MESA DE AUTOPSIAS: EL HAMBRE Y LOS GENES (primera parte).

¿Qué soy yo, vida? Un ser de sal acuosa

ligado por células en movimiento

que nunca paran ni saben por qué obran,

mientras yo ignoro dónde mora su dueño”.

John Masefield. 1878-1967.

Ahora que asistimos, unos horrorizados y otros indiferentes­, a la inconcebible hambruna que se está cebando con las población de Somalia, resulta de lo más oportuna la aparición de un libro titulado Epigenetics. The Ultimate Mystery of Inheritance (Epigenética. El último misterio de la herencia, W.W. Norton Company, 2011), de Richard C. Francis, científico y escritor interesado en las neurociencias, la evoución y la filosofìa de la ciencia.

Por el título, uno no pensaría de primera intención que el libro tiene algo que ver con tragedias como la de Somalia, pero es justamente al revés. Este libro es posiblemente uno de los primeros textos dirigidos al público en general que trata de una de las más novedosas disciplinas de la biología.

La epigenética (epi es un prefijo derivado del griego que significa ‘sobre’) estudia ciertas modificaciones químicas de nuestro material genético que, sin modificar la información genética propiamente dicha, regula su expresión, es decir, influye en el cómo, cuándo y dónde esta información es utilizada por nuestras células para llevar a cabo todas las funciones que nos manetienen vivos.

Durante décadas, los biólogos y otros científicos relacionados se centraron primordialmente en el estudio de la información presente en nuestros genes, esos fragmentos de ácido desoxirribonucleico (DNA, por sus siglas en inglés) que, en un lenguaje químico, portan las instrucciones necesarias para fabricar proteínas, las verdaderas responsables de ejecutar las funciones de nuestro organismo. Ese estudio alcanzó su expresión más desarrollada en el Proyecto Genoma Humano, del que ya hemos hablado en otras colaboraciones. Entendemos por genoma la totalidad del DNA que se encuentra en cada una de los más de10 billones de células que forman un cuerpo humano.

Gracias a lo que se ha ido descubriendo, hoy sabemos que los genes ocupan un pequeñísimo porcentaje de nuestro genoma (alrededor del 2%) y que el resto del DNA corresponde, por una parte, a sistemas de regulación de la información genética contenida en los genes y, por otra, a muchas cosas más cuya función no conocemos con toda certeza todavía. La importancia de la información genética resulta evidente cuando salta a la vista que el sistema que la regula es tan extenso e intrincado. Yo he llamado a este sistema regulador “la burocracia del genoma”, que comparte con la que trabaja en las dependencias gubernamentales su gran extensión y complejidad, aunque difiere de ella en un punto medular: es mucho más eficiente.

Al leer sobre este sistema regulador, a mí me da la impresión de que tiene una estructura en capas o niveles. Es decir, existe un control de la información genética desde el nivel más bajo –la molécula misma del DNA– hasta otros niveles más superiores que tienen que ver con la manera en la que el DNA está archivado –existe toda una familia de proteínas, las histonas, que sirven para enrrollar en DNA a manera el hilo en un carrete– y el lugar que ocupa dentro de las varias habitaciones –territorios cromosómicos– presentes dentro del núcleo de cada una de nuestras células. Parece mentira tanta minuciosidad en algo tan pequeño.

El caso es que ahora sabemos que la expresión de los genes depende de varios factores, desde su integridad –cuando su estructura íntima ha sufrido cambios hablamos de mutaciones– hasta la influencia que ejercen sobre ellos los mecanismos reguladores mencionados en los párrafos precendentes. De todos esos factores que determinan la expresión de un gen, en las últimas décadas se ha ido conociendo cada vez más el papel de ciertas modificaciones químicas aparentemente simples que, cuando están presentes, son capaces de evitar que un gen se exprese. Por lógica, cuando están ausentes sucede todo lo contrario.

Dos son las cosas que hacen muy interesantes estas modificaciones químicas del DNA. La primera es que logran su objetivo sin alterar directamente el contenido de la información genética, es decir, no lo hacen provocando mutaciones. Por eso se les llama modificaciones epigenéticas. La segunda es que se sabe que tienen una relación muy íntima con diversos factores del medio ambiente.

Durante décadas ha existido la controversia sobre lo que pesa más en los seres vivos, si la información genética que heredan de sus padres o las influencias medioambientales. Es la discusión sobre la importacia que tiene la naturaleza en relación a la crianza. Lo que los angloparlantes llaman nature versus nurture.

Piénsese en el ejemplo de los gemelos que son separados al nacer y que se crían en familias adoptivas distintas. ¿Se imponen al final los genes que han heredado y que comparten al cien por ciento, o tiene una mayor influencia la crianza distinta que ha recibido cada uno por separado en sus respectivas familias adoptivas?

Sabemos que la respuesta se encuentra en la participación combinada de los factores genéticos y mediambientales. Somos el resultado de esa mezcla, a veces armoniosa y a veces discordante, de las dos melodías que nos conforman: la herencia y la crianza. De la forma en la que se entretejen dependerá la calidad y las taras del tejido vital.

Por fortuna, gracias a la epigenética hoy entendemos mucho mejor cuál es su punto de encuentro. Y es curioso, pero ha sido una hambruna tan cruel e irracional como la que hoy padece Somalia la que ha dado algunas de las claves para que podamos entender un poco más ese tejido multicolor que es la naturaleza humana.

Un paño tan complejo como desconcertante, capaz de abrigar sentimientos tan sublimes como el dar la vida para salvar a los demás y, en estrecha convivencia, la criminal inquina de un genocidio que contaré en la segunda parte de este escrito.

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