MESA DE AUTOPSIAS: LA HISTORIA PENDIENTE.

Para Moisés Morales Suárez,

con la esperanza de una recuperación íntegra.

 

Los médicos son hombres que prescriben medicamentos sobre los que saben poco, para curar enfermedades de las que saben menos, a seres humanos que no conocen en absoluto”.

François Marie Arouet, Voltaire. 1694-1778.

Soy un aficionado a la historia de la medicina. Disfruto leyendo la vida de quienes contribuyeron sustancialmente al progreso de la profesión, los grandes médicos de todos los tiempos. Me cuento entre aquellos que consideran que el conocimiento de la historia no es un simple pasatiempo, sino una condición indispensable para aspirar a un nivel superior en el ejercicio de la medicina. En este sentido, William Osler, uno de esos grandes médicos, animaba a sus alumnos con las siguientes palabras: “Empieza por hacerte de una biblioteca personal junto a tu cama y pasa la última media hora del día en comunión con los santos de la humanidad”.

En estos días, leyendo sobre el origen de la quimioterapia contra la leucemia infantil –el tratamiento del cáncer con medicamentos–, pienso en lo penoso que nos ha resultado avanzar en el camino por el que pretendemos llegar a erradicar a los tumores malignos.

Uno de los primeros esfuerzos organizados en este sentido fue la inauguración en 1955 del Centro del Servicio Nacional para la Qumioterapia del Cáncer, dependiente del Instituto Nacional del Cáncer de los Estados Unidos. Durante los diez años siguientes, en el Centro se probaron 82,700 sustancias químicas sintéticas, 115,000 productos de la fermentación y 12,700 derivados de plantas, que se emplearon para tratar diversos tumores en un millón de ratones al año.  Se quería encontrar un medicamento ideal contra el cáncer.

Estimulados por los éxitos de los experimentos en los animales, algunas de aquellas sustancias se empezaron a probar en seres humanos. Sin conocer con precisión la frágil barrera que separaba a la dosis terapéutica de la dosis tóxica, los efectos indeseables de aquellos medicamentos se presentaron en muchísimos casos. Refiriéndose a aquellos días, William Moloney decía “si no matábamos al tumor, matábamos al paciente”. Aunque los éxitos eran más bien escasos, tenían un efecto contagioso en los médicos. Entusiasmados ante cualquier indicio de eficacia terapéutica, por frágil y transitorio que resultase a la postre, se empezaron a utilizar dosis cada vez mayores y, posteriormente, los oncólogos comenzaron a probar varias combinaciones de fármacos en un solo paciente.

En esta actividad frenética para encontrar las mejores combinaciones medicamentosas contra el cáncer, las muertes de los pacientes fueron muy numerosas. El pabellón de leucémicos en el Instituto Nacional del Cáncer empezó a ser conocido como “la carnicería”. Emil  Freireich, uno de los primeros médicos que usó varios fármacos combinados para tratar la leucemia infantil, señaló que “la idea de tratar niños con tres o cuatro médicamentos citotóxicos –tóxicos para las células– era considerada cruel y demencial”.

Así fue como se descubrieron varios fármacos contra el cáncer que hoy nos resultan completamente familiares, como la actinomicina D contra el tumor de Wilms, una forma de cáncer renal de los niños, o el metotrexato que se usa para tratar el coriocarcinoma, un tumor de crecimiento explosivo que se origina en el tejido placentario.

Y así podría mencionar más médicos y medicamentos en esta historia inconclusa contra uno de los azotes más terribles y resistentes de cuantos asolan al género humano.

La historia de la medicina, escrita casi siempre por médicos o historiadores profesionales, suele resaltar como protagonistas principales a los propios médicos y da detalles muy minuciosos de los diferentes tratamientos empleados por ellos. Comparativamente, poco se dice de los sentimientos y experiencias de los enfermos ante sus médicos. Si los pacientes son por lo menos la mitad de esta historia, resulta llamativo que aparezcan casi siempre en un segundo plano.

Es verdad que hoy tenemos numerosos testimonios de las experiencias sufridas por los pacientes durante su enfermedad. Hay bastantes libros de este tipo. Sin embargo, hay una historia pendiente. La historia de los médicos contada por los propios dolientes.

Aunque a esta altura muchos testimonios se han perdido para siempre –no en balde se dice que los médicos solemos enterrar nuestros propios errores– sería muy instructivo conocer las impresiones de tantos y tantos mártires de la medicina que pagaron con sus vidas algunos de los logros de esta lucha milenaria contra la enfermedad. Sería como inyectar una dosis de humildad que tanto nos hace falta en la profesión médica. Mucho me temo que algunos médicos, que hoy consideramos héroes del gremio, acabarían bastante malparados al ser desenmascarados por sus propios pacientes.

Nos hace falta en nuestra biblioteca una colección de gruesos volúmenes que podríamos llamar “Una historia de la medicina contada por los que han tenido que sufrirla”. O, parafraseando el tìtulo de un libro de Juan Eslava Galán, “Una historia de la medicina que no le va a gustar a nadie”.

Allí saldrían a relucir la fría determinación para alcanzar la gloria académica a costa del bienestar y hasta de la vida del enfermo. La codicia, la soberbia, la ingenuidad y la indiferencia. Pecados todos que, justo es decirlo, no son exclusivos del gremio médico, aunque que son más inesperados y desagradables en un galeno por esperar justamente de él la disponibilidad sin reservas y la entrega desinteresada que atribuimos a su vocación.

No se quede el lector con la idea de que existe una intención deliberada de ofender a mis colegas. Todo lo contrario. No se puede ignorar la invaluable labor desarrollada a los largo de los siglos por quienes pusieron su pasión y su talento al servicio de la humanidad. Sería una injusticia tremenda. Sin embargo, es necesario rescatar la voz de quienes con frecuencia, no han tenido la oportunidad de opinar. Aquellos que han sido el objeto directo de la actuación de los médicos.

En este sentido, son también bienvenidas las aportaciones de aquellos galenos que, reparando en esta omisión, se han convertido en los portavoces de los pacientes olvidados.  Por ejemplo, cito uno de los libros del doctor Richard Gordon titulado La alarmante historia de la medicina. Anécdotas asombrosas desde Hipócrates hasta los trasplantes de corazón (The Alarming History of Medicine. Amusing Anecdotes from Hippocrates to Heart Transplants. St. Martin’s Giffin, 1993):

La historia de la medicina no es el testamento de exploradores idealistas que luchan por descubrir los secretos de vida y la muerte. No más gloriosa que la historia del hombre, es un catálogo de sinrazones egoistas y brutales iluminado por chispazos de cordura.

Cuando leo sobre los cientos –tal vez miles– de niños que sucumbieron en la búsqueda de los mejores medicamentos contra la leucemia me pregunto qué pensarían de aquellos médicos en quienes sus padres y ellos mismos confiaron. ¡Qué importante hubiese sido saberlo para atemperar esa ansia de saber que, acallada la voz del espíritu humanitario, puede volverse en contra de nosotros mismos!

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