MESA DE AUTOPSIAS: EL GIGANTE DE LA CIRUGÍA (tercera y última parte).

Durante sus 33 años al frente de la cirugía en Johns Hopkins, Halsted no sólo inventó una filosofía integral de la práctica quirúrgica, sino que instituyó todo un sistema para inculcarla en los cirujanos que marcó a varias generaciones de los más distinguidos maestros de la cirugía en todo el mundo”.

Gerald Imber, Genius on the Edge. The bizarre double life of Dr. William Stewart Halsted. 2010.

 

            Uno puede apreciar la enorme influencia que sigue teniendo William Halsted en la forma de entender y practicar la cirugía al leer las palabras que Sherwin B. Nuland, el cirujano y escritor contemporáneo, dedicó a Halsted en su libro “Doctors. A Biography of Medicine” (Vintage, 1995):

“Tras casi treinta años de ser cirujano, cuando en el quirófano me asaltan dudas que me hacen titubear, las despejo recordándome que mi maestro de cirugía fue Gustaf Lindskog, cuyo profesor fue Samuel Harvey, que aprendió la cirugía de Harvey Cushing, quien, a su vez, fue alumno de William Halsted”.

Durante su estancia en Europa, Halsted quedó impresionado por la forma de operar del doctor Theodor Kocher, un cirujano suizo. Cuando hacía las disecciones, Kocher separaba cuidadosamente las capas de los tejidos y ligaba cuidadosamente cada vaso sangrante utilizando finas suturas de seda. Para Kocher, la cirugía debía ser conservadora, para permitir que los tejidos contribuyeran por si mismos a la cicatrización. De esta misma manera aprendió a operar Halsted, llevando al mínimo posible el daño inherente a la manipulación quirúrgica. Nada de rasgar ni aplastar los tejidos. Halsted sabía que los tejidos maltratados por el cirujano eran el caldo de cultivo perfecto para la aparición de las temibles infecciones quirúrgicas.

Esa forma delicada de operar encajaba a la perfección en la personalidad de William Halsted. Igual de minucioso y delicado era con su atuendo personal. Se mandaba confeccionar los trajes, las corbatas, las camisas, los zapatos y los sombreros en los mejores establecimientos de Inglaterra, Francia y Alemania. Él personalmente escogía qué partes de la piel vacuna serían utilizadas para fabricar su calzado. Aunque no muy dado a recibir invitados, cuando lo hacía era un anfitrión atento e igualmente detallista. Tras poner el mantel en la mesa, lo hacía planchar para que no tuviese arrugas. Hasta la madera que quemaba en su chimenea tenía que ser de nogal y no aceptaba ninguna otra.

William Halsted pasó a la historia por su maestría quirúrgica en varios terrenos. Entre ellos destacan el haber implantado casi como una religión la cirugía aséptica, sus estudios sobre la cicatrización de las heridas, la extirpación radical de la glándula mamaria con cáncer, la reparación quirúrgica de la hernia inguinal, la sutura intestinal, la extirpación de la glándula tiroides y la resección de los aneurismas, esas dilataciones anormales de las arterias que se observaban con mucha frecuencia en su época y que se deben a enfermedades diversas, desde la ateroesclerosis –los depósitos de colesterol que dañan la resistencia de las paredes arteriales– hasta la sífilis. En cada uno de estos temas, Halsted dejó una impronta indeleble que transformó para siempre y para bien la práctica de su profesión.

Debe destacarse que en cada una de estas intervenciones, él pasó muchas horas investigando en el laboratorio y ensayando primero la técnica quirúrgica en animales. Con esta forma de trabajar, forjó un modelo de cirujano científico y clínico que luego se extendería al resto del mundo. Durante siglos, los cirujanos habían sido personas incultas aunque audaces, que adquirieron la fama de carniceros. Halsted elevó el nivel de los cirujanos al puesto casi indisputado –los héroes médicos por excelencia– que siguen conservando hasta nuestros días.

