MESA DE AUTOPSIAS: EL GIGANTE DE LA CIRUGÍA (segunda de tres partes).

Dale morfina. Si tú supieses lo terrible que es el sufrimiento del adicto a la cocaína, te aseguro que no le escatimarías la morfina”.

William Stewart Halsted. 1852-1922.

 

            En abril de 1884, Sigmund Freud, un joven médico establecido en Viena, se dirigió a la compañía farmacéutica Merck para saber del nuevo producto que estaban distribuyendo conocido como cocaína. Freud pensaba que valía la pena comprar un gramo para evaluar sus posibilidades terapéuticas como estimulante, pues se decía que los soldados alemanes habían combatido durante varios días sin fatiga, sueño ni hambre bajo sus efectos. Una sustancia conocida durante siglos por los indígenas sudamericanos, había sido extraída de la hoja de la coca recientemente por los químicos de Merck. Diluida en alcohol, la cocaína era fácil de manipular. Freud empezó a buscar la dosis adecuada y la probó en sí mismo, sintiendo de inmediato sus efectos euforizantes. Otros la probaron a bajas dosis y llegó a ser considerada una recreación placentera.

            Freud también notó que, cuando la cocaína se administraba por vía oral, ocasionaba adormecimiento de los labios y la lengua. Carl Koller, un residente de oftalmología, empezó a experimentar con la cocaína como anestésico local en las cirugías oculares. Obtuvo buenos resultados que llevó al Congreso Oftalmológico de Heildelberg en septiembre de 1884. Con ello alcanzó fama internacional. Un mes después, el doctor Henry Noyes, quien había asistido al congreso en Heildelberg, publicó un artículo sobre el trabajo de Koller en el New York Medical Record. Este artículo fue leído por William Halsted, que de inmediato vislumbró las posibilidades de la cocaína como anestésico local.

            Al poco tiempo, la sustancia milagrosa se encontraba en la Coca-Cola y en diversos tónicos que se vendían sin restricción. A diferencia de Freud, que no conocía bien la anatomía de los nervios, Halsted era un anatomista minucioso y paciente. Adquirió una solución al 4% de cocaína en Parke, Davies y Compañía –la empresa extractora y distribuidora de la cocaína en los Estados Unidos– y se dispuso a probarla en sus estudiantes del Colegio de Médicos y Cirujanos de Nueva York. Los resultados fueron espectaculares. Cuando la cocaína se inyectaba en el trayecto de un nervio, provocaba la anestesia de la región inervada. Sin embargo, tenía efectos secundarios indeseables, por lo que fue necesario diluir el fármaco para usarlo a dosis menores que también resultaron efectivas. Una de las aplicaciones más llamativas fue en las extracciones dentales que hasta ese entonces eran tremendamente dolorosas. Con tan prometedores resultados, Halsted y sus ayudantes realizaron sin provocar dolor más de 1,000 cirugías menores en el Departamento de Consulta Externa del Hospital Roosevelt.

            Poco a poco, los profesores y los estudiantes se aficionaron a la cocaína y empezaron a experimentar con ellos mismos. Se aplicaron inyecciones o la aspiraron por la nariz. Los efectos deletéreos no se hicieron esperar. La conducta de los médicos se volvió errática. Dormían menos, hablaban sin parar con gran excitación y abandonaban sus responsabilidades profesionales. Halsted entre ellos. El cirujano brillante y el investigador minucioso se convirtió en un muñeco de trapo. Al igual que las operaciones quirúrgicas que tanta fama le daban, sus artículos médicos en las revistas de prestigio disminuyeron drásticamente y los pocos que escribió eran ininteligibles.

            William Welch, el patólogo del Hospital Bellevue tan amigo de Halsted, renunció a su trabajo en Nueva York en marzo de 1884 para convertirse en el profesor de patología de la nueva Universidad Johns Hopkins de Baltimore. Puesto al tanto del deterioro de Halsted, decidió rentar un velero con todo y tripulación para llevarse a su amigo e intentar alejarlo de la droga. El viaje terminó mal porque Halsted no sólo embarcó con una dotación de cocaína para dos semanas, sino que ésta se agotó antes de tiempo e intentó robar la morfina que el capitán del barco guardaba en su camarote para alguna emergencia médica. Halsted pasó de ser el líder médico de Nueva York a un vulgar ladrón.

