MESA DE AUTOPSIAS: EL HAMBRE Y LOS GENES (segunda y última parte).

Son tan obvias las influencias culturales en las actividades humanas, que los científicos sociales tienden a creer que el ser humano ha escapado de los condicionantes biológicos. En realidad… las fuerzas biológicas siguen influyendo poderosamente en la vida individual y social… Algunas diferencias entre personas excepcionales y los seres humanos ordinarios realmente tienen una base genética… La historia es, en parte, el resultado de fuerzas desencadenadas por la peculiar dotación genética de un puñado de innovadores”.

René Jules Dubos. 1968.

Aquel invierno de 1944-1945 fue particularmente crudo en la mitad occidental de Holanda. Los nazis estaban en plena retirada ante el empuje de los aliados, pero seguían conservando el control de ciertas regiones de Europa, incluyendo aquella zona de los Países Bajos. El gobierno holandés en el exilio planeó una huelga ferrocarrilera que aflojase la tenaza alemana. Berlín, debilitado aunque todavía temible, decretó un embargo alimentario y el anegamiento de los campos de cultivo holandeses. Como en todas la guerras, la población civil sufrió lo indecible. Aquella privación de alimentos marco su vida y la de sus descendientes. Para no olvidarla jamás, la llamaron Hongerwinter, la “Hambruna invernal”. A ella sola se le atribuyen unas 18 mil muertes, en especial de personas mayores.

El consumo diario promedio por habitante descendió por debajo de las 1,000 calorías en noviembre de 1944 y hacia febrero de 1945 fue sólo de 580 calorías (lo recomendable oscila alrededor de 1,500 calorías al día). Los combustibles se encarecieron considerablemente y los holandeses urbanos tenían que recorrer grandes distancias para conseguir un poco de comida en las granja5. La dieta llegó a constar solamente de bulbos de tulipanes y remolacha.

El que esta calamidad ocurriese en los tiempos modernos y en un país desarrollado permitió documentar e investigar minuciosamente sus efectos en la salud humana. El doctor Clement Smith, que formó parte de los médicos norteamericanos e ingleses que llegaron a Holanda en mayo de 1945 tras la liberación, fue el primero en reconocer que estaban frente a un experimento natural sobre las consecuencias del hambre en el organismo humano.

De esta manera, se inició el Estudio de la cohorte nacida durante la hambruna holandesa (Dutch Famine Birth Cohort Study), que realizan los Departamentos de Epidemiología y Bioestadística, Ginecología y Obstetricia y Medicina Interna del Centro Médico Académico de Amsterdam, Holanda, en colaboración con la Unidad de Epidemiología Mediambiental del Consejo de Investigación Médica de la Universidad de Southamptom, Inglaterra. Este estudio sigue hasta el día de hoy.

Uno de los descubrimientos del Estudio es que el hambre materna causa diferentes efectos sobre el feto dependiendo del trimestre en el que se ecuentra el embarazo en curso. Los fetos que sufrieron la restricción calórica durante el tercer trimestre del embarazo nacieron con una talla y peso reducidos. Sin embago, si la madre había sufrido la hambruna cuando el embarazo estaba en el primer trimestre, los niños nacieron con un peso y talla por encima de lo normal. Todo apunta a una respuesta compensadora cuando la falta de alimento sucede en las etapas iniciales de la gestación.

Los investigadores descubrieron que los hijos de las mujeres que estuvieron embarazadas durante aquel período de extraordinaria escasez de alimentos son hoy muy susceptibles al desarrollo de diabetes, obesidad, enfermedades cardiovasculares y pulmonares, cáncer, problemas de la función renal y trastornos mentales como la esquizofrenia y la depresión. También en estos casos descubrieron un efecto diferencial según el trimestre del embarazo en el que la madre pasó hambre. Por ejemplo, las enfermedades cardiovasculares (angina de pecho e infarto del miocardio) y el cáncer de mama son más frecuentes en sujetos cuyas madres pasaron hambre durante el primer trimestre del embarazo. Los hijos cuyas madres estaban es el segundo trimestre de la gestación tienen hoy más problemas pulmonares y renales. La diabetes afecta con mayor frecuencia a los hijos de aquellas mujeres que sufrieron la hambruna mientras estaban en el tercer trimestre de la preñez.

¿Existe alguna relación entre la penuria que padecieron sus madres mientras los estaban gestando y su tendencia a desarrollar ciertas enfermedades muchos años después? Si, como todo parece indicar, es así, ¿cuál es el mecanismo por el que la desnutrición de la madre provoca en sus hijos enfermedades que llamamos crónico-degenerativas décadas después?

Ha sido toda una sorpresa ir descubriendo cómo el medio ambiente afecta la expresión de la información contenida en nuestros genes. Y no sólo me refiero al medio ambiente físico, incluyendo la alimentación, sino también al medio ambiente social. ¿Existen alguna relación entre el afecto que nos brindan nuestros padres y la expresión presente y futura de genes que nos hace susceptibles o resistentes a ciertas enfermedades? ¿Podemos pensar que el maltrato que recibimos de otros seres humanos modula la manera en la que nuestras células utilizan la información de nuestro genoma? La respuesta a esas preguntas es afirmativa. Y ya empezamos a comprender el cómo y el por qué.

Hace mucho que los biólogos sabían sobre la regulación a corto plazo de la expresión de nuestros genes. Un tipo de regulación cuyos efectos se manifiestan de algunos minutos a varias semanas después. Es ahora, con los descubrimientos dentro del campo de la epigenética, cuando estamos empezando a entender la regulación a largo plazo de la expresión de nuestros genes. Una regulación que se extiende durante largos períodos, hasta toda la vida, y que incluso podemos transmitir a nuestros descendientes y ellos a los suyos. Un control de los genes que no actúa alterando directamente su estructura, sino que lo hace colocando ciertas etiquetas químicas que facilitan o dificultan la lectura de la información genética.

Un mundo de conocimiento apasionante y muy prometedor. La respuesta –al menos en parte– a la vieja pregunta de ¿qué pesa más, la herencia o la crianza? Es también la respuesta a la forma en la que la “Hambruna invernal”, que padecieron aquellas mujeres embrazadas holandesas entre 1944 y 1945, definió el destino de los fetos que estaban siendo gestados por ellas. Imaginemos lo que no estará proovocando la desnutrición aguda y crónica que se ceba con tantos millones de mexicanas en edad fértil. Esas son y serán las consecuencias de no garantizar la satisfacción de las necesidades más elementales de la mayoría de nuestros compatriotas. Una responsabilidad más a la ya muy vergonzosa cauda de promesas incumplidas.

Algo también de interés es que, gracias a la investigación científica, estamos empezando a entender las estrechas e indisolubles relaciones que tenemos con todo lo que nos rodea. No sólo somos seres integrales porque combinamos distintos aspectos biológicos, sicológicos y sociales. Sino que también somos seres integrados, es decir, existe una conexión permanente y un intercambio incesante entre lo que somos como individuos y todo aquello que se encuentra a nuestro alrededor. Animales y vegetales, lo orgánico y lo inorgánico, lo terrestre y lo extratrerrestre. Somos uno y lo mismo. Creo que hace mucho que nos lo venían diciendo.

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