MESA DE AUTOPSIAS: EL GIGANTE DE LA CIRUGÍA (primera de tres partes).

La cirugía sería encantadora si no tuvieses que operar”.

William Stewart Halsted. 1852-1922.

 

            El episodio que sigue se encuentra en el prólogo del libro “Genius on the edge. The bizarre double life of Dr. William Stewart Halsted” (“El genio en el filo de la navaja. La extraña doble vida del doctor William Stweart Halsted”) de Gerald Imber. Dice más o menos así:

            “En abril de 1882, una mujer de 70 años fue tendida sobre la mesa de su cocina que, previamente, había sido cubierta con sábanas limpias. La anciana tenía fiebre, náuseas y se retorcía de un dolor abdominal que la atravesaba hasta la espalda. El doctor William Stewart Halsted, que había llegado en tren desde Nueva York, la examinó minuciosamente y palpó una zona inflamada en el cuadrante superior derecho de su abdomen. Sus ojos amarillentos y la respiración rápida y superficial anunciaban un pronto deceso fatal.

            El doctor Halsted sabía que estaba frente a un caso de inflamación aguda purulenta de la vesícula biliar asociada a cálculos –piedras– obstructivos. No esperó más. A las dos de la mañana inició la cirugía. Los instrumentos necesarios habían sido hervidos y sumergidos en una solución de ácido carbólico. Se remangó las mangas de su saco, se lavó las manos con jabón y ácido carbólico y se dispuso a operar. Tras disecar las capas de la pared abdominal, realizó una incisión en la vesícula biliar. Extrajo abundante pus y siete cálculos. Después de ligar con seda los vasos sangrantes, terminó la cirugía sin suturar la piel ni la grasa subyacente.

            La paciente se recuperó sin incidentes. Permaneció sin molestias los dos años que todavía vivió. El doctor Halsted había realizado la primera operación quirúrgica conocida para quitar los cálculos de la vesícula biliar. De esta manera, arrancó a su madre de las garras de la muerte”.

            William Stweart Halsted es el padre de la cirugía moderna en los Estados Unidos de Norteamérica y, por extensión, casi podríamos decir que del mundo entero. Nació en Nueva York, en el seno de una familia acomodada cuyos antepasados se habían establecido en Hempstead, Long Island, en 1660. Su padre era el presidente de Halsted, Haines y Co., una empresa familiar que se dedicaba a la importación de productos textiles y que había sido fundada a principios del siglo XIX. Los Halsted vivían en la Quinta Avenida y la Calle 14 y tenían una casa de campo en Irvington, Nueva York.

            Inició sus estudios universitarios en Yale, sin una vocación muy definida por la medicina. Sin embargo, en 1874, se inscribió como estudiante de medicina en el Colegio de Médicos y Cirujanos de Nueva York, afiliado a la Universidad de Columbia. Para él fue una revelación. Cursó los tres años correspondientes y se graduó con honores. Curiosamente, su tesis se tituló “Contraindicaciones de las operaciones quirúrgicas”. Terminó entre los 10 mejores alumnos de su clase, lo que le dio derecho a competir en un examen escrito que se premiaba con cien dólares. Lo ganó.

            Durante año y medio hizo su internado en el Hospital Bellevue y luego, de julio a octubre de 1878, fue jefe de residentes en el Hospital de Nueva York. Dada su condición social y el bajo nivel académico de la educación médica en los Estados Unidos, el siguiente paso fue inevitable. Se embarcó en un vapor para viajar a Europa, donde permanecería estudiando los siguientes dos años. Durante ese lapso, se prepararía en los hospitales más importantes del Imperio Austrohúngaro, tanto en Austria como en Alemania.

            Hizo estancias en Würzburg, donde estudió con Albert Kölliker, Leipzig, Berlin, Kiel, Halle y Hamburgo. De todas, la más significativa fue la de Viena, donde fue alumno del cirujano más importante de la época, el profesor Theodor Billroth. Halsted colaboró e hizo amistad con uno de los ayudantes más importantes de Billroth, el doctor Anton Wölfler. También fue alumno del patólogo Hans Chiari, el dermatólogo Moritz Kaposi y el oftalmólogo Ernst Fuchs.

            Durante el período europeo, William Halsted aprendió el enfoque de la investigación clínica que lo distinguiría el resto de su vida profesional y, particularmente, la técnica de la cirugía que lo llevaría a ocupar uno de los sitios más distinguidos en la historia de esta disciplina.

            Halsted regresó a Nueva York en septiembre de 1880. Gracias a la fama que lo precedía y a sus relaciones sociales, pronto encontró numerosas oportunidades para desarrollar su talento. Fue nombrado profesor de anatomía en el Colegio de Médicos y Cirujanos. También aceptó trabajar en la práctica privada como socio del doctor Sands en el Hospital Roosevelt, donde llegaría a fundar el Departamento de Consulta Externa.

            Además, en 1881 fue nombrado médico visitante del Hospital de la Caridad, una institución pública ubicada en la Isla Blackwell. Aunque su labor debía ser solamente clínica, los internos de aquel hospital esperaban hasta que los casos de cirugía programada se volvían urgencias con tal de ayudar en esas cirugías al doctor Halsted. En 1883, también aceptó el cargo de cirujano consultante en el Hospital de Emigrantes del Estado de Nueva York y de cirujano visitante en el Hospital Bellevue. Allí retomó y fortaleció la amistad con un antiguo camarada de sus días en Yale, el patólogo William Welch.

            Como colofón a este rosario de actividades, fue nombrado cirujano adscrito del Hospital Chambers Street y cirujano visitante en el Hospital  Presbiteriano. Estaba muy ocupado pero era muy feliz y empezó a adquirir la reputación de ser el líder de la vida médica en la ciudad de Nueva York. Su vida social era espléndida, llena de reuniones, fiestas, comidas y cenas que no parecían tener fin.

            Un episodio lo pinta de cuerpo entero en este período. Entusiasta de la cirugía aséptica para evitar hasta lo posible la contaminación bacteriana, se negó a operar en el Hospital Bellevue porque consideró que sus quirófanos no eran apropiados. No cejó hasta que reunió los diez mil dólares necesarios para mandar construir un quirófano especial con las condiciones idóneas que le permitiesen operar siguiendo los postulados que 20 años antes había proclamado Joseph Lister.

            Entre 1883 y 1886, Halsted publicó o presentó alrededor de 21 trabajos científicos sobre diversos temas. Su actividad era endiablada y su fama subía como la espuma. Sin embargo, pronto sucedería algo que lo obligaría a dar un giro radical y que lo marcaría para el resto de sus días.

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