MESA DE AUTOPSIAS: LO QUE ESTAMOS PERDIENDO.

Los especialistas, y el Alzheimer tiene muchos, ponen fronteras en su estudio. La especialización es un sistema de progreso con muchas limitaciones, porque las cosas ocurren a la vez. Yo intento que la especialización no mate el problema. A mí me gustaría que al lado de los físicos hubiera químicos, porque yo tengo, por ejemplo, sensaciones físicas de inmaterialidad, pero si le pregunto a mi médico, no sabe nada de eso ni le interesa. Con la especialización se avanza, pero se produce una pérdida”.

Pasqual Maragall. “Vidas al límite”, entrevista por Juan José Millás, El País Semanal, 25 de octubre de 2009.

Dos libros que han llegado a mis manos recientemente me han puesto en el camino de reflexionar sobre una de las consecuencias –todavía es demasiado pronto para calificarla como negativa– del rumbo altamente tecnificado y especializado que ha tomado la medicina actual.

Sólo he hojeado ambas obras, así que no puedo presumir de haberlas leído cuando apenas tienen unos pocos días conmigo. Sin embargo, me ha bastado adentrarme en ellas unas pocas páginas para que me hayan hecho pensar sobre lo que expondré en los párrafos siguientes.

El primero es “La Nueva Ilustración: Ciencia, Tecnología y Humanidades en un mundo interdisciplinar” de José Manuel Sánchez Ron (Ediciones Nobel, 2011). Este ensayo expone la necesidad de interrelación entre las disciplinas científicas, técnicas y humanísticas para beneficio del género humano. Su autor –físico, catedrático de Historia de la Ciencia y miembro de la Real Academia Española– nos dice que “vivimos en un mundo interdisciplinar, en el que es el trabajo de grupos de especialistas en diferentes materias lo que permite ver más allá, así como intentar resolver los problemas que tiene planteados la humanidad”.

José Manuel Sánchez Ron está convencido de que hemos llegado a un punto en el avance del conocimiento que si no se establecen lazos de cooperación entre los especialistas de diferentes disciplinas no será posible enfrentar con éxito los graves problemas que tienen el planeta y nuestras sociedades. En sus propias palabras “problemas que son globales y que únicamente se podrán resolver si los comprendemos en su conjunto e interrelaciones; esto es, desde la interdisciplinareidad”.

El segundo libro llegó a mi atravesando las barreras del tiempo y del espacio. Se trata de “Los tratamientos del dolor”, escrito por un grupo de médicos franceses y traducido al castellano por el doctor J. González Campo de Cos (Manuel Marín y G. Campo editores, 1940). Esta vieja obra perteneció a la biblioteca de un tío de mi madre, el doctor Nombela, a quien yo nunca conocí, pero del que escuché algunas anécdotas en boca de su sobrina. Mi madre me contaba que vivió con el tío Nombela en Zaorejas, un pequeño poblado perteneciente a la provincia de Guadalajara (España) donde los inviernos eran crudísimos y los lobos bajaban de las serranías para merodear por los alrededores. El libro me lo acaba de enviar Clara, la hija del doctor Nombela, prima de mi madre y mía en segundo grado, de cuya existencia supe hace apenas dos años, cuando me escribió a raíz de la muerte de mi madre. Desde entonces nos comunicamos con relativa frecuecia y deseamos conocernos en persona, ya que, hasta el momento, la relación sólo ha sido epistolar (electrónica) y telefónica.

El caso es que el libro “Los tratamientos del dolor” nos permite asomarnos a la medicina de mediados del siglo XX, poco antes de la aparición de los antibióticos y mucho antes del explosivo desarrollo tecnológico que la transformaría en lo que es hoy. Si bien se trata de una obra científica, me llama profundamente la atención la cantidad de consideraciones culturales, sicológicas, filosóficas y hasta teológicas que los autores incluyeron a la hora de redactar los capítulos correspondientes. Se percibe en los colaboradores de esta obra una amplia cultura que contrasta con la que puede observarse en buena parte de los médicos actuales, cuyos conocimientos se circunscriben más estrechamente a la especialidad que practican. Salvo algunas excepciones, el saber de los médicos de hoy es más profundo, pero menos amplio.

