 

            Pasan los días que me acercan al compromiso de hablar sobre William Osler, el médico clínico más influyente, querido y admirado de toda la historia, y siento por él una simpatía creciente y una cercanía que en nada merma la convicción de que fue un médico único, imposible de alcanzar en sus más destacadas facetas de profesional y humanista. Esa cercanía nace de la comprensión de que, a pesar de todas sus cualidades rara vez reunidas con tal esplendor en un solo médico, trasluce la consoladora convicción de su humanidad. Su condición de hombre que borra, aunque sea por un breve momento, toda diferencia con quienes cultivamos su misma profesión.

            Durante estas semanas sumergido de una manera especialmente intensiva en el estudio de su persona –la afición osleriana no es nueva para mí– también me he preguntado si merece la pena profundizar en la vida y obra del famoso médico. Mi interés por saber de los hombres ilustres no es ni ha sido un simple entretenimiento. Es la necesidad de tener modelos, de obtener respuestas, pautas de comportamiento en la vida y en la profesión. A mis alumnos siempre les recomiendo que tengan héroes cuyo valor haya superado la prueba del tiempo. Junto a Cajal, Maimónides, Virchow, Lister, Darwin, Ignacio Chávez y otros, William Osler es uno de esos héroes para mí.

            El estudio de la vida y la obra de un médico de finales del siglo XIX y principios del siglo XX tiene resonancias insospechadas para un médico que ejerce justamente un siglo después. Lo expresa de manera muy clara John P. McGovern en la presentación de la obra “Un estilo de vida y otros discursos de Sir William Osler, con comentarios y anotaciones” por Shigeaki Hinohara y Hisae Niki (Fundación Lilly y Unión Editorial, 2007):

            “Aunque esta colección de los ensayos de Osler, con comentarios y notas, es eterna, su publicación difícilmente podría ser más oportuna. Encontrar el camino en el mundo de la medicina es hoy un reto desalentador, tanto para los que proporcionan cuidados médicos como para quienes los reciben. Actualmente la profesión de la medicina está bajo una presión de naturaleza raramente, o nunca, presenciada, mientras que la imagen del médico está puesta en duda cada vez más. Además del rápido crecimiento tecnológico y la masiva acumulación de datos científicos que los médicos deben comprender, asimilar y aplicar continuamente, otras fuerzas profundas han estado modelando la medicina y la cirugía a ritmo acelerado durante los últimos veinte años”.

            La presión de la que habla McGovern es una realidad que podemos percibir todos los días. Sin embargo, no siempre se manifiesta con claridad y no es raro que quienes la sufrimos no seamos plenamente conscientes de su existencia. Es además polimorfa. Adopta múltiples caras aparentemente distintas, pero si se les sigue la pista tienen un origen común: la entronización del poder y del dinero. O del poder que puede brindar el dinero. Todo parece tener un precio, hasta la ciencia misma. La motivación principal que siempre ha alentado la investigación científica, la búsqueda del conocimiento, se ve hoy más que nunca acorralada por consideraciones de índole económica.

            Se puede sentir el poder que esa presión tiene sobre la medicina cuando se observa que, para algunos médicos, la profesión ya no es un fin en sí misma, sino que se convierte en un medio para alcanzar otros objetivos. La vocación deja de ocupar un lugar central en la vida profesional para dar paso a un ejercicio de la medicina cuya finalidad principal es la adquisición de preeminencia social y bienes materiales. No es que el médico tenga que huir de ellos, pero algo anda mal cuando se convierten en su leitmotiv.

            Ese es uno de los motivos de regocijo cuando leemos a William Osler. Su vida y sus escritos destilan la profunda felicidad que él encontró en el ejercicio de su profesión. Huyó siempre de los cargos administrativos. Si aceptó nombramientos, lo hizo en los terrenos de su propio saber. Nunca se alejó de la medicina. Incluso sus aficiones fuera de la profesión –como el estudio de los clásicos y de la historia– estaban profundamente enraizadas en ella. Un ejemplo extraordinario de la realización personal en el pleno ejercicio de la vocación.

            Por lo que sabemos, Osler escogió ser médico sin calcular por anticipado los beneficios materiales que podrían obtenerse con la práctica profesional. Los principios morales que recibió de sus padres y, muy especialmente, de su madre Ellen Free Pickton, lo prepararon para ello. No fue un médico rico, aunque vivió buena parte de su vida con desahogo. Gracias a su prestigio profesional, atendió a personajes importantes y obtuvo cuantiosos honorarios. Las ventas de su libro “Los principios y la práctica de la medicina” –un auténtico éxito comercial que se convirtió en el libro de texto favorito de la mayoría de las escuelas de medicina en los países angloparlantes– le reportaron un ingreso asegurado por muchísimos años. Sin embargo, nunca dejó de trabajar.

            En 1903, Osler se dirigió a los estudiantes de medicina de la Universidad de Toronto –donde él había empezado sus estudios médicos treinta y cinco años antes– para revelarles la palabra secreta de la profesión. Esa palabra es simplemente el trabajo. Y lo expresó así:

            “Es el ábrete sésamo de todas las puertas, el gran igualador en el mundo, la verdadera piedra filosofal que transmuta el vil metal de la humanidad en oro. El hombre estúpido entre vosotros se hará inteligente, el inteligente brillante, y el estudiante brillante aplicado. Con la palabra mágica en el corazón todas las cosas son posibles, y sin ella todo estudio es vanidad y disgusto. Los milagros de la vida están con ella; el ciego ve con el tacto, el sordo oye con los ojos, el mudo habla con los dedos. Al joven proporciona esperanza, al de mediana edad confianza, al anciano sosiego. Verdadero bálsamo para las mentes heridas, en su presencia el corazón afligido se ilumina y consuela. Es responsable directa de todos los avances de la medicina en los últimos veinticinco siglos”.

            Aunque en cierta medida Osler fue un adicto al trabajo, especialmente durante su período en Johns Hopkins, siempre buscó el equilibrio vital. De hábitos moderados y muy celoso de su tiempo personal, supo atender a sus pacientes y les hizo sentir que eran únicos para él. Decía que la medicina era “una señora muy celosa” que no se conformaba con menos que la entrega total del médico. Tal vez por eso él se casó hasta los 42 años, pero supo ser un esposo dedicado, amoroso y un padre muy cariñoso para su único hijo Edward Revere. La muerte de éste en combate durante la Primera Guerra Mundial precipitó el fin de William Osler.

            La historia de su vida y lo que se encuentra en la lectura de sus discursos y cartas nos muestra un ejemplo a seguir que sigue siendo válido en los albores de este siglo XXI. Esa fortuna hoy tan escasa del médico que es feliz de serlo.

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