MESA DE AUTOPSIAS: EL BASTARDO ILUSTRE.

Para Sergio Sánchez Sosa, amigo fiel, anfitrión soberbio,

patólogo admirable y poblano universal.

¡Dios, que buen vasallo si hubiese un buen señor! ”.

Cantar de Mio Cid. Hacia el 1200.

Como mexicano nacido en ultramar y español americano, cuando tengo noticia de algún peninsular que ha venido a Latinoamérica para hacer el bien, mi alma se estremece, mi corazón se ensancha, las emociones se agolpan y quieren desbordarse en llanto. Me ha ocurrido ya varias veces y en esta semana me ha vuelto a ocurrir. Me pasó cuando leí sobre la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, encabezada por el doctor Francisco Javer de Balmis y me sucederá, sin duda, cuando ahonde en la vida de José Celestino Mutis, médico, sacerdote, botánico, matemático y docente en la Universidad del Rosario de Bogotá, Colombia.

En días pasados supe de la aparición de una nueva novela de Pedro Ángel Palou que se titula Varón de deseos (Autores Españoles e Iberomericanos. Planeta, 2011). La he leído en tres días y el interés que me suscitado me obligó a ampliar lo que contiene sobre su extraordinario protagonista, Juan de Palafox y Mendoza.

Juan de Palafox nació en los Baños Viejos (hoy Balneario Virrey Palafox) de la villa de Fitero, situada en Navarra, un 24 de junio de 1600. Fue hijo natural de Don Jaime Palafox y Rebolledo, más tarde II Marqués de Ariza, y su madre fue probablemente Ana de Casamate, una dama de familia también reconocida. Al ser concebido fuera del matrimonio, su madre ocultó el embarazo y dio a luz a escondidas, en las cercanías del río Alhama, donde quiso que su criada echase al recién nacido. Por fortuna, pasaba por allí Pedro Navarro, el encargado de los baños, quien rescató a la criatura de los brazos de la sirvienta y decidió adoptarlo.

Juanico, tal como fue bautizado atendiendo al santo de su día natal, pasó los primeros nueve años de su vida en aquel pueblecito, rodeado del amor de su familia adoptiva y bajo los cuidados distantes, aunque estrechos, de su padre biológico. Al tanto desde un principio de su condición de adoptado, su padre se lo llevó consigo para ponerlo bajo la tutela de los más insignes preceptores de la época, por lo que recibió una educación esmerada a la que que respondió con aprovechamiento, una gran curiosidad por el saber y un inmenso amor a los libros que lo acompañarían toda su vida.

Estudió primero con los padres jesuitas y luego en las universidades de Huesca, Alcalá de Henares y Salamanca, doctorándose en derecho canónico en la de Sigüenza. Llegó a dominar con soltura el latín, el griego, el italiano y el francés. A los veinte años de edad, murió su padre y Juan de Palafox quedó nombrado testamentariamente tutor, curador y administrador de los hijos y de los bienes del difunto.

En 1626, el rey Felipe IV convocó las Cortes de Monzón y Juan de Palafox asistió a ellas como representante del Marquesado de Ariza. Su destacado papel llamó la atención del mismísimo Conde-Duque de Olivares, valido del Rey, quien le aseguró un lugar en la corte de Madrid. Tres años después se ordenó sacerdote. A finales de ese mismo año pasó a la Fiscalía de Guerra por poco tiempo y luego fue transferido a la Fiscalía del Consejo de Indias, un cargo en mejor sintonía con su investidura eclesiástica. Su labor en esos puestos fue muy notable, pues, según relata Manuel García Sesma (http://manuelgarciasesma.blogspot.com/2011/04/don-juan-de-palafox-el-navarro-mas.html), “procuró que se agilizase la tramitación y resolución de todos los asuntos pendientes, impuso el orden y la puntualidad en las oficinas, podó la burocracia innecesaria, se afanó por cortar los fraudes a la Real Hacienda en las aduanas de los puertos, por descubrir las trampas en las represalias de navíos de la Liga Anseática y, en fin, de enderezar, en lo que pudo, los innumerables entuertos que viciaban la administración de las colonias americanas”.