Uno de los avances más interesantes relacionados con su fe absoluta en la cirugía aséptica fue la introducción de los guantes quirúrgicos. Halsted observó que Caroline Hampton, su enfermera quirúrgica favorita, sufría de unas alergias cutáneas terribles cada vez que tenía que lavarse con jabón y desinfectarse con cloruro de mercurio antes de entrar al quirófano. En esta ocasión, el interés de Halsted en Caroline iba más allá de lo profesional. Se habían enamorado y acabarían casándose. Así que “El Profesor” –como era conocido entre los residentes de cirugía– les pidió a sus amigos de la compañía llantera Goodyear que le fabricasen unos guantes delgados de hule para proteger las manos de su amada. Poco a poco, Halsted y sus residentes cayeron en la cuenta que los guantes se podían esterilizar y le permitían al cirujano realizar su trabajo con razonable comodidad y precisión. Así que todos acabaron utilizando los guantes que, de esta manera, se incorporaron al quehacer quirúrgico cotidiano y se popularizaron en el resto de los hospitales de los Estados Unidos y el mundo.

Si la mastectomía –extirpación de la glándula mamaria con cáncer– radical de Halsted, que consistía en resecar la mama, el tejido graso de la axila y los músculos pectorales que cubren la parrilla costal en un solo bloque,  se convirtió en la operación quirúrgica “estrella” para tratar esa temible enfermedad, Halsted se inmortalizó al crear en el Hospital Johns Hopkins el sistema de la residencia médica, el método educativo para formar a los médicos especialistas que, salvo algunas modificaciones naturales dado el tiempo transcurrido, sigue siendo vigente en la actualidad. Los médicos residentes llevaron ese nombre porque tenían que vivir en el hospital los siete días de la semana y estar disponibles para el trabajo las 24 horas.

El sistema de la residencia creado por Halsted se fundaba en una sólida jerarquía en cuya cima estaba él mismo e, inmediatamente por debajo, el cirujano residente que podía permanecer en ese cargo un número indeterminado de años. En los estratos intermedios e inferiores de esa organización educativa estaban los residentes asistentes y los internos. Halsted también impartió clases a los estudiantes de tercer año de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins y diseñó un curso de cirugía experimental que alcanzó gran popularidad.

De este sistema de residencia en cirugía egresaron algunos de los cirujanos más famosos de los tiempos modernos. Entre ellos, el más destacado fue sin duda Harvey Cushing, quien con el correr de los años se convertiría en el fundador de la difícil y admirable neurocirugía. Halsted impulsó también el nacimiento de otras especialidades quirúrgicas como la otorrinolaringología y la urología.

Cuando Halsted extirpaba una glándula mamaria con cáncer se retiraba de la mesa de operaciones con la pieza quirúrgica en las manos y examinaba personalmente el aspecto del tumor. Para él, familiarizado gracias a Welch con los estudios microscópicos, la anatomía patológica estaba estrechamente vinculada con la cirugía. Pronto comisionó a Joseph Colt Bloodgood, uno de sus residentes favoritos, para que instalase un laboratorio de patología dedicado exclusivamente al estudio macroscópico y microscópico de los tumores y demás especímenes quirúrgicos que salían de su quirófano. Por ello se puede decir que William Halsted fue uno de los fundadores de la patología quirúrgica, disciplina que hoy representa la ocupación principal de quienes ejercemos la anatomía patológica. Tanto por iniciativa de Bloodgood como de Thomas S. Cullen –el primer patólogo ginecológico formado también en Johns Hopkins– se empezaron a utilizar los estudios microscópicos rápidos –conocidos como estudios transoperatorios– para guiar las intervenciones quirúrgicas.

William Halsted cambió para siempre la práctica de la cirugía. Ante la adversidad de sus adicciones que nunca lo abandonaron por completo, se alzó como un gigante de talla inconmensurable. Todos los seres humanos, médicos, sanos y enfermos, estamos en deuda con él.

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