Un buen ejemplo de lo que menciono sobre este libro se encuentra en el capítulo titulado “La cirugía sin dolor. La cirugía del dolor”, escrito por el profesor Emilio Forgue, que se pregunta si el dolor puede ser una vía de superación, de ennoblecimiento para el ser humano. Cita primero a Ernest Bersot (1816-1880), filósofo y periodista francés, quien padeció alguna enfermedad muy dolorosa que no he podido identificar. Forgue nos dice que Bersot era “un espíritu exquisito con un gran corazón, que mostró una dignidad moral tan firme en el curso de la enfermedad que tardó dos años en matarle”. El propio Bersot se expresaba de la siguiente manera: “No, el dolor no nos impulsa a obrar; nos impide hacerlo; en el combate que hay que librar con él, absorbe nuestras fuerzas que servirían para obras admirables… cuando la salud es irreparable, cuando se emplea toda la energía en subsistir algunos días más, el vivir sólo para durar no es vivir”.

El otro personaje citado por el profesor Forgue es el escritor francés Alfonso Daudet. De él pude averiguar que fue sifilítico y que padeció tabes dorsalis –la fase más avanzada de esta enfermedad con afección del sistema nervioso–, lo que le provocaba unos dolores insoportables. Una vez que supo la condena definitiva que significaba su diagnóstico, Daudet pareció resignarse cuando escribió lo siguiente: “parece que tengo para toda la vida; ahora sé que es para siempre, me instalo en el dolor y escribo estas notas…” Sin embargo, hubo momentos en los que el dolor le hizo flaquear, instantes en los que Daudet relativizó el poder educador del sufrimiento: “Elevación moral e intelectual por el dolor; pero hasta cierto punto”.

Con ello, el profesor Forgue encuentra una respuesta acerca del valor educativo del dolor: “mientras se conserve el dominio intelectual, mientras el exceso o la continuidad del sufrimiento no haya creado un estado de hipersensibilización, en tanto que el contacto con la vida no sea excesivamente duro… Cuando se padece el dolor a esta dosis tolerable, se puede decir con Goethe ‘lo que hace la conciencia del hombre es el dolor’… Según la frase profunda y sencilla de Maine de Biran ‘la enfermedad nos lleva a casa’… En verdad, es una cuestión de grado, de continuidad, de cantidad y también de cantidad dolorosa, así como de intensidad de recepción nerviosa. Y esto explica las distintas opiniones que recogemos de espíritus de gran clase, pero a quienes la experiencia personal del dolor no ha puesto a prueba”.

Casi puedo afirmar con toda seguridad que en ninguno de los tratados médicos actuales sobre el dolor hay tal despliegue de familiaridad con los filósofos y escritores pasados y presentes. El estilo actual en medicina se centra en la ciencia y la tecnología. Aunque se reconoce el valor de la cultura, incluir reflexiones y citas como lo hizo el profesor Forgue en un capítulo sobre el tratamiento quirúrgico del dolor se consideraría una especie de debilidad frente a la solidez de los datos “duros” y la fortaleza de la metodología científica que hoy se prefieren por encima de todo.

Cuando en estos días se comparan las bondades del conocimiento especializado y muy profundo con el dominio de un mayor número de temas, aunque sea con menor profundidad, parece como si se tratase de una disyuntiva. Mucho se ha discutido al respecto. Como si el médico tuviese que optar por uno u otro. Yo pienso que, como en la mayor parte de los asuntos vitales, el camino es una búsqueda del equilibrio entre ambos extremos. Esa búsqueda no es un camino fácil. No en balde, la mayoría prefiere la seguridad de su pequeño mundo y se encierra en su “torre de marfil” particular. Con ello se pierde algo que, a la postre, resulta fundamental para entender lo que estamos haciendo, para descubrir qué papel jugamos frente a la gran tragedia del hombre y qué podemos aprender de la oportunidad invaluable que nuestra profesión nos brinda para acercarnos a los más profundos misterios de la vida.

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