MESA DE AUTOPSIAS: BAUTIZANDO TUMORES.

Hice un largo viaje, estuve en una tierra extraña y vi de cerca cerca al hombre oscuro”.

Thomas Wolfe. 12 de agosto de 1938.

Veo tumores casi todos los días. Ayer por la tarde, sin ir más lejos, cortaba por la mitad un riñón cuyo polo superior contenía una esfera de color amarillo anaranjado. Es mi trabajo. Examinar órganos y tejidos a simple vista, seleccionar aquellos fragmentos que deben ser preparados para su análisis, someterlos al proceso químico que permitirá cortarlos en delgadísimas rebanadas cuyo grosor oscila entre cuatro y seis milésimas de milímetro y solicitar las tinciones que me permitirán observarlos nítidamente con el microscopio.

La mayoría de las ocasiones basta con lo dicho para establecer el diagnóstico, lo que significa que ya podré escoger un nombre entre todos los posibles para bautizar al tumor. El nombre es muy importante, porque en sus letras lleva inscrito el tratamiento más apropiado –a veces ese adjetivo es un eufemismo– y lo que podemos esperar de su comportamiento, eso que llaman el pronóstico. En otras ocasiones, es necesario ir más allá del microscopio y emplear técnicas que nos permiten asomarnos al silencioso mundo molecular y descender los últimos peldaños de la organización de la materia viviente.

Salvo contadas excepciones, los tumores que llamamos benignos no amenazan la existencia de su huésped. Y, aunque los malignos son todo lo contrario, en esa familia se puede encontrar de todo. Desde los que crecen despacio, permiten su pronta detección y ofrecen la oportunidad de ser erradicados –sacados de raíz–, hasta los que, ocultos en algún rincón de la anatomía, no dan aviso, crecen con rapidez, consumen con voracidad la savia vital y, cuando los detectamos, no hay poder humano que los venza.

La relativa lejanía del lecho del dolor tiene algunas ventajas para los que, como yo, nos dedicamos a estudiar y diagnosticar las muchas caras del cáncer. Disociados del enfermo en el que han crecido, los tumores son menos siniestros y uno puede interrogarlos hasta poner en evidencia su verdadera naturaleza. Cada caso que estudiamos es una incógnita que espera su solución. Una especie de juego de las adivinanzas con reglas estrictas y tentaciones que deben ser conjuradas. Necesito calma, concentración, trabajar sin prisas, pero sin tiempos muertos.

Mi trabajo también tiene desventajas. Me puedo olvidar que lo que tengo frente a mí en la mesa de disección pertenece a un ser humano. Como acabo quedándome con él –o al menos con parte de él– casi siempre le transfiero de manera inconsciente la personalidad de su dueño. A la par que se va esfumando el paciente, su tumor gana espacios en mi mente. El cáncer de estómago de Pedro Pérez se convierte en el adenocarcinoma poco diferenciado con células en anillo de sello. Para mí, adquiere una personalidad propia. Pasa de ser algo para convertirse en alguien.

Puedo imaginarme la forma en la que el tumor crece dentro del enfermo. Lo he visto en algunos cadáveres que me ha tocado disecar y estudiar. Recuerdo en este momento a un joven de unos 15 años cuyo hígado había quintuplicado su peso debido a los implantes de un tumor originado en uno de sus testículos. Nunca he vuelto a ver un hígado tan grande, ocupado por múltiples nódulos tumorales formados por un tejido que recordaba a la placenta. A ese tumor lo llamamos coriocarcinoma. Sus células malignas nadan en lagos hemorrágicos porque les gusta invadir y romper vasos sanguíneos, como hace la placenta al obtener de la circulación materna los nutrientes que el feto necesita para crecer. Y no es la única similitud entre los tejidos normales y tumorales.

El cáncer tiene raíces robustas que penetran profundamente en la esencia de nuestra biología. Y eso siempre ha sido un problema..¿Cómo destruir algo con lo que se comparten tantas cosas sin dañarnos a nosotros mismos? Por eso, desde que empezamos a soñar con medicamentos para el cáncer, pensamos en balas mágicas. Esa idea nació en la mente de un alemán genial que se llamaba Paul Ehrlich. Se le ocurrió a medianoche, mientras viajaba en un ferrocarril. Aunque desarrolló tratamientos útiles para la sífilis y la enfermedad del sueño, no fue capaz de encontrar una bala mágica para el cáncer. Ni siquiera Richard Nixon, aquel controvertido presidente de los Estados Unidos, logró ver la derrota de la enfermedad en la guerra que él le declaró hace 40 años. Seguimos en la brega. Desde entonces, hemos avanzado, pero la victoria se aleja cada vez que parece estar al alcance de la mano.

La palabra metástasis –los implantes tumorales en otros órganos, lejos de su lugar de origen– contiene el simbolismo de una enfermedad propia de nuestros días. Metástasis, más allá de la quietud, nos habla del desasosiego en el que vivimos. De la persecución de lo efímero. De la carrera que no lleva a ninguna parte.

Cuando vemos por primera vez una radiografía de tórax de un niño con un cáncer óseo –el temido osteosarcoma– contenemos el aliento. Las metástasis pulmonares casi siempre cancelan toda posibilidad de curación. Lo mismo sucede cuando observamos el rastreo óseo gamagráfico en un paciente con cáncer de próstata. Recuerdo el de mi padre. Cuando nos dimos cuenta, era demasiado tarde. Manchas que parecían emitir una radiación funesta podían observarse en su columna vertebral, algunas costillas y en la pelvis. Nunca olvidaré el chirriar de aquellos huesos carcomidos. Durante dos años contuvimos al tumor con medicamentos. Después, el cáncer se hizo resistente y lanzó una ofensiva que fue definitiva.

Tampoco olvido a Héctor, el dueño de un autolavado al que mi esposa y yo acudíamos religiosamente cada semana. Sumamente amable y servicial, un día me mostro su cuello. Varios bultos deformaban su contorno. Los palpé. Pétreos e indoloros. Le pregunté si había tenido fiebre y escalofríos. Lo negó y me confesó que ya antes había consultado a otros colegas. Le dijeron que eran solamente sus nervios. Cosas del estrés. Lo urgí a que se tomara unas radiografías y una biopsia. Aquellos bultos en el cuello eran en realidad las metástasis de un tumor pulmonar –un linfoepitelioma– de mal pronóstico. Con una determinación asombrosa, Héctor se sometió a todos los tratamientos con quimioterapia y radioterapia que le fueron indicados. Mantuvo las esperanzas de curarse casi hasta el final. Durante la última visita que me hizo, parecía la sombra del hombre que yo conocí. Consumido, jadeante, con los ojos desorbitados, aceptaba que el fin estaba ya muy cerca. Y así fue.

Son algunas historias del cáncer con el que convivo todos los días. Estando en contacto con él, uno aprende a tenerle respeto. A prepararse para estar a su altura. A mostrar optimismo solamente cuando sabemos lo suficiente, hacemos lo correcto y el tiempo nos permite confirmar nuestras esperanzas. A no caer en la tentación de utilizar el misterio que lo rodea y el terror que infunde para especular con ellos.

Una enfermedad así no solamente desafía la vida del enfermo. También pone a prueba la integridad moral y la solidez científica del médico.

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2 thoughts on “MESA DE AUTOPSIAS: BAUTIZANDO TUMORES.

  1. Crudo y buen post.

    Quizá yo conozca a uno de los pocos Pedro Pérez (John Doe) que de verdad hay y que de hecho es amigo mío desde tercer año, hicimos los 2 el servicio social en Durango, cada quien en una clínica diferente.

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