MESA DE AUTOPSIAS: EL ASTURIANO UNIVERSAL.

Y aunque es para mí muy dulce la esperanza de que mi nombre no quedará enteramente sepultado en el olvido, no es porque crea que será celebrado con aplauso sino recordado con lástima y ternura”.

Gaspar Melchor de Jovellanos. 1744-1811.

Acostumbrado como estaba a visitar las buenas librerías de la ciudad de México cuando los suplementos culturales apenas anunciaban alguna novedad que llamaba mi atención, al regresar a Aguascalientes fue mi preocupación principal que la lejanía geográfica de esos depósitos del saber tuviese un efecto negativo sobre mí en la segunda cosa que más aprecio de los seres humanos: la calidad de sus ideas. La primera es la nobleza de sus sentimientos.

Andando el tiempo y para fortuna mía, esa preocupación resultó vana. La migración anual que hacemos en familia a la Metrópoli, que incluye la obligación placentera de lo que podríamos llamar “la ruta de las librerías”, asegura un abasto suculento de los libros que nos interesan. Además, con las numerosas librerías que hoy tienen sus páginas electrónicas en la Internet, la lejanía geográfica ha dejado de ser un obstáculo para obtener las obras que uno precisa si no quiere condenarse a la escasez de ideas y la mezquindad de espíritu.

Recientemente alguien me preguntaba cuál era mi secreto para mantener el entusiasmo por el saber en un ambiente que, salvo honrosas excepciones, casi no lo aprecia. Mi respuesta fue muy simple: uno debe procurar siempre tener acceso a interlocutores del más alto nivel posible. Lo que no resulta difícil si, además de cultivar en la familia y con las amistades el gusto por la cultura, uno se expone a través de la lectura a lo más excelso que ha producido y sigue produciendo el espíritu humano.

Y una cosa lleva a la otra. Curioseando en una de mis páginas web favoritas, la de la Casa del Libro de España (www.casadellibro.com), me entero que existe un Premio Internacional de Ensayo Jovellanos. En este 2011, el galardonado es un destacado escritor y difusor de la historia de la ciencia, José Manuel Sánchez Ron, quien obtuvo el galardón con un ensayo que tiene un título irresistible para mí: “La Nueva Ilustración: Ciencia, Tecnología y Humanidades en un mundo interdisciplinar” (Ediciones Nobel, 2011).

Sobre el ensayo de Sánchez Ron escribiré en una ocasión futura, pues no lo he leído todavía. Hoy quisiera recordar al personaje que presta su apellido al premio, es decir, a Gaspar Melchor de Jovellanos. Con sólo leer la cita que encabeza este escrito, podemos darnos cuenta que fue un hombre extraordinario. Uno de esos espíritus elevados con los que es indispensable entrar en contacto para tener la oportunidad de ser mejores seres humanos. No sólo eso. Su pensamiento es de una vigencia e importancia tan abrumadoras, que yo le pediría a nuestra clase política que se dedicase de lleno a su estudio antes de atreverse a ejercer la función pública.

Una buena manera de acercarse a Jovellanos es visitando la página electrónica de la Fundación Foro Jovellanos del Principado de Asturias (www.jovellanos.org/es/), cuyo objetivo, en palabras de su actual presidente Don Jesús Menéndez Peláez, es “difundir y divulgar todo lo relacionado con la vida y obra de Jovellanos”.

Gaspar Melchor de Jovellanos nació un 5 de enero de 1744 en Gijón, villa asturiana ubicada en el norte de España. Su familia tenía ciertos tintes de nobleza, pero no muy nutrida fortuna material, por lo que a Jovellanos se le destinó a la carrera eclesiástica que cambiaría después por la de derecho. A los 13 años se trasladó a Oviedo, capital de Asturias, para estudiar filosofía. En 1759 se mudó a la ciudad de Ávila para estudiar con el obispo Romualdo Velarde Cienfuegos, también asturiano, en una especie de seminario privado que el prelado había creado en su palacio episcopal. Allí, además de estudiar derecho canónico, Jovellanos entró en contacto con los clásicos latinos como Horacio, Virgilio, Cicerón, Salustio y Plinio. Según José Miguel Caso González, cuya biografía de Jovellanos puede leerse en la página web de la Fundación Foro Jovellanos, estas lecturas le acompañarían y consolarían en los momentos más difíciles de su vida.