            En 1886, Welch y McBride, amigos de Halsted, y hasta su propio hermano Richard Halsted, lo convencieron de que se internase en algún hospital de los que entonces recibían pacientes alcohólicos –la adicción a las drogas era todavía relativamente rara­– para desintoxicarlos. Seleccionaron el Hospital Butler en Providence, Rhode Island. Allí hizo amistad con el doctor Fred C. Shattuck, que se convertiría en un famoso profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard y con el doctor Folsom, que llegaría a ser un siquiatra reconocido.

            Halsted permaneció internado siete meses y su tratamiento consistió en buscar el apego a un estilo de vida más saludable a base de una dieta rica en vegetales, ejercicio físico, sesiones con los alienistas –nombre que recibían los siquiatras de la época– y la reducción paulatina de las dosis de cocaína. Se usaron en él varios sedantes para reducir las manifestaciones del síndrome de abstinencia o supresión de la cocaína.

            Pero la clave del tratamiento que recibió en el Hospital Butler fue la sustitución de la cocaína por la morfina. Como los efectos de ambas drogas eran relativamente opuestos, lo que lograron los médicos del Butler fue que Halsted se hiciese adicto a ambas. Así, Halsted adoptó un estilo de vida más equilibrado que oscilaba entre las sensaciones de euforia y omnipotencia de la cocaína y el pacífico alejamiento del mundo que brindaba la morfina. De cualquier modo, fue un equilibro precario que se rompería en más de una ocasión.

            Asumiendo un riesgo que ponía en peligro su propia reputación, Welch invitó a Halsted para que trabajase con él en Johns Hopkins. A pesar del costo que estaba pagando por haber descubierto la anestesia local con cocaína, Halsted era un gran cirujano. Había empezado a practicar una modalidad de extirpación que ofrecía una posibilidad de curación en los casos de cáncer mamario. Era el más grande y exitoso promotor de la cirugía aséptica que había llevado la limpieza absoluta sin infecciones en donde antes sólo había pus y muerte. Además, era un estupendo profesor de cirugía para los estudiantes y futuros cirujanos. En diciembre de 1886, Halsted tomó el tren para Baltimore.

            Su incorporación a la actividad quirúrgica en Johns Hopkins no fue ni mucho menos inmediata. Pasarían todavía dos años antes de que Halsted reanudase sus operaciones en seres humanos. Welch deseaba vigilar su evolución y rodearlo de un ambiente que le fuese propicio para su recuperación, así que le ofreció trabajar en patología y cirugía experimental en su propio laboratorio. Pronto, la figura de Halsted, siempre elegantemente ataviado, se volvió familiar en el “Patológico”, el edificio del Hospital Johns Hopkins que albergaba el Departamento de Patología bajo el mando de William Welch. Allí, Halsted se volcó en la investigación de las técnicas para lograr una buena sutura intestinal haciendo numerosos ensayos en perros. En abril de 1887, apenas cuatro meses después de haber llegado a Johns Hopkins, Halsted presentó un trabajo de Harvard en el que demostró la importancia de suturar también la submucosa –una de las capas de la pared intestinal– que nunca antes había sido tomada en cuenta por otros cirujanos que siempre fracasaban cuando trataban de unir dos segmentos de intestino cosiendo solamente las capas musculares.

            Durante los tres años siguientes, acompañado siempre de su doble adicción a la cocaína y a la morfina que mantenía bajo un control frágil, Halsted dio un giro considerable a su vida y se dedicó con ahínco a la cirugía experimental. El laboratorio fue su quirófano y los perros se convirtieron en sus pacientes. Y con el mismo cuidado con el que había operado antes a los seres humanos, realizaba ahora las intervenciones quirúrgicas en los animales, a los que anestesiaba y cuidaba con celo para evitarles todo sufrimiento innecesario.

            Poco después de presentar su trabajo sobre las suturas intestinales en Harvard, Halsted regresó voluntariamente al Hospital Butler. Allí permaneció internado nueve meses, para regresar “curado” a Baltimore en diciembre de 1887.

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2 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: EL GIGANTE DE LA CIRUGÍA (segunda de tres partes).

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