MESA DE AUTOPSIAS: CONOCIENDO A GREGORIO MARAÑÓN (segunda parte).

Tiempos difìciles y de sacrificio para los espíritus generosos… Malos días para aquellos –no sé si ilusos o videntes– que esperábamos que vendría un momento en que una España digna y fuerte podría incorporarse al movimiento universal y, modestamente pero con terca voluntad, nos esforzábamos en ir creando los órganos característicos de toda nación civilazada”.

Agustí Pí i Sunyer. 15 de febrero de 1925.

Al regresar de Frankfurt, Gregorio Marañón se doctoró en la Universidad de Madrid con una tesis titulada “La sangre en los estados tiroideos”, con la que ganó el Premio Extraordinario. Dos fueron sus principales áreas de interés en la medicina: la endocrinología y las enfermedades infecciosas. Ninguna de las dos recibía mayor atención en las facultades de medicina españolas de aquella época. La endocrinología ni siquiera existía como disciplina y había mucho desconocimiento sobre la causa y las manifestaciones clínicas específicas de las diferentes enfermedades infecciosas. Como resultado de lo anterior, los infectados no eran tratados en servicios propios dentro de los hospitales, sino que estaban internados en salas comunes con todo tipo de enfermos, lo que facilitaba la diseminación de las infecciones.

Habiendo ganado en un segundo intento las oposiciones para médico de la Beneficiencia Provincial, Marañón solicitó la jefatura del Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital General de Madrid. Es interesante recordar que este hospital, que hoy lleva el nombre de Hospital General Universitario Gregorio Marañón, había sido fundado en 1587 en lo que fuera el antiguo Hospital de convalecientes. En aquella época y para ayudar a su manutención, el rey Felipe II le asignó los beneficios de las ventas de la Gramática de Nebrija, publicada en 1492 y que fue la primera gramática de la lengua española.

La plaza solicitada por Marañón era poco codiciada por los riesgos que entrañaba. Aquel Servicio de Enfermedades Infecciosas ocupaba algunas salas en la última planta del hospital, donde los enfermos estaban abandonados a su suerte. Marañón se puso de inmediato a trabajar. Con la ayuda de sor Ventura Pujadas, que era la madre superiora del hospital, y gracias al apoyo económico de la marquesa de Perinat, inauguró en 1913 el pabellón de infecciosos. Gracias a sus instalaciones más adecuadas y, sobre todo, a las medidas de higiene que estableció el doctor Marañón, la atención y el tratamiento de aquellos enfermedos mejoró sustancialmente. Gregorio Marañón realizó allí una intensa actividad clínica y de investigación. Hasta ayudaba a los enfermos con sus gastos y fue equipando el servicio con recursos de su propio bolsillo.

Tras cuatro años de noviazgo, Gregorio y Dolores se casaron en Madrid el 17 de julio de 1911. Su vida matrimonial se caracterizó por una devoción mutua, una complicidad de ideas y una coincidencia de objetivos verdaderamente admirables.  Su suegro, Miguel Moya, era director del famoso periódico El Liberal, fue fundador y primer presidente de la Asociación de Prensa de Madrid, senador y Académico de la Real Academia de Jurisprudencia. El doctor Marañón no pudo haber encontrado una familia política más afín a sus ideas. Su biógrafo, Antonio López Vega, nos dice que “en casa de los Moya, Marañón encontró un ambiente liberal, progresista y reformista que compartía plenamente”.

La endocrinología, rama de la medicina que estudia las funciones y enfermedades de las llamadas glándulas de secreción interna –hipófisis, tiroides, paratiroides, páncreas, suprarrenales, testículos, ovarios, etc. –  había iniciado con el médico inglés y uno de los grandes del Hospital Guy de Londres Thomas Addison (1793-1860). Su desarrollo no ocurrió sino a partir de la segunda mitad del siglo XIX, gracias a los trabajos de Sajous, Gley, Biedl, Bayliss, Starling –que acuñó la palabra hormona– y Cushing. Fue Gregorio Marañón quien la introdujo en España. En 1914, publicó la monografía Las glándulas de secreción interna y las enfermedades de la nutrición, con la que recibió el premio Álvarez Alcalá otorgado por la Academia de Medicina.

