MESA DE AUTOPSIAS: CONOCIENDO A GREGORIO MARAÑÓN (tercera parte).

El Estado debe asumir la carga de impulsar el movimiento de nuestras ideas, de nuestra ciencia, de nuestra aptitud inmortal e ininterrumpida, para crear formas nuevas de belleza”.

Gregorio Marañón, La España de hoy y la cultura. La obra de todos. 18 de septiembre de 1932.

Al doctor Gregorio Marañón le tocó vivir una de las etapas más difíciles y complejas de la historia reciente de España. Comparado con varias de las naciones más desarrolladas de Europa, el país en el que tocó nacer era lo que hoy llamaríamos tercermundista. Este apelativo no sólo se aplicaba a las condiciones materiales de vida de la mayoría de los españoles de entonces, sino al bajo nivel de cultura del grueso de la población que en aquella época y también ahora suele ir aparejado de atavismos y fanatismos que hacen a quien los padece un ser conformista e incapaz de luchar por mejorar sus condiciones de vida.

Había en España una pequeña comarca perteneciente a la provincia de Cáceres, en Extremadura, donde se concentraban esas y otras calamidades. Se llama Las Hurdes y a principios del siglo XX era una de las zonas más miserables de España. En abril de 1922, Gregorio Marañón viajó a aquella comarca en lo que según su nieto Gregorio Marañón y Bertrán de Lis sería su “viaje personalmente más decisivo, [y queda] ya para siempre comprometido, como intelectual y como español, con el devenir de su país”.

Hasta aquella fecha, se habían hecho algunos intentos por mejorar lo que Miguel de Unamuno calificaba de “oprobiosa situación de la región”. Se habían construido algunos caminos vecinales, creado cinco botiquines y se había instalado una incipente red telefónica. Todo ello fue completemente insuficiente.

En aquel viaje, Marañón se hizo acompañar del doctor Goyanes, cirujano del Hospital General de Madrid y de Bajardí, el Inspector de Sanidad de la provincia de Badajoz. Antonio López Vega nos dice que Marañón escribió una especie de bitácora en la que anotó los detalles de su viaje, tanto los pueblos y alquerías que atravesaron, como el aspecto físico y las costumbres sanitarias y morales de sus habitantes, las entrevistas que hizo a sacerdotes y otros personajes locales y detalles relacionados con la vida sexual y el acto de contraer matrimonio –casi siempre al inicio de la adolescencia y por interés de los padres–, el número de hijos y la tasa de mortalidad infantil que, como puede adivinarse, era muy alta. Allí campaban sus respetos el paludismo, el bocio, el cretinismo y el hambre crónica.

Como resultado de aquella experiencia, los tres comisionados publicaron un artículo titulado “El problema de las Hurdes es un problema sanitario”. En él insistían que la iniciativa para resolver aquella miseria correspondía a la sanidad pública, y que no era una cuestión de caridad sino de justicia social. La mortalidad general de la región era de 90 por 1,000 habitantes, muy superior al 22 por 1,000 habitantes del resto de la Península Ibérica. Identificaron como causas principales el paludismo y el hambre crónica y aguda –llamada el mal de Las Hurdes– y propusieron la distribución de quinina y la creación de plazas permanentes de médicos en la región pagadas por el Estado. El problema del hambre se debía a las malas e incluso ausentes comunicaciones, de modo que podían pasar varios meses sin que los poblados más pobres probasen en pan, por lo que sus habitantes subsistìan alimentándose solamente de nabos, papas o castañas.

En sus conclusiones, los comisionados proponían que el Estado enviase tres médicos a cada uno de los valles de la región con un un botiquín bien abastecido, en especial de quinina para combatir el paludismo. Para el hambre proponían enviar periódicamente a la zona alimentos como pan y grasas. También propusieron la construcción de más y mejores caminos para evitar el aislamiento y emplear en esta tarea a los mismos habitantes, de modo que pudiesen obtener un salario decoroso con su trabajo. La mejora en las comunicaciones permitiría la explotación de la riqueza forestal de la región, el traslado de los habitantes de poblaciones con tierra estéril a otras zonas en donde pudiesen obtener más fácilmente sus alimentos, la evacuación de los enfermos desahuciados y la organización de la instrucción escolar.

Aquel viaje sacudió las fibras más íntimas de Gregorio Marañón. La durísima vida de los hurdanos y el acoso de tantas enfermedades prevenibles hicieron que se tomara como algo personal el que se empezara a poner remedio a aquella tragedia. Buscó de inmediato involucrar al rey en aquel problema. Su iniciativa empezó a volverse una realidad. El 6 de junio de 1922, escribió un artículo publicado en El Liberal en el que decía que Alfonso XIII iba allí “a medir por sí mismo el grado de abandono de unos miles de sus súbditos que hasta ahora no tuvieron con el Estado otro engranaje que el recaudador de Contribuciones. Los que han estado tantos siglos abandonados deben ahora presentar como blasón las consecuencias de ese olvido”.

El viaje de Marañón con el rey y varios miembros del gobierno ocurrió dos semanas después. Alfonso XIII –abuelo del actual Juan Carlos I–  pudo comprobar de primera mano la miseria en la que vivían los hurdanos. Se dieron todo tipo de situaciones, algunas totalmente inesperadas, como cuando el ministro de Gobernación pidió un café con leche a un lugareño y, tras degustarlo, supo asqueado que la leche que contenía era materna.

El resultado de aquella visita fue el inicio del fin de la miseria en Las Hurdes. Se abrió un concurso de plazas para médicos que se establecerían allí de manera permanente. Se creó el Patronato de Las Hurdes, que sustituyó a la sociedad benéfica La Esperanza de las Hurdes y que se encargó de supervisar e impulsar las medidas asistenciales, educativas y de infraestructura que habrían de tomarse poco a poco. También tuvo como objetivo sensibilizar a la opinión pública para ir borrando la mala imagen que se tenía de la región y sus habitantes.

Al leer esta parte de la biografía del doctor Gregorio Marañón y ver fotografías de Las Hurdes en aquella época gracias a la Internet, vuelvo a la realidad presente. Pienso en los aguascalentenses pobres que ocupan apretadamente la entrada del Hospital Hidalgo y saturan todos sus espacios, desde la Consulta Externa al Servicio de Urgencias. Pienso en la lucha de los médicos que trabajamos en él para ofrecer lo mejor que podemos con el propósito de aliviar o paliar su sufrimiento. Veo los intentos inconclusos por ampliar nuestras posibilidades de atención y por traer a los más miserables los beneficios de la medicina moderna y me pregunto ¿dónde se encuentra la gente buena de Aguascalientes? ¿Cuándo se pondrá remedio a estos delicados asuntos cuya iniciativa, como decía Gregorio Marañón, corresponde a la sanidad pública y que no son una cuestión de caridad sino de justicia social?

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