En 1761 recibió el grado de bachiller en Cánones por la Universidad de Osma, al que dos años después agregría el mismo grado por la más prestigiosa Universidad de Ávila. Un año después y tras realizar los ejercicios correspondientes nemine discrepante (sin oposición, por unanimidad), ganó la beca que le permitió ingresar al Colegio Mayor de San Ildefonso en Alcalá de Henares. De esta manera se puso en contacto con un ambiente social elitista e influyente.

Por los consejos de sus parientes y amigos, Jovellanos decidió cambiar su carrera eclesiástica por la de la toga y en noviembre de 1767 aceptó la plaza de alcalde de Cuadra de la Audiencia de Sevilla, a donde llegó en marzo de 1768. Juan Agustín Ceán Bermúdez, su biógrafo y contemporáneo, nos lo describe en aquellos años: “Era limpio y aseado en el vestir, sobrio en el comer y beber, atento y comedido en el trato familar, al que arrastraba con voz agradable y bien modulada, y con una elegante persuasiva todas las personas de ambos sexos que le procuraban… Sobre todo era generoso, magnífico y pródigo en su cortas facultades: religioso sin preocupación, ingenuo y sencillo, amante de la verdad, del orden y de la justicia; firme en sus resoluciones, pero siempre suave y benigno con los desvalidos; constante en la amistad, agradecido a sus bienhechores, incansable en el estudio y duro y fuerte para el trabajo”.

Desde el inicio de su carrera como funcionario público, Gaspar Melchor de Jovellanos destacó por su esmerada educación y amplia cultura en las que se apoyó para ver más allá de su provecho personal y volcar toda su energía en impulsar aquellas iniciativas que buscaban modernizar y mejorar las condiciones de vida tanto de su patria chica como de toda España. Tuvo aguda conciencia del atraso en el que se hallaba sumido su país y de la profunda corrupción que carcomía la estructura del gobierno y degradaba las costumbres de buena parte de los españoles.

Hombre destacado y adelantado a su época, prefería vivir en su villa natal para poder reflexionar, escribir y crear instituciones sólidas que abonasen al bien común. Nos dice su biógrafo Caso González que “ya en 1782 había propuesto a la Sociedad Económica de Asturias que ésta enviara a estudiantes a Vergara, que viajaran después por Europa, para que, al regresar a Asturias, generalizaran los conocimientos relacionados con la mineralogía y la industria”.

En 1791, propuso la creación de una Escuela de Mineralogía y Naútica en Gijón, iniciativa que tuvo que vencer no pocas resistencias y envidias, tanto de la cercana Universidad de Oviedo, capital de Asturias, como de la misma Inquisición, que veía con profundo recelo el cultivo de las ciencias prácticas que Jovellanos se proponía en aquella escuela. A pesar de todo, su idea triunfó al crearse el Real Instituto de Naútica y Mineralogía, que se inauguró el 7 de enero de 1794.

Obligado a acudir a Madrid, se desempeñó muy a su pesar como Ministro de Gracia y Justicia en la Corte de Carlos IV. Allí fue testigo y padeció la cercanía del poder y tuvo que lidiar como pudo con toda suerte de intrigas y recomendados. No pudo librarse de sus enemigos, quienes lograron desterrarlo a la isla de Mallorca. Allí sufrió prisión entre 1801 y 1808.

Durante la invasión napoleónica, Jovellanos se puso del lado de los patriotas y fue representante de Asturias en la Junta Suprema Centra Gubernativa del Reino. Intervino de manera destacada en la organización de las Cortes de Cádiz de 1810. Enfermo y cansado, pidió su retiro y, tras varias peripecias, murió en Puerto de Vega (Asturias) el 28 de noviembre de 1811. En su lápida se lee:

“Aquí yace el Excmo. Señor D. Gaspar Melchor de Jovellanos, magistrado, ministro, padre de la patria, no menos respetable por sus virtudes, que admirable por sus talentos; urbano, recto íntegro, celoso promovedor de la cultura y de todo adelantamiento en su país: literato, orador, poeta, jurisconsulto, filósofo, economista; distinguido en todos los géneros, en muchos eminente: honra principal de España mientras vivió, y eterna gloria de su provincia y de su familia, que consagra a su esclarecida memoria este humilde monumento. R.I.P.A.”.

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