Por todo ello, Felipe IV lo propuso como Obispo de la Puebla de los Ángeles en la Nueva España, para lo que recibió la consagración episcopal el 27 de diciembre de 1639.  Desembarcó en Veracruz un 24 de junio de 1640, al cumplir los 40 años, junto con el nuevo virrey Don Diego López Pacheco, Duque de Escalona. Palafox venía además con los cargos de Visitador General de los Tribunales y Juez de Residencia de los dos virreyes anteriores, los Marqueses de Cerralbo y de Cadereyta. Tras permanecer en la capital algunos meses, tomó posesión de la diócesis poblana en la que sólo permaneció un año y medio, pues tuvo que regresar a la ciudad de México para detener, destituir y enviar de regreso a España al nuevo Virrey, sospechoso de traición a Felipe IV al aliarse con los portugueses que se habían alzado contra la Corona.

De esta manera, Juan de Palafox y Mendoza quedó investido como virrey en 1642 y, por si fuera poco, también fue propuesto para Arzobispo de México. El primer cargo sólo lo ejerció un semestre sin cobrar un centavo (posiblemente sea el único gobernante en la historia de México que lo ha hecho así) y el segundo nueve meses. Lo que él deseaba era regresar a su querida Puebla, donde se había propuesto terminar la catedral, cuya obra, iniciada en 1536, había permanecido detenida desde 1575. Desde luego, cumplió su empeño, logrando una de las catedrales más notables y artísticas de las que hoy tenemos en México.

La obra desarrollada por él durante los nueve años que permaneció en la Nueva España fue inmensa y se antoja imposible. Concentrando en su persona el máximo poder civil, militar y eclesiástico, se enfrentó en todos ellos a numerosos enemigos que, a la postre, lograron convencer al Monarca para que lo llamase a cuentas, obligándolo a abandonar las tierras americanas y, sobre todo, a los indios a los que tanto amaba y a quienes siempre defendió contra los numerosos abusos a los que eran sometidos por los encomenderos.

Su sentido de gobierno fue excepcional y luchó con tesón contra las inmensas redes de corrupción densamente entretejidas en aquella administración colonial. Cuando uno lee los hechos concretos y las alianzas de las autoridades civiles y eclesiásticas de entonces en perjuicio de los futuros mexicanos, no puede dejar de asombrarse de que los mismos vicios hayan persistido hasta hoy prácticamente intocados. En eso la Independencia y la Revolución han fracasado rotundamente.

Ya había mencionado de pasada en un párrafo precedente su amor a los libros. Considerándolos fundamentales en la vida de los hombres, incluyendo a los sacerdotes, a quienes animaba a instruirse con mayor extensión y profundidad y a aprender las lenguas indígenas, él mismo reunió una biblioteca de más de seis mil volúmenes. Al regresar a España, la donó a los Colegios de San Juan, San Pedro y San Pablo (los dos últimos fundados por él) de la ciudad de Puebla.

He visitado en varias ocasiones la Biblioteca Palafoxiana de Puebla. A la derecha de la entrada, pintadas sobre azulejos de la afamada cerámica de talavera poblana, pueden leerse las palabras que Juan de Palafox y Mendoza escribió el 6 de septiembre de 1646:

El que se halle en un beneficio sin libros

se halla en una soledad sin consuelo, en un monte sin compañía, en un

camino sin báculo, en unas

tinieblas sin guía… Esto me ha puesto en deseo

de dejar La Librería que he juntado desde que sirvo

a vuestra majestad que ya es de las mayores

que yo he visto en España, accesoria a estas casas

episcopales y en pieza y en forma pública

y tal que pueda ser útil a todo

género de profesiones y personas…

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