A pesar de su juventud, Marañón alcanzó un enorme prestigio social cuyo punto de partida puede situarse en el ciclo de conferencias que pronunció entre el 21 de enero y el 17 de febrero de 1915 en el Ateneo de Madrid. Aquellas disertaciones tuvieron como eje rector lo que se llamó la teoría plurigandular –la estrecha correlación funcional de todas las glándulas endocrinas– y sus tìtulos fueron “Introducción al estudio de la significación biológica de la doctrina de las secreciones internas”, “El crecimiento y la morfología del organismo y las secreciones internas”, “El sexo, la vida sexual y las secreciones internas”, “El sistema nervioso y las secreciones internas” y “El papel defensivo de las secreciones internas y la vejez”.

Se convirtió en el líder de la profesión médica y junto a Teófilo Hernando –con quien cultivaría una amistad que duraría toda la vida– empezó el Manual de Medicina Interna, que vio la luz en 1916. Este libro fue el primero de su tipo escrito exclusivamente por autores españoles. Su forma de eloborar las historia clínicas de sus pacientes fue ejemplar, pues no sólo se interesaba en los aspectos relativos a la enfermedad, sino que investigaba las circunstancias personales, familares y sociales de cada enfermo, hasta sus aficiones, su trabajo, dónde y en qué lugares descansaba. En su particular visión, la medicina giraba en torno al enfermo, quien lo llegaba a considerar un familar más. Por esta razón, Marañón pasó a la historia como ejemplo del médico humanista.

Sus frecuentes reclamos a los poderes públicos para exigirles un mayor interés en las cuestiones de la salud pública dieron como fruto en 1920 el proyecto de la construcciòn de un hospital de enfermedades infecciosas. Con este propósito, viajó a Alemania para estudiar detenidamente los modelos hospitalarios de aquel país. Desde allí le escribió a su padre:

Este viaje ha sido muy provechoso para mí. He visto muchas cosas y espero que pronto tendremos en Madrid un hospital bueno, digno de éstos, como yo lo soñaba en aquellos días hace diez años…

Poco sospechaba entonces que en 1924, debido a su oposición al dictador Miguel Primo de Rivera, sería destituido como director del hospital que se estaba construyendo y equipando justo un año antes de su inauguración. Así se lo explicaba al médico catalán Ramón Turró para agradecerle el apoyo que éste le brindaba “en unos días tan amargos, pues el General Martínez Anido me ha destituido de mi cargo de director del Hospital para Infecciosos, obra mía, como parida por mí, en 12 años de trabajo…”. Fue por esta causa que el médico e investigador también catalán Agustí Pí y Sunyer le escribió el párrafo que puede leerse en la cita que encabeza este escrito.

No cabe duda que la historia se repite. Enfrentados hoy al dilema de continuar y concluir la construcción un gran hospital para Aguascalientes, pensado no sólo para las generaciones presentes, sino también para las futuras, con la grandeza y altura de miras que algunos poco avisados y confundidos llaman “proyecto faraónico”, resulta muy alentador darse cuenta que estas lides no son nuevas en el devenir del mundo.

Permítaseme insistir una vez más que el estudio de la vida, pensamiento y obra del doctor Gregorio Marañón son una poderosa fuente de inspiración para quienes anhelamos una medicina de la más alta calidad puesta al servicio de todos. Así como hemos escuchado esta semana que la principal justificación para la creación de la Universidad Autónoma de Aguascalientes fue brindar una buena educación superior a los hijos de esta tierra, sin que tuviesen que salir de ella para obtenerla, lo mismo podríamos decir para concluir y poner en funcionamiento un hospital del más alto nivel en el que puedan atenderse todos los aguascalentenses sin tener que abandonar su propio solar y pasar por un verdadero vía crucis para ser atendidos de sus padecimientos fuera de aquí. ¡Y vaya que conocemos historias al respecto!

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